Ilustración: Nancy Lanusse
Escrito por: Irene Casacuberta

El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Federico García Lorca

Eternamente cayendo al piso, como hace el polvo, hacen las hojas. Si algo estuviese vivo, denunciaría el hecho por macabro. 

Usted piense en su casa, en su polvo, en su constante devenir hacia la muerte. Piense que su cara posee marcas indelebles. Luego, si puede, deje de pensar. Mire el espejo, agarre el morral y salga a la calle. Salude a la vecina que se sienta cada día en la puerta de la casa en medio de la cuadra. Hágale a la vecina un comentario sobre el tiempo. Dígale “¿no le parece, Sandra, que deberíamos concebir el tiempo como algo no-tan-lineal?”. Escúchela responder “no, no me parece”. 

De repente vemos una casa demolida. Una casa que previamente no se encontraba demolida. Era una casa, una casa sin más, sin indicios de demolición. La casa, hoy demolida, era una casa abandonada. Es invierno. En verano la casa tiene, o tenía, un jardín frondoso y salvaje, pues estaba abandonada. Al invierno no le sobreviven ni los pastos, y las ramas de los árboles de la calle parecen apenas tenerse en pie.

Piense usted que debe ir a otro lado, que esto es solamente parte del trayecto y que esa casa no juega ningún rol sustancial. Siga detenido, sin embargo, frente a este paisaje. Nunca antes, a lo largo de su vida, que ha transcurrido, debe admitirlo, toda entera en un mismo barrio, barrio que incluye a esa casa antes abandonada, ahora demolida, había estado ese espacio vacío.

Ahí en poco tiempo habrá una torre residencial de mal gusto, ahora hay un paisaje nuevo. ¡Emociónese! Hay una postal, no demasiado pintoresca, no demasiado bella, no calificable del todo como especial, que durará tanto como la espera a que comiencen a construir la torre residencial de mal gusto. ¡Durará poco! ¿No le pasaba, al crecer, mirarse al espejo y no entender la imagen? ¿No le ocurría que de la nada el jazmín estaba en flor? Esas cosas, seguro usted recordará esas pequeñas cuchilladas del tiempo.

Alguien llegará, a cierta hora, a un lugar de encuentro. Esa persona mirará alrededor, se dedicará a buscar a una persona. Lo buscará a usted, que ya se encuentra en camino. Una vez que decidió usted seguir caminando, y mirando alrededor hacia el resto de las cosas, que siguen estando más o menos parecidas a como estaban ayer y a como estarán mañana, los escombros y el paisaje pesaron menos en sus ojos. Si los ojos no la miran, la imagen se disminuye. De todos modos intentará, o así le insto, mirar con fijeza el otro lugar, el lugar hacia donde está yendo. Mirará a su persona, la persona a la que fue a buscar, como si por una casualidad fuese a olvidarse de sus pecas, aunque no de sus ojos.

No olvide, le pido, el vacío de casa del día invernal en el que iba hacia un lugar al que llegó a tiempo, no tema. Le pido, no olvide su propia vida. Le pido, vuélvase algo que lo contenga todo. Le digo “¿no le parece a usted que deberíamos ver el tiempo como algo no-tan-lineal?” y usted me dirá, “no, no lo creo” y yo me quedaré mirándolo unos segundos, y luego le daré la razón, y reiré. “Usted será demolido”, alzaré las cejas, y usted responderá con perspicacia “¡que lo intenten!”.

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