Ilustración: Raúl «Rana» García
Escrito por: Rodrigo Panta
A la tierna edad de treinta años, por fin establecido en un buen trabajo, sentí la necesidad, para alivio de mis padres, de abandonar el nido familiar. Junto a Daniel, amigo de toda la vida, nos mudamos a un departamento de dos cuartos, bien iluminado y capaz de soportar la marea de experiencias que la soltería, y nuestra nueva independencia, estuvieran dispuestas a ofrecer.
A pesar de no caracterizarnos por nuestra gran personalidad, tuve la suerte, desde muy temprano, de aprender a lidiar con el rechazo; Daniel, él era otra historia. Le sentaba muy mal caer una y otra vez en el ghosteo, y siempre era yo quien debía recoger los platos rotos y consolarlo por una semana o dos. Por ello, cuando decidió dejar de perseguir hombres por aplicación y dedicarse enteramente a las plantas, su segunda pasión, sentí que era la bocanada de aire fresco que necesitaban nuestras vidas.
No le tomó más que unos meses cubrir nuestro departamento de macetas, algunas decoradas con plantas compradas, pero la mayoría como resultado de una ahorrativa práctica de los plantahólicos: el hurto. Y fue justo así como, un día cualquiera, llegó a nuestro hogar una nueva adquisición, un joven geranio de color rojo al que mi amigo apodó Gerónimo (una broma hilarante según Daniel, pobre).
Tan ocupado que estaba con mis propias fechorías (el tiempo que le tomaba a él nombrar sus plantas me alcanzaba para hacer lo mío), no terminé de enterarme de los detalles de la operación que llevó a la flor a las manos de mi amigo. Me bastaba con saber que en la casa no había más gemidos de tristeza y que todos los sábados, desde muy temprano hasta medio día, Daniel recorría el mercado de flores y me daba espacio para atender lo que ofreciera una buena oportunidad.
El primer mes del geranio, “Gero” para los roomies, la flor se adaptó muy bien. “El ambiente parece gustarle” me decía mi amigo, mientras yo asentía tratando de convencerme de que ese comentario no lo arrastraba aún más a la soltería. Al terminar el segundo mes, la planta rebosaba de flores y ya necesitaba una maceta más grande. “Es una belleza, definitivamente es mi favorita” decía él, dejando cada vez más claras sus intenciones.
Mientras más tiempo pasaba, Gerónimo parecía brillar más en nuestra sala. Su rojo intenso llamaba la atención entre los helechos y el aloe vera, y en poco tiempo estuvo claro que recibía atención especial. Daniel pasó de ponerle nombre a la flor, a hablar con ella. Un hábito que, al principio, consideré preocupante, pero que comparado con tener un “perrhijo”, podía tolerar muy bien. Al menos de esa forma el departamento tenía un buen aroma.
Sin embargo, fueron sus otras actitudes las que terminaron por encender las alarmas: la forma en que acariciaba a la planta o la manera en que metía su mano en la tierra para “sentir la humedad”. Nada de eso me preocupó en realidad hasta que “Gero” se mudó a su cuarto. “Desde mi ventana le dará mejor la luz” me dijo sin que yo le pidiera explicaciones. Pero, a mis ojos, aquella escalada de afectos empezaba a resultar obscena. Intenté sacar a mi amigo a fiestas, que conociera gente, que interactuara. Algunas veces lo lograba, otras ponía cualquier excusa y yo no quería resultar pesado.
Al año y tantos de la aparición del geranio, yo había encontrado pareja y pasaba más tiempo en su habitación que en la mía. Daniel quedó a un lado. Todos los días revisaba que siguiera vivo, pero si empezaba a hablar de la maldita planta le inventaba algo y me iba.
Llegó el verano, mucho calor, y yo tenía planeado un viaje a la playa por una semana. Las maletas estaban listas y ya le había avisado a mi roomie así que pensé salir sin más, pero al llegar a la sala caí en cuenta de lo gris que se veía la habitación. Todas las macetas estaban llenas de plantas secas, abandonadas, muertas. Pensé tocar su puerta, pero olía una charla densa, posiblemente terminada en discusión, y no quería empezar así aquella hermosa semana.
Al final, como sucede casi siempre en la vida, hubiera sido mejor tragarme la pelea, al menos hubiese preferido esa a todas las que tuve durante el viaje. Para resumir, volví soltero y dos días antes de lo previsto, no daré más explicaciones. Llegué a casa y evité el cuarto de Daniel, abracé mis almohadas y dormí de corrido hasta la tarde del día siguiente. Cuando desperté, noté un olor dulce en el ambiente, un aroma intenso que invadía el aire.
Salí de mi cuarto y seguí el rastro hasta la puerta de mi amigo, toqué, pero no hubo respuesta. Giré la perilla y encontré la escena que ya se deben imaginar. Sobre la cama, un tubérculo enorme estiraba raíces y ramas en un abrazo vegetal que envolvía por completo el cuerpo de Daniel. Al lado, una maceta casi tan grande, vacía.
Corrí hacia lo que creí serían los restos inertes de mi amigo, atrapado entre enredaderas. Intenté quebrar las ramas, pero eran tan duras y flexibles que hacían imposible el trabajo. Desesperado, aparté las flores y las hojas en busca de su rostro, necesitaba saber si había alguna esperanza. Lo encontré sonriendo, profundamente dormido, en un estado de paz envidiable, el muy condenado. Le sonreí de vuelta y le dí un beso en la mejilla. Luego, salí en silencio, cerré la puerta, y dejé a los amantes solos.








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