Comprar bizcochos y seguir caminando

Imagen: Fabiana Dinamarca
Escrito por: Fabiana Dinamarca

Me siento tranquila y en paz por primera vez en mucho tiempo. La felicidad, que se ve  trastocada por las cuentas, los horarios, la algidez de la vida adulta lejana a la estabilidad,  pero llena de necesidades y necedades a realizar para alcanzar una pizca de algo que se  llama sentido de realidad, pareciera encontrar un formato nuevo e inesperado que jamás  pensé se iba a vestir de Sudamérica. 

Los caminos largos por una ciudad vieja que se detiene en el tiempo, que le hace  frente a la vorágine de estos viejos nuevos tiempos que pintan de progreso el mundo y  todos sus rincones, pero que aquí pareciera encontrar, en algún punto, una resistencia. Me  siento bien. Respiro profundo y me siento bien. Caminar, caminar, caminar, caminar.  Comprar bizcochos y seguir caminando. Sentarnos en una orisha de la Rambla, tomar mate,  fumar porro, descansar. Tocar el agua de un río que no es nuestro, pero al que igual  pertenezco, porque me siento a tiempo aquí. Como si mi cuerpo hubiese descubierto un  lugar mucho más ameno para respirar, sin apuro, sin tropiezo. Mi mente se apaga un rato,  una semana, un rato. 

Vuelvo a mi vida y extraño. 

Pienso en volver. Pienso en cómo puedo volver. 

¿Qué podría hacer allá? 

Pienso en las calles lindas, en la gente, en la comida. Pienso que en realidad no todo  es tan diferente acá. Pienso en Valparaíso, se parecen. Pienso en que hasta Valparaíso me  demoro casi lo mismo que me demoro en ir para allá. 

Pienso en las paredes de las calles, el sonido del agua, los olores, la comida, las  conversaciones, la lluvia, el teatro, los libros, la compañía, la amistad, la amabilidad, la  amabilidad, la amabilidad. 

Que pasen lindo. 

No es tan distinto, pero algo tiene, algo hay. 

Hoy no estoy allá ni en Valparaíso. Escribo esto desde la sexta región, en un lugar  muy parecido a Montevideo en cuanto a lo que me provoca. Cierro los ojos, respiro y me  siento allá por un instante. Pienso en las ganas que me dan de estar allá y en lo feliz que fui  ese rato, esa semana, ese rato que me sentí parte de ese precioso lugar.

Me lleno de nostalgia, pero a la vez de tranquilidad porque de alguna manera tengo la  certeza de que volveré. No sé cuándo, no sé por qué. Pero sé que, dentro de toda la  incertidumbre que habito, esa certeza la tengo. De que voy a estar allá y volveré a sentir esa  amabilidad, amabilidad, amabilidad…

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