Escrito por: Ángelo Chacón Sequeira

VII. ÁNGELES

La llaman Lucía en los registros,

pero ella insiste en ser arcángel caído.

Llegó hace doce años con las manos sangrantes

—había intentado arrancarse las alas, dice—

y desde entonces teje mantos de aire

para los mensajeros divinos que solo ella vislumbra.

Mire, doctor —susurra señalando el vacío—,

allí está Gabriel, leyendo a San Juan

en un libro de nubes.

Y Miguel, que afila su espada

contra los bordes de la luna.

¿Qué hago yo, pobre médico de almas rotas,

frente a esta mujer que conversa

con la escoria luminosa del cielo?

Solo anoto en su expediente:

“Alucinaciones auditivas y visuales.

Incrementar risperidona.”

Y rezo para que sus ángeles

no abandonen nunca su celda.

IX. EL NIÑO-CICATRIZ

No tiene más de catorce años,

pero sus ojos son de viejo que ha visto

demasiados finales.

Llegó con los brazos convertidos en mapas,

caminos de sangre seca que narran

su viaje hacia el centro del dolor.

Cada corte es una palabra —me confió—.

Pasa los días dibujando laberintos

en servilletas de papel,

puertas secretas que solo se abren

desde el otro lado del espejo.

Hoy encontré en su cama

un poema escrito con mercromina:

“Quisiera ser de agua

para poder llorarme entero.”

XIV. INVENTARIO DE OBJETOS PROHIBIDOS

Encontramos hoy escondidos entre colchones:

Un espejo roto (refleja solo medias caras).

Tres plumas de ave no identificada.

Un tratado de alquimia en hoja de maíz.

La fotografía de una mujer que nadie reconoce.

Semillas de un árbol que no existe en botánica.

La enfermera jefe los confisca

y los archiva como «evidencia de delirio».

Pero yo sé que son las llaves

que abren las puertas de los mundos

que se insinúan en nuestros sueños.

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