Sobre los tragos de autor o una reflexión sobre la autoría en el mundo de la mixología

Ilustración: Raúl «Rana» García
Escrito por: Santino Franchi

A esta altura del partido, a nadie se le escapa la existencia de estos pequeños retazos de papel que leen “tragos de autor” y que revolotean las mesas de muchos bares cuyo nombre no es “bar (algo)”, sino “(algo) bar”.

Y permítanme decirles: más inusual que la existencia de estos extraños apéndices a la carta, es cómo hemos llegado a aceptarlos sin darles mayor importancia. Sin advertir las consecuencias que esta pequeña expresión, “tragos de autor”, puede llegar a tener sobre la cuestión de la autoría en el mundo de la mixología.

Tal vez haya sido una suerte de cinismo la que nos indujo a categorizar este fenómeno como otra pretensión más de aquellos al otro lado de la barra que, plantándole cara al taxónomo, decidieron cambiarse el nombre de “bartender” a “mixólogo”. Pero considero insuficiente esa explicación. Y por eso es que los invito a ir más allá y explorar las preguntas e incertidumbres que esta nueva categoría trae.

Primero que nada, es necesario dar un paso hacia atrás y hacernos unas preguntas más básicas. ¿Quién es este autor del que se habla? A primera vista, la respuesta parece obvia: el autor es aquel al otro lado de la barra (cualquiera sea la etiqueta de turno auto-adjudicada). Sin embargo, esta respuesta resulta insatisfactoria en la medida en que se puede asumir que, aquel del otro lado de la barra, es autor, no solo de los denominados “tragos de autor”, sino también de los otros tragos de la carta. Es así que podemos inferir lo siguiente: la autoría del trago no está necesariamente relacionada con la preparación del mismo.

Al introducir esta cuestión, se hizo mención a aquellos tragos que, ya sea por anticuados o por falta de gracia, no encontraron su suerte entre el selecto grupo de “tragos de autor”. Y es precisamente lo desafortunado de su suerte lo que nos trae algunas nuevas preguntas: ¿por qué este supuesto autor hace aparecer su presencia ominosa tan solo para algunas de sus obras? O, bueno, ¿acaso será porque él no es autor de estas infelices obras?, ¿tienen, acaso, estas otras obras un autor? Es lógico decir que sí. Es lógico pensar que estas obras, en sus años mozos, tenían un autor que las apadrinara. O, bueno, tal vez no. Tal vez su génesis no es el resultado del genio de un creador, sino de la artimaña del trabajo colectivo, del ensayo y error, del conocimiento popular. O, capaz, ese genio existió y su autoría se perdió mientras su obra cobraba renombre y la fama la condenaba a errar, huérfana, entre las cartas.

Barthes en “La muerte del autor” habla de cómo el acto mismo de la creación, con la intención de perdurar en el tiempo, hace que se esfume la identidad del autor y su voz. ¿Será este también el caso? ¿Será que detrás de aquella extraña expresión, “tragos de autor”, no hay más que interferencias?

El ruido de una silla siendo volteada y apoyada sobre una mesa hizo que levantase la vista de la hoja a medio escribir; vi a un mozo recogiendo la mesa de al lado. Me miró y me dijo: Che, disculpá, ¿sabés que estamos cerrando…?

Éramos los únicos en el bar. En mi mesa todavía seguía mi trago, ahora diluido por el hielo derretido.

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