Ilustración: Agustina Pagalday
Escrito por: Patricio Villarejo
Raúl Benegaray entró a El Porvenir porque estaba lloviznando y porque la parada del 97 quedaba justo enfrente. Eran las cuatro menos veinte de un martes de esos en que Boedo parece una maqueta mal iluminada sobre un tablero sucio. Pensaba pedir un café, esperar que aflojara el agua, y seguir. No tenía ningún plan respecto a la mesa: las mesas, en general, le daban lo mismo. Fue el mozo el que tuvo un plan. Lo vio entrar, lo estudió un poco, o así pareció —como confirmando un identikit que apenas había visto— y le dijo, con una sonrisa que era todo cortesía y nada amabilidad: venga, señor, póngase cómodo en la doce, que es la mejor. Benegaray no protestó. Nunca protestaba. Esa era, aunque él no lo supiera, la primera de las siete.
El trayecto desde la puerta hasta la mesa duró quince pasos, y en esos quince pasos el mozo verificó las seis restantes. Dobló el diario húmedo en tres y no en dos: dos. Saludó al pasar al cajero sin mirarlo a los ojos: tres. Caminó por el lado derecho de la hilera de mesas aunque el lado izquierdo estaba más libre: cuatro. Se apoyó un segundo en el respaldo de una silla vacía antes de seguir, como si el cuerpo le pesara sin motivo: cinco. Al sentarse, puso el celular encima de las llaves y no al revés: seis. Y cuando el mozo le acercó la carta, dijo gracias dos veces seguidas, una en voz alta y otra apenas murmurada, como si la primera no hubiera salido bien: siete. El mozo anotó algo en una libretita. En el delantal, a la altura del pecho, había bordadas tres letras en hilo gris: S.I.L.
—¿Qué le sirvo?
—Un cortado —dijo Benegaray—. Y un vaso de agua, por favor.
El mozo asintió sin decir nada y fue hasta la barra. Benegaray, mientras tanto, empezó a observar la mesa. No estaba seguro de por qué le interesó; las mesas de los bares no suelen reclamar atención. Pero había cosas. El salero, por ejemplo, tenía una etiqueta blanca pegada en la base con un número manuscrito: 047. La servilleta de tela plegada sobre el plato estaba doblada en un pliegue que no era el habitual rectángulo, sino una especie de figura en V con un ángulo demasiado preciso.
Mientras esperaba, Benegaray pasó la mano por el costado de la mesa, un tic nervioso que lo acompañaba desde su infancia. Sintió un relieve áspero. Se inclinó apenas y vio un pequeño cuadrado plastificado, adherido a la madera con prolijidad. Era un código QR. Intentó despegarlo con la uña, pero estaba firme, pegado muy bien y desde hacía mucho. Arriba del código, alguien había escrito con fibra negra: La 8va señal.
El cortado llegó. El agua llegó. Y entonces sonó el teléfono.
Era un número desconocido. Benegaray atendió por costumbre administrativa, esa costumbre argentina de suponer que del otro lado puede estar la ANSES, o el banco, o un trámite al que uno no le prestó atención a tiempo. La voz que contestó era de mujer, amable, con la dicción de una operadora de alguna empresa o despacho. La mujer lo llamó por su nombre. Benegaray dijo sí, soy yo. La mujer dijo algunas cosas más. Benegaray dijo mhm, ajá, claro. Miró al mozo. El mozo no lo miraba, pero estaba quieto detrás de la barra, atento. La mujer terminó. Benegaray dijo gracias, y después, casi en voz baja, dijo está bien. Cortó. Apoyó el celular sobre la mesa, boca abajo, sobre las llaves.
Se quedó unos segundos sin moverse. Después tomó el cortado de un solo trago, aunque estaba casi hirviendo. Ni mosqueó.
En la mesa siete, contra la ventana, un hombre flaco con una campera beige pedía la cuenta levantando apenas el índice. El mozo, que seguía detrás de la barra, no se movió ni hizo gesto alguno. Benegaray se levantó él, lentamente, y caminó hasta la mesa siete como si hubiera olvidado algo allí. Se inclinó sobre el hombro del hombre flaco, que lo miró con extrañeza cortés. Benegaray le dijo algo al oído. El hombre flaco se puso blanco. No dijo nada. No preguntó nada. Bajó la mano que tenía levantada y la apoyó sobre la mesa, firmemente, como si de pronto la mano le pesara demasiado.
Benegaray volvió a la doce. Se sentó. Sacó un billete de diez mil, pero antes de que pudiera dejarlo sobre la mesa, el mozo ya estaba ahí. No traía la cuenta habitual; traía un papel térmico, rígido y pequeño, que dejó sobre el mantel de hule con un movimiento seco.
—Su comprobante, señor —dijo el mozo, y por primera vez Benegaray sintió que la cortesía del hombre escondía una urgencia.
El papel no tenía el logo del bar. Tenía el mismo código QR que había visto al costado de la mesa, pero esta vez impreso con una nitidez que hería la vista. Benegaray guardó el ticket en el bolsillo del sobretodo. Le pareció un poco más duro que el papel de los tickets normales. Al levantarse, oyó la voz del mozo resonando contra los azulejos:
—¡Cierra la doce! —gritó, y el estruendo de una bandeja metálica cayendo en la cocina clausuró la frase.
Ya en la parada del 97, bajo la luz mortecina de Boedo, sacó el papel. El código parecía brillar con luz propia bajo el alero de la farmacia y su cruz verde parpadeante. Enfocó la cámara. La pantalla del celular vibró, una pulsación larga y profunda, antes de abrir el enlace.

Luego de esa breve charla por WhatsApp, Benegaray presionó el botón del celular y lo guardó en su campera. Mientras esperaba, Benegaray recordó la cara del hombre de la siete al escuchar la sentencia. Había sido preciso: Usted es la octava señal. Ya está muerto; su carpeta se abrirá esta noche. Ahora entendía que el mensaje no era sólo para el otro, sino para el sistema entero.
El 97 apareció al fin entre la llovizna.
A lo lejos, hacia avenida La Plata, sonó una sirena. Podía ser una ambulancia. Podía ser cualquier cosa.
En la mesa siete, adentro de El Porvenir, el hombre flaco de la campera beige seguía con la mano apoyada sobre la madera. El mozo se acercó con la cuenta, la dejó sin decir una palabra, y antes de irse, casi al pasar, le dijo: tómese su tiempo, señor.
En la oficina de la SIL de Avellaneda, a esa misma hora, alguien cerró la carpeta de Benegaray y abrió la siguiente. Las carpetas, en la SIL, se abrían en orden. Y el orden, en la SIL, no lo decidía nadie del bar.









Deja una respuesta