Ilustración: Nancy Lanusse
Escrito por: Laura Custodio
Aquel día me hallé una vez más esperando.
Te encontré, pero no pude evitar imaginar las otras veces que habías estado sentado en ese mismo lugar. Mientras me dirijo, pondero la poca familiaridad que inspira adentrarse. La madera del piso resuena, consecuente de mis zapatos, un sonido conocido. Y siento el roce de mil cosquilleos al creer que ya he estado aquí antes, pero sé que no es cierto.
¿Y si hubiera sido así? ¿Habría entrado antes? ¿Cómo solía ser este lugar? ¿Qué habrá cambiado desde aquel momento?
El color y la intensidad de las luces, la manera en que se reflejan en los tallados de tu rostro y del resto, la manera en que iluminan los poros. El hedor a tabaco, cómo el aroma se asienta lentamente entre la ropa. La ceniza vertiéndose entre las uñas. Cómo el humo se convierte en un sinónimo de la vergüenza y cubre la cara de la gente cuando confiesan. La posibilidad de tu brazo extendiéndose para darle fuego a alguien más. La música, sus vibraciones, la posibilidad perdida de que me preguntes si conozco la canción que está sonando y de que yo te diga que no puedo oírla al no lograr ahogar las conversaciones del resto, los fragmentos de vida de los cuales ninguno de los dos nunca va a formar parte, los universos de los demás que ocurren, inadvertidos, frente a nosotros, a prueba de ser percibidos más allá de ser escuchados en pequeños insumos.
Y ahora, cuando deslizan tu vaso por la barra, me pongo a pensar en toda la gente cuyos labios entraron en contacto con él. Si antes habías tomado del mismo vaso, si las huellas de tus labios y sus grietas y sabor de tu saliva siguen por alguna parte. Si los residuos de labiales se mantienen, si rastros de recuerdos entre licores residen aún. Medito en toda la gente que usó el vaso con el mismo tacto que empleas ahora, y en la idea de que esos vestigios siguen ahí, perdidos en la fibra, buscando salir.
Sé que en aquellos banales roces que compartiste entre vasos, gritabas en los abismos de cada uno. Pero años residí, en la oscura vértebra del bar, reservando cada servilleta sucia y tallándole palabras, en vano. En la espera, se moldearon cursos y arroyos de tiempo perdido, que se fue en líquido trivial. Me produce pavor saber que si miras bien a través de mí, puedes notar y leer las palabras que alguna vez recé en cada servilleta. Cuestiono si puedes notarlo de la misma manera que noto y huelo tus memorias, imposibles de filtrarse a través de tu boca, manchada de licor. Y cuando esta se atreve a dirigirse hacia mí una vez más, trato de perderme en el flujo de palabras de los demás, no oírte, pero la atracción fatal de tu palabra la siento tan contaminada por una plaga que no lleva mi nombre, que me emborracha y echo todo a perder, rogando poder cambiarle los términos y hacer que el vaso que usaste incesablemente, en el dolor, provenga de mi mano.
¿Acaso es cierto que consagré algo desconocido? ¿Cómo puede ser que no provenga sino del mismo viejo patrón?
Pero no resisto confiar, y me remito a tus plegarias y decido creer, decido creer que nada de esto es familiar, decido creer que no es demasiado tarde, decido creer que el valor residía ciegamente frente a ambos, y que su vitalidad siempre estuvo ahí, a pesar de antes haber profesado un destino totalmente falso. Decido creer, y comprendo finalmente que el bar preserva mosaicos del tiempo, donde las teselas, por más similares entre ellas, cuentan algo de una manera distinta, y la divergencia se torna virtud.
Acudiendo hacia ti, desde la vértebra, noto que ya no sostiene la vieja oscuridad que solía, los destellos se derraman alrededor de tu sombra. Entonces las luces sobre tu rostro se tornan cálidas, y me entrego a una creencia lejana que creía perdida, pero que logra sostenerme. La música que suena la reciben oídos sordos, que solo alcanzan escuchar las palabras que tú confiesas ahora. Pero el humo ya no te cubre la cara, y entiendo que para ti la vergüenza es un concepto que, por primera vez, ya no recuerdas.









Deja una respuesta