Ilustración: Raúl García
Escrito por: Pedro Gustavsson
Está sentado en un banco del Parque Rodó, muy cerquita del lago donde una garza blanca, metida en el agua hasta las rodillas, se mueve sigilosamente e inclina la cabeza antes de zambullir como una flecha su largo pico y pescar una mojarra. Él ya la conoce. Como conoce también los chillidos de los gavilanes que se pasean desde las pulverizadas coronas de las palmeras hasta las copas de las araucarias, para luego planear hacia la rambla de la Playa Ramírez. Canta en silencio, recordando una vieja canción brasilera que cantaba en su juventud.
Caminhando e cantando e seguindo a canção
Somos todos iguais, braços dados ou não
Reconoce inmediatamente la voz que lo interrumpe, pero ni siquiera gira la cabeza al oírla decir —Vine para quedarme. Teme que no haya nadie en la otra parte del banco, pero lo carcome la ansiedad de saber dónde había estado todos estos años desde el 26 de setiembre de 2014. Todos los viajes a México, las preguntas sin respuestas, las respuestas sin preguntas, la locura de su madre, el abandono, su propio silencio eterno, el desalojo, la calle, los perros, el frío en las noches, las lluvias, y, por último, los pájaros. —No estás ahí, ¿verdad?— preguntó y se preguntó una vez más. El silencio dio paso a la canción que volvió casi en forma de respuesta.
Nas escolas, nas ruas, campos, construções
Caminhando e cantando e seguindo a canção
Centra su mirada en un celestón que se posó en la rama de un arbusto. Se entretiene mirándolo picotear semillas sin poner resistencia al dolor en su pecho. Una garza bruja pasa volando muy bajito y él levanta la vista. —¿Te acordás?— pensó.
Há soldados armados, amados ou não
Quase todos perdidos de armas na mão
Ella recuerda perfectamente la canción. La traslada a su niñez. Y retumba también, aunque cada vez más lejos, en la cabeza de él, entre la náusea y un zumbido agudo hasta el desvanecimiento sobre la madera del banco vacío. El celestón se asusta y vuela. La garza blanca alarga su cuello y se asoma. Él ya se eleva, con plumas marrones y coloradas planea como un gavilán por todo el parque y se posa en el pretil de un edificio mientras el banco se rodea de un aglomerado de gente curiosa. Desde la vieja radio Spica, clavada en un dial de onda corta, el mundo continúa.
Quem sabe faz a hora não espera acontecer









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