Ilustración: Raúl «Rana» García
Escrito por: Roberto Chuit Roganovich

El pez titán que es Mot cayó del astro por la noche. La línea violeta que dibujó en el cielo quedó impresa en lo alto: iluminaba las cosas, tenue, hasta volverlas del color de la turmalina.

Desde la ciudad, vieron los hombres el descenso liviano. 

Las escamas, los ojos opacos, las aletas. 

Asomaron todos las cabezas a través de las ventanas para ver el valle en donde había aterrizado: solo había el negro de las montañas sobre el negro de la noche, con la línea al centro, el haz violeta que parecía crecer y morir, tal como las respiraciones. 

Se apagaron las lámparas y los faroles. Los edificios, a oscuras, se volvieron monstruos duros y cuadrados. Callaron también las radios y los televisores y el ruido metálico de los autos y las maquinarias en las fábricas. 

Nadie por fuera de quienes habían estudiado el cielo sospechaba de la llegada. Los magos, que sí, habían marcado el día en sus calendarios entre los astrolabios y los cuadrantes. Llevarían las ofrendas del oro, del incienso y de la mirra; se enterarían entonces, en el encuentro y no antes, y según lo que eligiera para sí la estrella caída, si se trataba de la llegada de Dios, de un profeta humano o de un médico.

En Bethlehem, casa del pan, otros como ellos habían hecho lo mismo.

El niño nacido había aceptado las tres.

Entonces fue el júbilo. 

Podía tratarse ahora de otra cosa. Nadie permaneció en su casa: bajaron todos las escaleras hacia las plazas y las calles empedradas, para encontrarse juntos en el miedo y treparse a los andamios y las cúpulas de las iglesias. 

Dijeron en susurros que era el pez del fin de la guerra, y también que era el pez del fin del hombre.

Dijeron todas las cosas posibles, y su contrario exacto. 

Caminaron a su encuentro.

En la noche violeta improvisaron los disfraces: los había de monos, de vampiros, del dragón terrible con ojos de nácar, de Sol, de la miseria del mundo; los había de muertos redivivos, de manos, del Barmajat en la frente y la luna persa. 

La procesión avanzó hasta dejar la ciudad. El cemento se hizo pasto y senda. La noche enorme no permitía distinguir un cuerpo del siguiente ni el límite entre una máscara y otra. Se mezclaron los cuernos y las alas, las narices de cartapesta con los colmillos.

Hubo quienes no pudieron contra la maravilla, la del olor a alga, la de las luciérnagas que brotaban del valle y sus explosiones breves, la de las imágenes repentinas de otras partes del universo. Saltaron desde lo alto de los precipicios o mordieron el caño de las escopetas. 

Otros sí. 

Se acercaron bosque adentro, a pie o a caballo, y en cuanto bajaban por la colina, cayendo y levantándose por la tierra fría, jadeando entre la maleza, justo al borde del espanto o de la claridad absoluta, vieron cómo se abría, al fondo, el castillo del que Mot se había vuelto de repente rey, con torreones negros, banderas negras, con humos negros, con puertas de madera y hierro.

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