Montevideo en el lente de Duclós

Ilustración: Antonella La Rocca
Escrito por: Joaquín de la Fuente, Leandro Lereté y Francisco Peña

A comienzos de septiembre de 2024, Sebastián Carvalho y Leandro Lereté, estudiantes de la  Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades, recorrían el barrio Sayago en el  marco de un proyecto impulsado por la facultad y la Intendencia de Montevideo con motivo  de los 300 años del proceso fundacional de la ciudad. Buscaban reconstruir las memorias  barriales, identificar archivos locales y rescatar historias de la comunidad. 

Durante el trabajo de campo conocieron a Graciela Labourdette, vecina histórica del  barrio, quien les comentó que conservaba una caja de madera con fotografías antiguas de  Montevideo tomadas por su abuelo, Juan Alberto Duclós Diz. Las había guardado durante  años como parte de la memoria familiar. Cuando mostró la caja, la sorpresa fue inmediata.  No se trataba de unas pocas imágenes sueltas, sino de más de cien placas de vidrio —algunas  de ellas negativos— de comienzos del siglo XX. En ellas aparecían retratados distintos  puntos de la ciudad: el Cerro, el puerto, Ciudad Vieja, el Prado y el Centro. Las placas tienen  registros de eventos de tauromaquia, del Dique Mauá en pleno funcionamiento, así como de  los antiguos festejos patrios, donde la ciudad se transformaba en un escenario colectivo con  calles ornamentadas y celebraciones multitudinarias. 

Las preguntas comenzaron a acumularse: ¿Quién había sido Juan Alberto Duclós Diz?  ¿Qué tipo de fotógrafo era? ¿Por qué esas imágenes permanecieron durante décadas fuera del  espacio público? Luego de un proceso de diálogo y evaluación, el archivo logró ser donado al  Centro de Fotografía de Montevideo. Este gesto permitió no solo asegurar su conservación,  sino dar pie a una investigación que buscara comprender qué lugar ocupaba este nuevo  archivo en la historia visual de Montevideo. 

Juan Alberto Duclós Diz, nacido a fines del siglo XIX, provenía de dos familias de  perfiles distintos. Por un lado, los Duclós, orientados al ámbito comercial y propietarios del  saladero “Duclós y Moulie” (posteriormente, saladero “Duclós”). Por otro, los Diz, también  vinculados al comercio, pero con una marcada conexión con el mundo artístico. Su tío,  Manuel Diz, fue el fundador del Teatro Cinema Apolo (actual Teatro Florencio Sánchez).  Duclós creció, entonces, en una Montevideo en plena expansión, atravesada por profundas  transformaciones urbanas, sociales y tecnológicas. Ese contexto ayuda a comprender su  producción fotográfica. Su archivo no responde a la lógica de la fotografía institucional, no  predominan las grandes panorámicas ni la espectacularización de la ciudad. Por el contrario,  se trata de un registro íntimo. Duclós fotografiaba aquellos espacios que habitaba.

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, la fotografía en Montevideo atravesaba  un período de expansión. La introducción del gelatino-bromuro de plata redujo los tiempos de  exposición y facilitó el proceso de revelado. La práctica fotográfica dejaba de estar  exclusivamente ligada al estudio profesional y comenzó a expandirse hacia ámbitos  domésticos y aficionados. Sin embargo, no era todavía una actividad popular. Requería  equipamiento específico así como insumos importados —como las placas que compraba  Duclós a la empresa Lumière—, costos que no todos podían permitirse. Sabemos, por  elementos conservados en el archivo, que nuestro fotógrafo adquiría sus placas en la casa  fotográfica Pablo Ferrando, cuyo edificio albergó, hasta hace no mucho, a la librería Puro  Verso. 

En ese contexto es que Duclós Diz produjo sus imágenes. Durante un primer  acercamiento al archivo, el carácter tan diverso de las escenas —retratos de su familia,  paseos, paisajes— llevó a pensar que se trataba de un aficionado. Pero algo no cerraba del  todo: la calidad técnica de las placas, el encuadre y el manejo de la luz superaban la hipótesis  del fotógrafo amateur. La investigación cambió rotundamente cuando encontramos un  documento que probaba que un integrante de la familia Diz poseía una casa fotográfica hacia  la década de 1920. Ese dato nos permitió comprender que su práctica no era meramente  amateur, sino que estaba vinculada a un entorno profesional y técnico que, sin embargo,  encontraba en la vida privada un espacio para desplegarse. 

Hacia mediados de 2024 se llevó a cabo la donación del archivo al Centro de Fotografía  de Montevideo, lo cual significó un punto de inflexión en la historia de estas imágenes.  Durante décadas, las placas permanecieron resguardadas en el hogar de Graciela, conservadas  con un cuidado especial. Ese mantenimiento silencioso permitió que el archivo llegara hasta  el presente en excelentes condiciones. Sin embargo, los archivos privados, por más que sean  tratados con sumo afecto, se mantienen expuestos al deterioro material, al extravío o a la  dispersión. Es por esto que el pasaje del ámbito familiar al institucional no implica la pérdida  de la memoria íntima, sino que permite su ampliación. 

Cuando un archivo de estas características ingresa a una institución pública, pasa de ser  una herencia a un patrimonio colectivo. Este tránsito implica procesos costosos y poco  visibles como la conservación, la estabilización material, su digitalización, catalogación y  almacenamiento adecuado. Son tareas técnicas que rara vez suelen ser asumidas por  particulares y que resultan fundamentales para garantizar su supervivencia. 

Montevideo ha sufrido, en los últimos años, distintos episodios que nos recuerdan  constantemente la vulnerabilidad del patrimonio histórico, ya sea por abandono, falta de recursos o por decisiones que no priorizan a nuestro pasado. Estas pérdidas exceden la  pérdida material de edificios o documentos, suponen también la desaparición de fragmentos  de experiencia urbana, de formas de habitar la ciudad, de sensibilidades que difícilmente  puedan reconstruirse. 

La historia y el desenlace de este archivo nos recuerdan que el patrimonio no es un  concepto abstracto, y que depende de decisiones y acciones concretas, de gestos individuales  y de políticas públicas sostenidas en el tiempo. Sin financiamiento y sin instituciones  capacitadas, la memoria de la ciudad queda a la deriva. Si no contamos con ese respaldo, los  archivos se disuelven; con él, el pasado deja de ser un eco distante y desconocido y se  convierte en una presencia que sigue dialogando con el presente. 

Para finalizar, invitamos a explorar el archivo disponible en el sitio web del Centro de  Fotografía de Montevideo, bajo el título Juan Alberto Duclós, donde pueden recorrer, a través  de su lente, la Montevideo de comienzos del siglo XX.

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