Ilustración: Raúl «Rana» García
Escrito por: Ignacio Rojí

El presente y su futuro próximo presentan para nuestra juventud un panorama distópico; no es nuevo para nadie y este ensayo parte de esa base. Hay un descontento, una angustia o un desahucio ya crónico en la población que plaga su devenir. La falta de prospectos que logren generar una idea coherente del mundo a diez años (o menos) genera una incertidumbre avasallante para la imaginación y elaboración de un futuro individual próspero. 

Pero el diagnóstico ya fue hecho y cimentado. ¿Ahora qué? ¿No hemos caído en un vicio de diagnóstico que nos impide avanzar hacia otros futuros posibles? 

Este ensayo pretende avanzar, salir del círculo vicioso en el cual nos vemos inmersos, donde el análisis permanente de la realidad es la norma y el vacío que los llena es un gran “¿y ahora qué?”.  

En primera instancia, no caigamos en paradigmas dañinos por querer salir de esta espiral. La revisión es clave para poder generar las bases necesarias del futuro; no podemos cometer errores como fueron los fascismos en la primera mitad del siglo XX inspirados en el manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti, que enalteció sobre todas las cosas el movimiento y el avance sin medida, sin una base de análisis. Discurso que cae en una retórica conservadora al permanecer dentro de los parámetros actuales, solo profundizando sus características y también, aunque resulte alarmista, suena similar al de grandes magnates tecnológicos actuales que hablan de un transhumanismo. 

Pero el análisis, base sólida necesaria para proyectar un futuro, ha tomado un protagonismo brutal dentro del paradigma de las Ciencias Sociales (en adelante CCSS) y Humanas, impulsado por un avance cientificista que pretende interpretar los problemas de la realidad social con métodos de las ciencias básicas y exactas. 

Este desarrollo de las CCSS y humanas, surgido de las corrientes cercanas a las universidades norteamericanas con el cometido de “validarlas” a la par que las ciencias como la biología, la física o la matemática, permitió grandes avances en la inserción del campo para la resolución de problemas públicos, pero con un velo de acciones basadas en evidencia científica; por ende, según esta corriente, carentes de ideología. 

He aquí el inicio de este problema: la búsqueda por tecnificar estas disciplinas para poder resolver problemas de manera más precisa (que es algo necesario, pero ha llegado a extremos) ha intentado camuflar el contenido político/ideológico de la construcción en las ciencias sociales por la búsqueda de una ciencia “pura” libre de “política”.

El error es caer en el llamado cientificismo, conducta que pretende reducir a la sociedad y al ser humano como un ser racional, analizable y, por tanto, medible. Esto, combinado con métodos cuantitativos (que pretenden una objetividad pura en base a cifras, porcentajes y estadísticas), ha resultado en la gran producción de estudios basados en la búsqueda de “la foto” del problema (siendo estas solo el resultado otorgado por estos métodos), no los “porqués”, y la búsqueda de propuestas, sugerencias o soluciones elaboradas sí con herramientas como “la foto”, pero no como su motivo principal.

Esta prima por la técnica por fuera de las búsquedas más profundas dentro de las CCSS y áreas relacionadas ha generado una falta de propuestas dentro de nuestros ámbitos de discusión política que deriva también de nuestra falta de sustento para imaginar un futuro posible. Si el análisis es diagnosticar una y otra vez que estamos mal, ¿por qué no salimos del círculo vicioso en el que nos encontramos? ¿Por qué nos cuesta tanto intentar proponer un mundo mejor o distinto? 

Estos modelos de investigación y pensamiento, especialmente luego de la caída del socialismo real a finales del siglo XX, han generado una sensación de que ya está todo hecho, todo escrito, todo ganado. Y ha cimentado el hecho de que instituciones como nuestras universidades sean consideradas como hacedoras únicamente de técnicos analíticos y, por ende, apolíticos. Alegando que las respuestas deben ser otorgadas por otros actores o figuras que ya tienen las respuestas —cometiendo la ingenuidad de ignorar el rol sumamente político de la universidad y la academia—. 

Al imponer al mundo este modelo inspirado en el fin de la historia de Fukuyama, se ha impuesto un miedo al error, al considerar que “ya está, está todo hecho”. He aquí el bendito problema: ¿está todo hecho?

El miedo al error, impuesto primero de manera filosófica, luego como sociedad de consumo (incapaz de crear, solo de consumir), ha impedido también una construcción de conocimiento incapaz de errar, forzando a los constructores de saberes a evitar, o peor, a camuflar el error. 

Errar no debe ser impedimento para la construcción de un futuro, sino el motivo de este. El error es parte de la creación de mundos posibles y de ideas que puedan generar nuevas perspectivas. No por no haber funcionado significa que está mal o que no funcionará. Se debe admitir que uno nunca es un historial de aciertos —como quien les escribe intenta aceptar con este ensayo—. 

Entonces, quizás la búsqueda sea el armado de un sistema de ideas propio y discutido en colectivo, una ideología con todo el contenido atribuible a la palabra. Ser creativos en todos los ámbitos para poder proponer un pienso distinto y no temer a proponer ideas que puedan ser parte o el puntapié para futuros posibles. 

Esto no tiene que ser una cosmovisión nueva; aquí nadie pretende ser el nuevo Darwin, Freud, Marx o Bradbury desde el inicio; ninguno de ellos construyó una idea de sentido o un futuro posible sin empezar con pequeños pasos que sean el inicio de algo. 

Participar en espacios de discusión, ya sea un centro de estudiantes, un partido político o creando espacios propios (clubes de lectura, revistas estudiantiles o un cineforo), puede ser el ejercicio principal para pensar un mundo posible y salir de la vorágine del análisis. La construcción de sentido será siempre en colectivo. 

Imaginar, proponer y discutir. Quizás ese es el camino que debamos seguir. 

Por eso son mundos posibles, no mundos buenos, no mundos malos, solo posibles. Lo único necesario es que alguien los piense.

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