Ilustración: Simón Sanguinetti
Escrito por: Mauricio Carrey
—Jesús no está en el fondo de la botella; qué concepto más errado.
Por las dudas, mira la botella al trasluz. Apenas se muestra un hilo de líquido, el mismo que intentó beber, pero no cayó del todo. Se cansó de tener el recipiente en alto, la lengua afuera, y de desear que cada gota se sintiera como un trago grande, de esos con buche de sapo y esperanzas de príncipe. Si pudiera pedir un deseo, sería ese: que las gotas pesaran como litros.
—No. Jesús se oculta debajo de la tapa.
—Esa no la había escuchado.
—Apenas se la desenrosca, Él se deja sumergir en el mar de alcohol y nada en sus profundidades hasta que flota en la superficie. Ahí es absorbido por el primer trago, el del bautismo. Aterriza en la boca, casi directo en la campanilla, y desde la garganta va primero hacia el corazón a relajar las pulsaciones.
—Dejá quieto el cenicero. Recién pasé un trapo.
—Luego sube hasta el cerebro, a disfrutar de la vista para dejarla en blanco, sin pasado y sin futuro. Cuando se cansa —que puede ser en segundos o en una eternidad—, baja hasta el estómago.
—Últimamente desciende cada vez más rápido.
—Al final de su peregrinaje, he ahí la salvación. El cerebro es una niebla. El corazón está dormido. El estómago, una caldera que ruge, evocando un calor que suplanta la necesidad de otras emociones que antes lo encendían. Porque el vacío comienza cuando la tripa se congela. Luego es el pecho, los brazos, los pies…
Ricardo mira la botella otra vez.
—Al final es la noche, que abraza sin tocar.
—Parece que Cristo ya se ha ido camino a la vejiga, compañero. ¿Eso es un tango?
—Podría serlo. ¿Tenés una birome y una servilleta? Esto es buenísimo.
—Ya te he dado varias. ¿Dónde las metés?
—Hablando de dar, Tito, algo tan importante… ¿me anotás otra?
—¿Qué hora es?
—Las siete.
—El viernes santo te la anoto.









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