Ilustración: Candelaria Gómez Barros
Escrito por: Florencia Parentelli
Me esfuerzo pero no logro recordar qué había antes de este cuerpo, en qué momento terminó noviembre y empezó el despojo.
Reconozco el dolor que me antecede, dejo que lo invada todo, que llegue hasta los pastizales y mute hasta la raíz de mis tímpanos. El llanto aparece de a pedazos y me paraliza. Es un llanto lleno de mugre, carne y nervio, como el de un ternero guacho.
Pulpa de pomelo e higos derramados dibujan una placa inerte sobre la zona y mis vísceras pronuncian un hambre dolorosa que de a poco me alcanza y me pudre por dentro.
No quiero ceder porque no quiero convertirme en el paisaje.
No quiero recordar si había un cuerpo antes de este cuerpo.
Toco mi útero pegajoso y aunque cierre los ojos no puedo imaginarme un horizonte de deseo. Corro porque no quiero entregarlo, corro porque es lo único que me enseñaron. Hace rato que el humo consumió las bestias y entre ese cuerpo y la tierra la única frontera débil y podrida soy yo, yo que me niego a hacerme parte de esta ebullición. Mi resistencia es no hablarle, no darle palabras, no mostrarme débil ante ella para que no me devore.
Quiero poder ser otra cosa para que el futuro no duela tanto.
Es raro hablar de futuro cuando hace ya tanto tiempo pensé que había llegado el final, no sé si realmente brotó esperanza o es que simplemente mi cuerpo porfiado sigue obedeciendo a esta herida bruta. Pero sé que quiero permanecer y guardarme lejos.
Camino deseando aprender la violencia para poder despedazarla, hace tiempo me llegó entre sueños que el modo de matarla era no obedecer sus patrones.
Solo me falta saber cómo esquivar tanta cosa sucia.
¿Alcanzará la rebeldía para que mi cuerpo lleve otro cuerpo? ¿O no bastará y como último recurso para alimentar a esa herida prematura deberé resignarme a llenarme de viento? Camino entre el pasto alto y lo diviso al fin.
Un cadáver y una casa, lo necesario para hacer patria.
Hace tiempo no hay nadie acá, la domesticidad se ve reducida en moscas y hormigas que devoran ese cuerpo.
El cuerpo.
Tomo distancia.
Cuando estoy muy cansada y sucia, cuando de tanta resistencia el cráneo me duele y el estómago flagelado se hace líquido, pienso en entregarme yo también. Pienso en lo ridículo de creer que aún puedo salvarme, que debo entregarme yo también al mundo y a las moscas. Me acuerdo del ternero guacho, en algún momento soñaba darle de comer y curarlo del rechazo. Pensaba que iba a prenderse de mi seno nervioso y llenarse de tiempo. Pero luego llegó la herida que crece a mis adentros y dejé de producir alimento. Mi cuerpo empezó a obedecer a la tierra y se volvió una cosa inhóspita, así que tuve que salir corriendo. Ahora que llegué a la casa me arrincono, mi útero está lleno de viento y sangre negra. A lo largo de mi vida me enseñaron que mi cuerpo debía ocupar poco espacio, quizá era la forma de prepararme para el sacrificio.
El llanto me alcanza, alguien lo dejó pasar. Esta casa también es tierra de nadie. Me preparo para entregarme a él, pero esta vez no me devora. Hay una melodía distinta que calienta la tierra y cicatriza. Enternece mis adentros y me da una saciedad que creía desconocer, casi recuerdo cómo era no tener hambre.
Acaricio con patrones nuevos este manto que nos cubre y deseo con culpa que no crezca porque me da miedo no poder enseñarle a no ser tanto mundo. Siento que en mis adentros puedo cuidarlo para siempre y que en el espacio no hay libros ni canciones ni tiempos que no lo transformen en otra herida enferma.
Siento que reservarlo es la única forma de salvarnos ambos
de no ser sacrificio y paisaje
Pero en el fondo sé que es inevitable,
que solo queda resistir y desear que gane la ternura.








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