La casa vacía

Ilustración: Julia Gatti
Escrito por: Joaquín García

Ese día, no sé por qué, me di una vuelta por la casa. La “casa vacía”, como entonces le  decíamos. ¿Cuánto había pasado desde que pisamos su patio, recorrimos sus cuartos y  pasillos, miramos por sus ventanas y celosías? 

No quise saber. No supe cómo. Parado frente a su puerta, todavía en la vereda,  contemplé inmóvil la derruida fachada: un mustio color descendía desde el techo, a través de las paredes impregnadas por el paso del tiempo. 

La primera vez que la vimos franqueábamos dubitativos —zahorí en mano— un terreno  baldío, el descampado manzana abajo, al que, fehaciente mandato materno, no había que ir. Allí, consignamos nuestra presencia con un marcador barato, como tantos lo habían hecho a  juzgar por los grafitis, y pisando uno, dos, tres vidrios rotos ahogamos un grito —por temor a  tildarnos mutuamente de “gallinas”— al toparnos con una rata muerta. Una vez vimos una  blanca. Hasta ese día creí que solamente las había de color amarronado; color sucio ese,  sucio-rata. 

Qué triste me resultaba ahora, verla así, vacía como estaba. Aunque claro, para nosotros  esa siempre fue la “casa vacía”, antítesis de lo que entendíamos por casa, tan distinta a la  nuestra y, sin embargo, nuestra, al fin y al cabo. Todo nos gustaba de ella: la galería  desvencijada, trinchera de peligrosas misiones; la pintura carcomida, mapa de numerosas  exploraciones; la puerta encadenada… Nunca supimos qué ocultaba detrás, pero sus  candados exigían respeto, el tipo de respeto que se funda en el miedo a no saber. Nos exigía  respeto y por eso la respetábamos. 

Ese lugar fue para los dos una base secreta, un escondite privado, refugio juvenil. Mentí  antes cuando dije ignorar por qué volví a la casa. Es una razón que me guardé por una no  sorprendente vergüenza: el pudor de confesar. Pero, cómo podría haber vuelto si en verdad nunca me fui. Incluso hoy, tan lejos, habitando barrios no vecinos… Fue una concatenación  de hechos, una suerte de sizigia: primero, un murmullo de salitre que sube desde la rambla y  lo atrapa a uno cruzando una cebra del centro, entonces, un eco ineludible, media vuelta y el  insulto de un auto esperando a seguir. 

Pero cómo, cómo seguir. Volví a la casa, a la casa vacía de pasto quemado por un  cruelísimo sol, a la de zócalos rotos por los que los ciempiés asoman la cabeza, tímidos en  sus tantos miembros; la del baño sin wáter, pero con bidet. Eso siempre te hizo reír. A mí en  cambio me gustaba la cocina, rompecabezas sin armar de baldosas medio hermanas.

Fue de pie en el living henchido por la humedad, con sus paredes aflorantes de moho y  techo al aire libre, sobre la alfombra de basura que cubría el piso, que me di cuenta. No fue  más que un segundo, pero no lo pude soportar. Impulsivamente metí las manos en los  bolsillos, esperando, casi rezando, aún encontrarnos ahí; y sintiendo el aire salir de mis  pulmones, haciendo temblar cada uno de mis dientes, me di la vuelta y corrí; corrí y corrí  cuadra abajo, en dirección al mar. 

Hoy sigo corriendo. No he vuelto a la casa.

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