Ilustración: Chernyy (Iohanns Ernst)
Escrito por: Joaquín Antonio Costa

Se le acercó un leproso que se arrodilló y suplicó a Jesús: «Si quieres, puedes limpiarme.» Jesús tuvo compasión, extendió la mano, lo tocó y le dijo: «Yo lo quiero; queda limpio.» Al instante se le quitó la lepra y quedó sano.

Marcos 1:40-42.

Aprendé a capturar el instante sin sacarle fotos. La memoria es la más frondosa fantasía de su cámara japonesa.

Julio Inverso.

Rechinaron las bisagras oxidadas; con su reluciente revólver todavía humeante, el Pejerrey salió del baño-carnicería de la pulpería El Chancho Alegre. Se dirigió a donde se encontraban sus tres malechores compañeros chupando güisqui; se peinó el bigote, pitó humo para un costado, dejó la pesada bolsa negra contra la pared, al lado del negro Tapioca. Se sentó en el suelo junto a aquellos y empezó a barajar.

—¿Todo eso sacaste, Peje? Pero cómo se mueve ese negocio, che! Estamos del otro lado así! Brindemos. ¡Salud! Salud por vos, por él, él, él, él, él, él; él también, él, yo. ¡Salud, por todos nosotros!— Exclamó el Moco.

—¡Salú!— Contestaron los otros.

El mudo no brindó, se quedó calladito. 

Ø 

Miro el reloj y ya son las seis, las seis de la tarde. Otra vez me dormí en el sillón, en el sillón otra vez. La resaca de la tristeza y la tristeza que da la resaca. Como es costumbre, me quedan reminiscencias de ese olor extraño al despertar1. Me enderezo, me enderezo despacito. Me calzo las pantuflas, me las calzo. Voy al baño, voy. Veo el espejo y la persona en el reflejo se me hace conocida, me recuerda a alguien. Me lavo los dientes y me escupo en la mano, la mano2. Hay espuma blanca de pasta de dientes, sangre y pedazos de pasto; sangre y pasto. 

Desayuno unos bichitos negritos que encuentro debajo del lavatorio y le pego un trago a un vino en caja. Me dispongo a salir del apartamento para ir a trabajar pero. Pom, pomk. Una paloma se golpea contra la ventana. Pom, pomk, pom, pomk. Me asusta que rompa la ventana; pero al verla tan tonta y obstinada por entrar; y al ver el vidrio tan resistente a su insistencia; me acerco, la observo, pero algo más capta mi atención: una horda de transeúntes persigue despacito a un Muñecote Entrajado —caigo en su hechizo: es divino, apuesto, hay algo en su andar, hay algo en el brillo de su piel, en el perfume que me imagino, hay algo en el aura que lo envuelve que me enloquece, me hace temblar la carne, me genera un dulce vacío en el estómago que se llena despacito de mariposas, cucarachas, cascarudos, lombrices…— que lleva paso apurado, como llegando tarde.

Abro la ventana, la paloma se mete y empieza a golpearse contra todo, perdida. Yo, por otra parte, ahora incapaz de dominar mi cuerpo, tomo distancia de la ventana; corro hacia ella; pego un salto. Intercambiamos posiciones, ahora soy yo quien vuela. Caigo en picada, el suelo se me acerca y mi cabeza se entierra entre las baldosas y el hormigón. Mi cuerpo, por voluntad propia, ajeno a mis intentos de manejarlo, hace fuerza para sacar la cabeza de entre las baldosas, como un avestruz.

Mi cuerpo se incorpora y corretea hasta alcanzar el paso de la muchedumbre que sigue al Muñecote Entrajado, me adhiero al revoltijo humano. Mi cuerpo avanza, avanza más y más cuadras a paso despacito. De a poco las personas van perdiendo el interés por el Muñecote Entrajado hasta que solo quedo yo, que me interno en un callejón para continuar mi acercamiento a él. Lo veo meterse por un agujero chiquitito en un muro, yo también me quiero meter. Pero justo cuando mi cuerpo camina sobre una tapa de alcantarillado, caigo al vacío.

Ø

—Detective, ¿está seguro usted?

—A ver, señorita Luisa, completamente seguro no estoy. Pero es una oportunidad que no podemos perder, con los tiempos que corren…

Parece que se está despertando, abre los ojos y nos observa desde allá arriba. No le tengo mucha fe, pero por ahora no tenemos de otra.

—¿Ya despertó? ¿Se siente usted bien? Nos debe una enorme, sabe, estuvo a nada de pasar por el cuchillo. Tiene suerte.

Tiene cara de no entender mucho, también tiene cara de no haber visto nunca ratones que hablen. Pito de mi cigarrillo y voy al grano.

—Yo sé que no entiende nada. Lo que sucedió es que le salvamos la vida y ahora le toca a usted ayudarnos. Da la casualidad de que El Carnicero se fijó en usted, algo tendrá de especial. Detalles aparte, llévese esto, ya está cargado.

Abrimos, junto a mi compañera, la cajita de madera que contenía el revólver. Veo que lo toma, así que deduzco que está aceptando la propuesta.

—Se tiene que meter por ahí, por ese túnel que cavamos con nuestras propias garras, déle eh, no se me achique. Si lo logra, hay recompensa para usted. Andamos detrás del tipo este hace rato. Mejor vamos apurando, no sea cosa que vayan a sospechar.

Chiflé y una ola de mis muchachos le llevaron por el túnel oscuro, cada vez más estrecho3.

Ø

El túnel se volvió húmedo, mojado, me entró agua por la boca y por la nariz. Llegué al otro extremo y abrí los ojos, después de sacudirme el agua con orín de la cara; lo primero que vi fue a aquel hombre flaco y bigotudo subiéndose el cierre del pantalón, tenía un tremendo susto pegado a la cara; vi que llevó la mano hacia donde debería de estar su revólver, pero no lo encontró ahí; aproveché el descuido y se la dí, en el medio de la cara.

Salí de adentro del inodoro y abrí la puerta de una patada. Allí estaba El Carnicero. Antes, fui engañado por su disfraz, ahora, desengañado, me agarró la rabia —al verlo con ese delantal blanco manchado de sangre oscura, con las manos robustas4 apretando una pierna, pasándola por la sierra, haciéndola filetitos; totalmente despojado de la belleza de antes—, apunté el cañón del fierro hacia él, pero… Pude entrever una belleza como nunca antes había visto, bien al fondo de sus ojos. Me hipnotizó y todo empezó a dar vueltas. Esos ojos cansados, complacientes; algo tristes. Me rendí. Sentí como sus manos me tomaban del mentón y me hacían una suave caricia en la frente.

Ø

Rechinaron las bisagras oxidadas; con el reluciente revólver todavía humeante, el Moco salió del baño-carnicería de la pulpería El chancho alegre. Se dirigió a donde se encontraban sus dos malechores compañeros chupando güisqui; se acomodó el cinto en la barriga, se sacó un moco y se lo limpió en los pantalones; dejó la pesada bolsa con morcillas dulces y chorizos contra la pared, al lado del negro Tapioca. Se sentó en el suelo junto a aquellos y empezó a recriminar:

—Viste, Mudo, viste que traes el mal augurio? Agüero? ¡Es tu culpa! Es toda tu culpa que la yuta le haya hecho eso al Peje, no te digo… ¡¿No te digo yo?! Que te calles la boca, que no hables, que ni abras la boca…

El inmenso Tapioca se quedó en silencio, sin poder disimular una sonrisa de oreja a oreja. Menos bocas para alimentar significaban más morcillas para él, pensó.

—¡Encima! que se nos va el Peje… ¡Encima! que tenemos que cargar con esta perdida en nuestros corazones… ¡Encima! que ahora me tengo que encargar ¡yo! del fierro, porque a ustedes, inútiles, les tiembla el pulso… además de todo eso: ni sillas tenemos. ¡El dueño de esta pocilga —¡y si, te miro a vos Raúl!— no se digna a poner mesas y sillas! ¿Adónde fue la prolijidad, adónde fueron las buenas costumbres…? Decime, Mudo, ¿Cuándo mierda van a poner sillas y mesas en este cuchitril?

El Mudo no supo qué contestar, entonces, no dijo nada.

(1) Hace meses que tengo un sueño recurrente: me despierto y ese olor nauseabundo me invade las narinas. Busco, busco por todos lados el orígen y todo apunta a que es algo en mi almohada. La huelo más de cerca; no es la almohada la que huele mal; el orígen del hedor se encuentra debajo de ella. La levanto y debajo encuentro un ratón muerto, seco, con sus ojitos brillantes en el claroscuro de mi habitación. Pego un grito de horror y me despierto. Entonces, el sueño se repite una impredecible cantidad de veces hasta que el despertar es verdadero.

(2) Las de Cristo eran tan lindas. Muy de vez en cuando mi sueño altera su final: en medio de mi grito horrorizado mis manos empiezan a brillar, entonces, pierdo el miedo y tomo el cadáver de ratoncito entre mis manos; por acto milagroso vuelve a la vida y empieza a dar vueltecitas entre mis manos y a chillar.

(3)Desde que empecé a tener esos sueños, tan solo una vez soñé algo sustancialmente distinto: me encontraba consciente de mi estado de ensoñación, todo era oscuro, negro, no podía ver nada; pero empecé a ver; me encontraba debajo de una almohada, la misma empezó a flotar por encima de mi cabeza; a mi alrededor habían palomas, montones de palomas, grotescas palomas de todos los colores y tamaños que empezaban a picotearme, arrancándome la carne y dejándome en los huesos. Cuando desperté, sobresaltado, tenía el cuerpo lleno de rasguños y laceraciones. Mis uñas estaban limpias.

(4) Y lindas, como las de Cristo.

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