Minotauro

Ilustración: Manuela Gianarelli
Escrito por: Julián Peralta

Desde hace unos meses he estado recibiendo manuscritos de novelas. Las primeras dos no las  recibí yo, es más, apenas me he dado cuenta de su existencia el fin de semana pasado. Los  paquetes han llegado en sobres amarillos a la casa de mi abuela en Toluca. Por lo general mis tíos  dan la dirección de la casa para la paquetería, es normal que lleguen personas a tocar la puerta y  que nosotros tengamos que decirles buenos días, sí, no ella no se encuentra, sí, soy su sobrino, y  que nos entreguen paquetes de tamaño variable. El fin de semana pasado mi mamá dijo: Horacio  no ha venido por sus cosas, y a los minutos llegó mi tío Horacio, pero los paquetes que habíamos  arrumbado al cuarto de los tiliches no eran suyos; eran sobres de color amarillo de tamaño oficio,  parecía traer revistas, o muchos papeles. Eran papeles. El remitente, una revista llamada  Minotauro. La dirección del envío: Av. 18 de Julio 885, 11100 Montevideo, Departamento de  Montevideo, Uruguay. Inmediatamente pensé en la revista, sí, la de Santi y Mauro, pensé que los  sobres iban a estar llenos de revistas, los abrí y eran hojas y hojas de papel bond tamaño oficio  unidas por pinzas. Mi mamá me miró extrañada, a su rostro se le atravesó una mueca torcida. Mi  tío, mi abuelita y mi mamá esperaban respuestas de mí. Le mandé mensaje a Santi y no  contestaba, me empecé a desesperar y le marqué por teléfono. Le pregunté por la dirección y me  dijo que aquello quedaba en el centro de Montevideo, que ellos no frecuentaban por ahí. Le  pregunté por los paquetes, que desde junio hasta el día de hoy ya sumaban cuatro, todos con  novelas de más de cien páginas. Le pregunté a Santi por aquello, y su respuesta, a pesar de su  simplicidad, me dejó helado: nadie escribe tanto, Julián.  

Traje las novelas a la ciudad para leerlas entre clases. No me di cuenta de que eran novelas  hasta el miércoles, que empecé a leer la que había sido enviada en junio. Por un momento pensé  que las habías escrito tú, hablaba de la dictadura, era sórdida, demasiado oscura, me dio un  vuelco el corazón, me pregunté: ¿cómo conseguiste la dirección? Te imaginé en Toluca, yendo a  la casa de mi abuela, me pareció inverosímil. En realidad todo aquello lo asumí, la novela en  realidad no hablaba de la dictadura, era un monólogo de un preso al que cada tanto torturaban,  pero bien pudo haber sido argelino, peruano o mexicano. Hablaba de laberintos. Por un momento  me imaginé a un minotauro, escondido en laberintos subterráneos o catacumbas debajo de  Montevideo, que escribía sin parar y que estaba empeñado en torturarme, o, al menos,  perturbarme. Imaginé que serían amigos, ¿cómo más iba a enterarse de la existencia de Toluca? 

Imaginé que él era el que les daba los fondos para la revista, y que su única, torcida y egocéntrica  petición, era que la llamaran como él. No Asterión, “porque ese nombre ya lo había usado un  viejo rancio que lo había hecho quedar mal, pero ustedes no, ¿verdad? Ustedes no me harían  quedar mal, porque saben que los observo. Desde el centro de mi laberinto se ve todo, ¿sabían?  El piso de Montevideo no es de concreto, es una gran bóveda celeste y transparente y yo veo  todos sus pasos”. Abrí al azar la tercera novela y decía aquello. Pero el diálogo del Minotauro no  iba dirigido a muchachos que coordinaban una revista sino a un grupo de fotógrafos de mediados  de siglo que habían empezado a experimentar con drogas y que querían hacer de la fotografía un  arte total, creían en la poesía de la fotografía, en que una buena fotografía, aunque no lo  representara fielmente, podría simbolizar o significar —no recuerdo qué palabra se usa en la  novela— el mundo subterráneo de Montevideo. Me pareció floja, demasiado dada a la floritura y  a la filosofía barata, me pareció escrita por alguien muy joven. 

No terminé de leer ninguna de las otras tres novelas, las hojeé pero al final me convencí de  que era un hecho azaroso y que nada tenía que ver conmigo. Pensé en mandarte mensaje,  preguntarte cómo estás, cómo va el club de lectura de los detectives y rematar con un por qué  chingados me enviaste esto. Perdona, no, eso no, solo lo de cómo estás y el club de lectura. Al  final no lo hice, supongo que seguimos raros, supongo que algo parecido al hielo o a la nata se  romperá cuando regreses a México o yo vaya a Uruguay. Igual sé que aunque te pregunte por los  textos me vas a decir que no sabes nada de eso, pero dentro de un sobre hay unas ciento  veinticuatro páginas dedicadas al candombe, no, al candombe y al tango y a la milonga, y al dolor  del uruguayo, y por ahí mencionan a Zitarrosa.  

Decidí no hablarte y olvidar el tema. Metí los sobres con las novelas en un cajón de mi  librero, debajo de libros que estoy seguro no voy a volver a leer. Quise creer que habría muchas  personas que escribirían sobre todo aquello y que el sistema de paquetería mexicano es lo  suficientemente ineficiente como para perder así de mal unos cuantos manuscritos. Quise creerlo hasta que a principios de octubre llegó otro sobre amarillo. Eran hojas bond unidas por pinzas de  oficina negra, igual que los demás paquetes. Este era algo así como un diario, comenzaba en junio  de 2025, pero no hablaba de nadie en específico, ni siquiera era una narración en primera persona,  solo eran historias situadas vagamente en Toluca y Ciudad de México. La última entrada era una  reunión de amigos, una cena con tono de despedida, los amigos comen, beben, se leen cosas. La penúltima entrada es sobre un chico en el aeropuerto de Bogotá, que lee un libro de ciencia  ficción; detrás de un ventanal que da a la pista de aterrizaje, donde llueve torrencialmente, un  hombre-toro, iluminado intermitentemente por las luces de los aviones, lo observa. Supongo que mi pregunta queda clara, espero tu respuesta. 

Julián.

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