Ilustración: Antonella La Rocca
Escrito por: Santiago Macedo
Cada tanto, Lucía anhelaba desaparecer. Mientras se sentaba arriba mío y me besaba y nos desnudábamos, me manifestaba su deseo y yo le preguntaba de qué hablaba. Y ella repetía lo mismo. Ojalá desaparecer. Ojalá desintegrarme. Ojalá ser algo más. Ojalá ser otra cosa. Luego cogíamos y la conversación se iba en otras direcciones y ella volvía a ser la mujer que conocía. Pero en esos momentos se formaba como una negrura insondable en sus ojos, en la apertura de su boca, en los pliegues de la nariz, en el latir de sus cuerdas vocales al pronunciar una palabra tras otra y codiciar su transmutación. La impresión de aquellos momentos se quedaba conmigo un par de horas, rasqueteándome la cabeza y después retirándose hacia la nuca, donde las cosas se asientan y fermentan (o no). Y después todo volvía más o menos a la normalidad.
Lucía vivía cerca de 8 de Octubre y Luis Alberto de Herrera, en un apartamento heredado tras la muerte de su padre, atacado por avispas en un viaje de cacería al interior. Todas las tardes a las seis y media, hora en que había sido declarado muerto, ella colocaba dos jazmines debajo de una foto de ambos y prendía una vela a cada lado. Cerraba los ojos y hablaba en voz baja, susurros extraños que nunca entendí. Después me miraba con una sonrisa y merendábamos.
Ya hacía eso cuando la conocí, dos meses después de que el cuerpo hinchado de su padre fuera cremado, y lo hizo sin falta hasta la última tarde que la vi, a dos años de la fecha. Esa tarde era de invierno y negra. Por la mañana, el cielo se había cubierto con una capa de nubes y allí se había quedado, enunciando una amenaza que no terminaba de concretarse: las nubes allí, cada vez más oscuras, quietas, hinchadas de electricidad. Tronó todo el día, hasta bien entrada la noche.
Vimos una peli acurrucados en el living y después ella decidió salir a caminar. No cuestionaba sus trances ni sus lapsus porque eran lo que me habían terminado de enamorar de sus ojos azules que en días como aquellos se volvían grises como una lápida. Se paraba en silencio, buscaba algún abrigo liviano y salía a la calle sin apenas mirarme. Yo la seguía unos metros por detrás, dejando que sus dedos se estiraran y se desenvolvieran en el aire de la noche, pero sin perderla de vista.
Atravesamos las cuadras semioscurecidas de 8 de Octubre. Arriba, los árboles se interponían a los focos de luz, dibujaban sombras malintencionadas. Yo la veía entrar y salir en la sombra, una y otra vez. Sus tacos, otrora estruendos, apenas se oían entre el silbido del
viento, los choques de las ramas y las hojas, y el tronar que crecía y crecía. Era tarde, entrada la madrugada, y con la tormenta que al fin parecía pronta a caer las calles de Montevideo se habían vaciado, dando paso a esas horas muertas de la ciudad, horas fantasma que cada tanto se tragan a quien lo encuentre desprevenido. Pasamos por la puerta del súper, cerrado y triste con sus luminarias apagadas; esa semana un empleado había caído muerto en plena reposición de góndolas. Un infarto fulminante, habían dicho. Los gerentes ordenaron tapar el cuerpo y seguir trabajando. Al pasar por la puerta imaginé sus ojos ciegos, sus manos sucumbiendo a la rigidez, su piel enfriándose producto del piso, producto del ir y venir que a su alrededor continuaba, y ese cuerpo se volvió el cuerpo hinchado del padre de Lucía y su velorio que me contó había sido a cajón abierto porque ella había insistido en que todos vieran la naturaleza del dolor que, desde entonces, a ella la partiría al medio día tras día a las seis y media de la tarde. La miré y noté que me había sacado más de media cuadra: me había quedado plantado frente a la puerta del súper.
Le grité si no tenía ganas de volver ya. Que estaba muy frío. Que nunca salíamos tanto rato a esta hora ni nos íbamos tan lejos del apartamento. Pero mis gritos se los tragó el viento o ella decidió que se los tragara, porque no hizo ni ademán de escucharme. Movía los brazos a los costados, como danzando una danza borracha, como escuchando una canción secreta, y caminaba cada vez más rápido. Contuve un escalofrío y empecé yo a animar la marcha.
Cuando la alcancé, se había quedado quieta sobre la vereda ensombrecida, y miraba fijamente algo más allá, en la cuadra siguiente. Tiritando traté de abrazarla, pero no dejó que mis brazos la envolvieran ni quiso envolver los suyos alrededor mío. En cambio, solamente miraba hacia adelante. Hizo un gesto con el mentón, como señalando.
Más adelante estaba la entrada al túnel de 8 de Octubre. Detrás, la bandera de la plaza se había volado con el viento, perdida en el cielo o entre los edificios de Bulevar Artigas. Las luces de la plaza y del shopping más allá estaban apagadas, al igual que las del túnel, que siempre refulgía durante las noches. Pero Lucía no miraba nada de aquello.
Cerca de la boca del túnel, una criatura se relamía. En un principio lo pensé gato, gato negro, pero bañado por las luces amarillas de 8 de octubre, se veían sus patas extremadamente largas, su cuerpo absurdamente grande. Pensé de inmediato en los gatos monteses que Lucía decía haber visto con su padre, en el campo.
Estaba parado en el medio de la avenida, en el angosto canterito amarillo que dividía ambos sentidos, y no parecía molesto ni por el frío ni el viento ni los relámpagos ni la lluvia, que había empezado a caer en gotones pesados.
Qué raro, dije, que esté tan tranquilo abajo de la lluvia.
Lucía lo miraba embelesada. Si no hubiera parpadeado una sola vez en todo ese rato, no me sorprendería. Lo miraba, lo miraba, lo miraba… parecía querer ahogarse en ese rostro extraño, en esos ojos amarillos pero no amarillos como siempre, como uno imagina a un gato, sino amarillos como de enfermo, como de ácido de batería…. y al rato me di cuenta de que ella no hablaba ni respondía mis preguntas ni me decía qué le pasaba porque estaba escuchando, escuchando, escuchando a aquella cosa —porque desde ese momento lo noté cosa y no animal— que le decía algo solo a ella, un diálogo privado, una conversación ignota.
Relampagueó y las luces de 8 de Octubre estallaron en una lluvia de chispas, y a Montevideo entera pareció devorársela la oscuridad. Miré hacia los costados, traté de adivinar la figura de algún peatón que me ayudara a sacar a Lucía de su trance, de ver los focos de algún auto o alguna moto que nos sacaran a ambos de esa esquina de esa avenida de esa boca de túnel, pero no pasó nadie. Las gotas se convirtieron rápido en un diluvio que ensordeció el mundo y solo podía ver cada tres o cuatro segundos, gracias a los rayos que arriba surcaban el cielo y despedían fogonazos.
El gato (la cosa) seguía allí, con esos ojos de muerte clavados en Lucía, y traté de abrazarla a ella y agarrarla porque presentí lo que estaba por suceder, pero me recorrió un escalofrío y se me puso la piel de gallina y pensé en la estática y en los rayos que fulminan a la gente en el lugar antes de darme cuenta de que no era eso, sino otra cosa más oscura, lo que se había apoderado de mí y no dejaba que me moviera.
No dejaba que la salvara.
Estaba clavado en el lugar, paralizado como si unas raíces hubieran escapado de la tierra y me hubieran atado de brazos y piernas a la vereda, y Lucía, que estaba al lado mío, a menos de treinta centímetros, ya estaba lejos, lejos de mí y lejos de cualquier cosa viva o de cualquier cosa buena, y entre los relámpagos la vi caminar hacia la boca del túnel, hacia ese lugar que debería haber estado iluminado pero que estaba apagado y que estaba custodiado por aquella criatura.
Cuando pasó por al lado del gato, este la miró con sus ojos amarillos y se encaminó con ella hacia la puerta del túnel. Antes de sumir a Lucía para siempre en la oscuridad, el animal giró la cabeza y me miró a mí y en sus ojos vi luces insondables, vi universos enteros nacer y morir, y vi una sonrisa que no era de este mundo.
Después escuché los gritos de ella y a mí me envolvió la locura.








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