Escrito por: Mauro Solé
Viejos kamikazes hijos de mil puta, qué fácil es señalarlos a la distancia y purgar nuestras defectuosidades diciendo que no es lo mismo dar la vida que morir por ella, qué tupé, cuánto miedo, cuánto dolor hay en este embutido histérico que es nuestro corazón. Seguimos hablando, seguimos creyendo que un acto de violencia es el peor de todos los actos, olvidamos que detrás de esa violencia bulle nuestra sangre, o que esa violencia es nuestra sangre coagulada que refracta nuestros miedos, nuestra purulenta ternura. Hoy buscaré entre las calles de 18 una botellita de miel que me acompañe, hoy buscaré esa ambrosía amarga y dulce que transforma al príncipe idiota en una hermosa sirena, buscaré también un amigo que me escuche, él también me estará buscando, fumaré cerrito, me daré inhalaciones con cortisona, y aunque tarde o temprano suba por mi garganta ese largo trozo de vidrio, lo seguiré haciendo, porque de todas formas moriré, porque no existen garantías, por eso seguiré pitando frenético en el banco de una plaza, prendiendo un tabaco con el otro, aguardando a las seis de la mañana, esperando un bondi que me lleve a casa, que me acueste en la cama y dormiré hasta pasado el mediodía, oculto de las miradas que pueblan las calles de montevideo, igual esos miles de ojos que son las estrellas no se cansarán nunca, continuarán atormentándome a través de los tantos agujeritos que hay en el techo de casa, continuarán observándome por detrás de las cerraduras, por debajo de la almohada, siempre nos están observando, pero eso no importa, porque al final del día olvidan, ahora mismo están olvidando, se olvidaron de las grandes historias, de las grandes masacres que se repiten porque hemos preferido cultivar oropeles y displicencias, la vida es un espiral herrumbrado en el que sin darnos cuenta fuimos desgajando pequeños trocitos de carne, de qué me debería preocupar entonces, de qué me debería preocupar si mañana despertaré como siempre, y cuando salga por la puerta de casa me bastará con regalarle una mueca de conmiseración al viejo de vázquez y colonia, breve porque temo que se levante y me increpe, ojalá me mate, que no me pida tabaco, que me mate y me saque toda esa vergüenza ridícula que siento, ojalá me escupa en la cara y mutile mis ojos con un pedazo de patricia pegoteado, ojalá nos maten a todos, ojalá se nos caiga de una vez la máscara carnicera de pieles hediondas y arrugadas que deja ver unos lagrimones que no pueden más, que ya no podemos amar, porque nos hemos quitado hasta ese privilegio, la puta que nos re mil pario, si todo podría haber sido tan fácil, si todo a fin de cuentas era tan sencillo, si entendiéramos al menos una cosa, pero no hemos entendido nada, por esa razón estamos solos. Lancen de una vez esas bombas, láncenlas todas, que el fuego abrace nuestros rostros y que sobrevivan intactos los maribeles y los niños, esas criaturas que se limpian los restos de chocolate con las mangas de la túnica, los poetas tergiversadores del himno, esos que saludan extasiados desde una camioneta amarilla y le ponen tres cucharadas de azúcar al vascolet, a esos otorguémosle el privilegio de la vida, dejemos a nuestra partida unos libros sobre la cómoda y la puerta bien abierta para que se lancen nuevamente a los caminos, ningún decreto, solo el peligro, dejemos que sus ojos aprendan a ver, que se enamoren y creen un mundo nuevo, uno más bello, en donde no haga tanto frío, porque aunque sea cierto todo esto, no me quiero morir, todavía no.








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