Ilustración: Nancy Lanusse
Escrito por: Santiago Macedo

González volvía del trabajo, añorando el caer de las bombas y los aullidos de las alarmas antiaéreas. Se había abierto un hueco esquivo ahora que la ciudad estaba siempre en silencio. Era peculiar, esta sensación. Solo un cerebro retorcido podía haberse habituado tanto al ajetreo diario de la violencia, a la muerte tras muerte tras muerte tras muerte tras muerte. Pero por más deleznable que fuera el sentimiento, ahí estaba. 

Capaz que solo extrañaba el miedo a morir. 

Miró por la ventana de su edificio mientras subía las escaleras hasta el quinto piso. La silueta de la ciudad al atardecer escupía una montonera de edificios medio derruidos y otros en reconstrucción, escoltados por grúas del tamaño de colosos. El atardecer rosáceo, más allá de los edificios, amagaba a hundirse en su propio reflejo en el mar. Pasando el horizonte esperaba la Antártida. Ya eran las nueve y media de la noche. Tampoco terminaba de acostumbrarse a vivir más al sur que el propio sol.

Había existido un tiempo lejano en que González no vivía en el fin del mundo, pero eso había sido antes de la guerra y antes de Marcos y antes de la granada en las trincheras. En el bolsillo de su traje llevaba siempre una foto diminuta de los ojos marrones de Marcos —un calco de los suyos— y su sonrisa. La sonrisa más bondadosa que jamás se esbozó. Lugares pasados, tiempos pasados, vidas pasadas. 

Frenaba en cada descansillo de las escaleras a tomar aire y masajearse el muslo derecho. Contuvo un grito de dolor en el cuarto piso. La prótesis le había costado un ojo de la cara, pero una falla de fábrica —o de los médicos que se la habían colocado— hacía que las venas que rodeaban la unión entre carne y metal se pusieran azules si le exigía demasiado a su cuerpo. La primera semana se había refugiado en la cama, retorciéndose de dolor, temiendo y retrasando hasta lo indecible los momentos en los que tuviera que levantarse, ya fuera para mear o cagar, para hacerse la comida, o para tomar un vaso de agua. Tan pronto como pudo salir de su apartamento, había rengueado recibo en mano hasta la clínica para que se la cambiaran, pero la secretaria en el mostrador había sacudido la cabeza con una sonrisa suficiente. 

—No aceptamos devoluciones. 

Después de eso exigió hablar con alguien más formado y empático que esa burda mujer. Se lo negaron. La misma sonrisa soberbia. Esperó al médico al salir. Amortajado en su bata, simplemente negó con la cabeza. 

—Yo no cometo errores. Debe ser un problema suyo. 

Pensó en métodos. Una demanda le hubiera costado dos o tres veces más de lo que había pagado la pierna de mierda. Y no había forma de conseguir otra prótesis a través del gobierno: los papeles de solicitud tardaban entre tres y seis años en moverse de escritorio a escritorio. Lo sabía muy bien; él mismo formaba parte de ese engranaje burocrático, sentado todos los días, de diez a cuatro de la tarde, en su pequeña oficina de la Secretaría de Asistencia al Discapacitado y Afines (SADA). Lo habían contratado, justamente, por su extremidad ausente, pero no era querido en la oficina ni en ninguna parte de la secretaría. Cualquier intento de escurrirse entre los tejes y manejes de los trámites le devolvería una amonestación o un sumario, y tampoco estaba de humor para quedarse sin sueldo un par de meses. Así que en vista de las circunstancias, se había quedado con su pierna de metal fallada.

Se sacó la llave del bolsillo; colgaba de un llavero con forma de búho. Lo había saqueado de la mano llena de barro de un cadáver. Ya le había acometido el rigor mortis, pero González había visto la cadena que serpenteaba fuera del puño cerrado y le causaba intriga lo que pudiera encontrar adentro. Tuvo que romper tres dedos, todos menos el índice y el pulgar, para poder sacarlo. A veces, solo en el living o en el cuarto, escuchaba el crac del anular, el ruido a astilla quemada del mayor, el crujido imperceptible que había hecho el meñique. 

Insertó la llave en la cerradura. Una vuelta. Otra vuelta. La puerta se abría. Todos los días lo mismo. 

Le dio una vuelta. Le dio otra. Pensó en el pastel de carne que lo esperaba en el horno. El vino que guardaba en la heladera. Mirar el horizonte y ahogar la añoranza en comida y alcohol. La rutina de siempre. 

La puerta no se abrió. 

Frunció el ceño. Trató de sacar la llave de la cerradura. No pudo. Estaba trancada allí. 

—Con qué mierda le voy a pagar a un cerrajero…

Pensó en pedirle ayuda a algún vecino, pero a González no lo tenían en muy buena estima. No sabía por qué. Quizá su pierna de metal, o su costumbre de alimentar a los cóndores que a veces se posaban en los balcones del edificio buscando carroña, o que en estos tiempos de desdicha viviera solo en un apartamento donde podían caber cómodas cuatro o cinco personas. Buena herencia. Lástima que no había ascensor.

Trató de girar la llave en el sentido contrario, para cerrar la puerta otra vez. También le fue imposible. 

Tironeó de la llave. Nada. Estaba trancada allí. Solo quedaba una opción, pero al pensarlo se rio de sí mismo. 

Lo intentó de todas formas. 

Le dio una tercera vuelta a la llave. Y la llave giró. ¿Alguien había instalado cerraduras extra mientras no estaba? No parecía muy probable.

Volvió a girar la llave, y la llave volvió a dar una vuelta completa en la cerradura. Lo hizo de nuevo, de nuevo, de nuevo, de nuevo y de nuevo. Pronto perdió la cuenta, perdido en la obsesión ante el reto planteado. ¿Quince? ¿Veinte? ¿Treinta? Cuarenta, cincuenta veces, quizá, o ciento cincuenta o diez millones. Lo mismo daba.

Lo único que se oía en el pasillo: un rasguido. El metal dorado de la llave arrastrándose una y otra vez contra el metal plateado de la cerradura. Sabía cómo funcionaban estas cosas. Podía ver en la mente los complejos mecanismos, la proeza humana puesta en marcha: llaves, prótesis, granadas. Ninguna cerradura es eterna.

Pronto se volvió algo automático: daba vuelta la llave de forma infinita, en un bucle que no tardó en distraerlo. Mientras su muñeca rotaba una y otra vez sobre sí misma, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, la mente de González se hundía en el fuego, en los aullidos, en las trincheras. El mundo cubierto de napalm, los mares hirviendo en veneno por las bombas nucleares. Los bosques convertidos en desierto. Era un milagro que nunca lo hubieran despachado a los frentes atómicos; no como a Marcos, que sobrevivió la batalla y murió cuando la radiación le robó el pelo rubio y convirtió su rostro en una triste ampolla y le arrebató los dientes como un hada oscura. Le habían negado un entierro para que su carne muerta no contagiara de radiación a la tierra. En cambio, prendieron fuego su cuerpo y lo dejaron junto al de otros miles en una vasija gigante en una plaza de concreto en el centro de la ciudad, su nombre entreverado con el de todos aquellos extraños en una placa que ya daba señales de agotamiento. Retirarse, retirarse, retirarse… la idea de terminar su luto eterno se le había pasado por la cabeza varias veces. Pero entonces nadie recordaría a Marcos. Se negaba a que no fuera más que un número en los archivos, una tumba sin muerto, un nombre ignoto en una piedra.

Comprendió que había llegado a un punto muerto. La penumbra de la casi-noche se había adueñado del pasillo cuando dejó de girar la llave, los ojos hinchados de tanto llorar. 

Clic-clac

La llave salió de la cerradura.

Abrió la puerta a un lugar que no era su apartamento. Ni ningún apartamento. Contempló el mar que, dentro del marco de su puerta, se revolvía allá abajo; el hielo que se divisaba a lo lejos; el sol que perdido en el sur no se ponía nunca en verano… solo se acercaba hasta el horizonte y apenas lo rozaba antes de volver a encontrar su camino hacia arriba. 

Extrañaba Berlín, extrañaba los hongos de las bombas en la tele en blanco y negro, extrañaba a Marcos. Miró la llave en su mano y se sentó en el borde de la puerta a contemplar, flotando, la eternidad.

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