Mágico y muerto

Ilustración: Raúl «Rana» García
Escrito por: Paulo Neo

Ahí estás, mágico y muerto.

Jorge Luis Borges



Semejantes, mis noches se seguían; y me dejaba andar a esa pereza general, pensando o no pensando.

Ricardo Güiraldes


Escribir es una forma de perder el tiempo, como cualquier otra. Una de las mejores maneras de combatir la nada. Como leer, comer o hacer el amor, qué tanto.

Y yo tengo mucho tiempo que perder: dejé el hotel a las diez de la mañana y mi colectivo sale recién a eso de las nueve. Ya caminé todo el pueblo, me metí en museos y cafés, me senté a la vera del río, crucé el Puente Viejo de ida y de vuelta, charlé con todos los artesanos y ya estoy de vuelta en el Balthazar: el bar que custodia la plaza desde una de sus esquinas, la de Segundo Sombra y Arellano.

Esto es San Antonio de Areco: todo y nada, pueblo ilustre y olvidado, mansedumbre pacífica y tradición intacta. Decadencia y persistencia de la memoria donde el fantasma de Ricardo Güiraldes todavía se pasea, mitad extranjero, mitad nativo, con sus ideas francesas y sus decires gauchescos.

No se conoce un pueblo si no se conocen sus muertos, pienso mientras empiezo a emborracharme. Almuerzo bien y riego todo con bastante vino tinto. Tomo un taxi hasta el cementerio con la idea de visitar la tumba de Don Güiraldes.

El lugar es chico, bastante descuidado.

Las flores se pudren en los recipientes, las hierbas se trepan a las lápidas, llenas de hollín y humedad.

La tumba es apenas destacable, la encuentro rápido y me siento cerca con mi ejemplar de Cuentos de muerte y de sangre y mi botella de El Jimador. Leo un poco, el cansancio me afloja los músculos, me hunde los párpados. Bajo el influjo del alcohol siento evaporarse la realidad, me deslizo al sopor turbulento del sueño. Inquieto, me estremezco cada tanto.

Me despierta un calor intenso que me inflama las mejillas. Alguien encendió una fogata alta, muy cerca. Me doy cuenta de que la noche cayó sigilosa, mientras dormía. Ahora, una brisa me revuelve los cabellos. Las brasas, que languidecen arrojando chispas sobre el mármol, se han ido aterciopelando de ceniza muerta, de infinidad de pequeñas sombras.

Siento el rasgueo de una guitarra, un tintinear de vasos y botellas, un coro de voces roncas, un olor fuerte a cigarro y a gusano, a ropa vieja y a podredumbre.

De repente, una voz que se alza entre las otras me causa un profundo estremecimiento:

¡Chupe y no se duerma, carajo!

No se conoce un pueblo si no se conocen sus muertos.
Palabra.

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