El último andén

Ilustración: Vera Strobel
Escrito por: Eva Carrión

Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

04:56. La sirena del tren es implacable y despiadada. El momento en que mis ojos  resecos, cansados (no uso los lentes tanto como debiera), abandonan las palabras en la  pantalla blanca cualquier intención que hubiese tenido de entregarme a esta lectura muere.  Cuando pasa el tren, y pasa cada aproximadamente cuarenta y cinco minutos, con una  duración promedio de ocho minutos cada vez, pensar en cualquier otra cosa es simplemente  imposible. Hay una cuestión en el sonido, en la melodía de la sirena, si es que se la puede  llamar así; yo de música nunca supe nada más que aquel año de clases de solfeo en la infancia  en una casa que quedaba del otro lado de la vía, en la que siempre había olor a puchero. Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

14:12. Hace un tiempo los trenes volvieron a pasar, aunque la estación sigue  abandonada y creo que el puente está cerrado por peligro de derrumbe. Pasan esos trenes  fantasmas, vacíos de pasajeros, llevando no sé qué cosa a no sé qué lugar. Los choferes o los  dueños de los trenes fantasmas tampoco tienen consideración alguna por los vecinos del  barrio, los vecinos como vos y como yo cuyos pensamientos se ven cada día más atrofiados  por esa terrible sirena, indiferente a cualquier simple ciudadano que procure por su sanidad. Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

18:05. La estación de trenes lleva años abandonada. Hasta hace un tiempo, de todas  formas, yo la seguía frecuentando. La decadencia de la madera y las planillas con horarios  vencidos me generaban una extraña especie de ternura. Jugamos una vez a quién podía tirar  más lejos la colilla del pucho desde el puente de peatones; a veces sacaba a pasear al perro  solo para tener una excusa, porque el abuelo decía que pasando la vía estaba todo lleno de  chorros. En esa estación besé a una mujer por primera vez, y una tarde un viejo se masturbó  mirándome desde un banco de madera podrida. Las dos veces tenía trece años, pero fueron días diferentes, estoy casi segura. 

Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

12:59. En mi mente los llamo trenes fantasmas, pero no hay nada tan real en mi vida  como ese sonido pulsante. Como los trenes no llevan gente nunca los vi de cerca, pero desde  la ventana del edificio en el que trabajaba cuando más chica se los podía ver, de lejos, apenas  pasar, y esas barreras espantosas en el cruce y las luces intermitentes que rozan lo hipnótico.  Hace tanto tiempo que no trabajo ahí que a veces dudo de esos recuerdos, y no estoy segura  de si coinciden las fechas de cuando volvieron a pasar los trenes y cuando yo hacía fotocopias en ese cuartucho amarillo que apestaba a humedad y a humo viejo. El abuelo a veces me dice  que debería volver allí, que si escribo una buena carta, que si por una vez me peino y me  arreglo un poco y voy a hablar con el dueño, que seguro me perdona por lo del teléfono. Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

09:34. A veces tengo miedo de que la sirena del tren esté sonando todo el tiempo, y que  yo solo la perciba cuando me distraigo lo suficiente. Estoy segura de que son cada día más las  veces en las que, una vez silenciada la canción en la radio, o el meteorólogo en la tele, o el  pitar de la caldera, una vez hecho el silencio, ahí está el tren. 

Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

00:43. La última vez que me llamó mi vieja ella estaba en Belfast, Irlanda, esperando  un avión, y yo estaba en Montevideo, Uruguay, sentada en el cuarto del fondo escuchando  pasar el tren. Ese tren fantasma infinito con su sirena y con sus vagones; sin su gente, sin sus  diarios ni sus pasajes. Me preguntó si había pensado en volver a estudiar y yo le dije que  después de cierta edad no te dejan anotarte más, me parece que se lo creyó. Me dijo que  estaba contenta de que yo estuviera mejorando y que se me escuchaba más animada.  

Pensé en empezar a anotar cada vez que escucho pasar el tren; necesito una  confirmación. 

Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

10:25. Lo de anotar no funcionó porque soy medio distraída, pero han hecho días de  tanto calor que el ventilador se la pasa prendido y está tan viejo que el ruido tapa el del tren.  Es mucho más ameno el ruido del ventilador; es mecánico, es grave, parece un arrorró. En la  sirena del tren hay alerta, frenesí y desamparo, y todas las cosas feas que hay en este mundo.  Y eso que suena todo el tiempo. Pobre gente. Es eso o los que manejan los trenes fantasmas  están de licencia, ha hecho tanto calor este verano. 

Piiiruuum, piiiruuum, piiiruuum. 

15:09. Me preocupa que los abuelos se estén quedando sordos, ellos no parecen  escuchar el tren todo el tiempo. Seguramente es eso, la abuela lleva toda la vida hablando por  teléfono con las primas del interior y el abuelo tiene que subir cada vez más el volumen de la  tele para escuchar los partidos. Ellos no escuchan el tren pasando todo el tiempo. No  escuchan, no, ese tren fantasma infinito que no llega nunca a estación.

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