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Ilustración: Raúl García
Escrito por: Belén Castro

Hay días que son insoportables. El agua tarda mucho en hervir y lo que discuten en la tele es  aburrido. Igual, prefería escuchar eso que la repetición sin pausa del pescador, al que todavía  le faltaban un par de casas para aturdirme desde la puerta. Pasa todos los días, y antes de él  pasaba su padre. Dicen que, antes de morirse, el Viejo grabó su voz para mantener el negocio,  en un manotazo de ahogado de dejarle algo a su familia. Ahora pasaba su hijo con un parlante  colgado al costado del mismo carrito de madera celeste con la heladera dentro. Otros dicen  que sus voces son idénticas y el hijo lo imitó en la grabación. Pero nadie compra más  pescado, ahora nos dan asco las moscas que lo siguen. Quizá antes cruzar la cuadra le llevaba  el doble de tiempo. El Viejo le compraba todas las semanas. 

—¡Peeescadooor…! ¡Hay merluza, pescadilla, cazón, mejillones, calamares, y bifes  freeescos! ¡Fresco el pescado, freeesco! 

Seguro antes era buen negocio. El Rengo también compraba cada tanto, y el Rengo me  acuerdo que tenía como siete hijos. No se sabe nada de ninguno. 

Me imagino que todos los Viernes Santos la Chiquita compraba también, para Raúl y  para ella. Nunca tuvieron hijos, no sé por qué. 

A veces cuando lo escucho de fondo no puedo entender cómo sigue en pie ese negocio.  Ahora hay un súper cada dos cuadras con más variedad de pescados. La peluquería cerró  también, no supo hacer buen marketing. Una gurisa que sí lo tenía claro les abrió una en  frente, y trajo hasta clientes de afuera del barrio. 

El verano es deprimente. Ya no hay niños que te revienten una bomba de agua a  traición por la espalda cuando no mirás, no están tampoco las ofertas de tres helados por diez pesos, ni el gordo Rafa que salía con la manguera y entretenía a todos los niños de la vuelta.  

Era más divertido, y aunque no había un mango, siento que había más comida. Bah, sueno como un viejo más. No sé si todo era mejor antes. 

La Nona también le compraba al pescador, para la casa y siempre algo para los gatos.  Era loca de los bichos ella, aunque detestaba a los cinco perros sarnosos que patrullaban la  cuadra buscando basura que no había. Salía temprano a las nueve a buscar el carrito y se  ponía a charlar con Julio. La vuelta a la manzana por lo menos una hora le tenía que llevar.  En la esquina de Río de Janeiro y Holanda lo esperaba Miriam, y a Norma también le gustaba  hablar. Lo quería convencer al pescador de que ella también sabía del tema, me acuerdo del  Viejo saliendo a apurar a la Nona.

—¡Dejá, no le hagás caso de nada! ¡No ves que dice pavadas! Que el mejor es el que  tiene peor olor… ¡Es una fantasma! 

Creo que después de eso el pescador apuraba el paso. Tiraba todos los días de ese carro  y paseaba con su olor a mar, nauseabundo, pero acá vivimos a cuadras del mar; para el  afuera, todos olíamos mal. 

En la otra esquina, contra Ecuador, estaba el loco Cacha. Compraba, pero había días  que ni el pescador se quería acercar. En un incendio perdió a su mujer, sus hijos lo culparon y  no le hablaron más, no lo perdonaron jamás, quedó loco. Caminaba por todo el largo de  Ecuador y Vizcaya de arriba para abajo, hablando solo y pegando gritos cada tanto. Nadie  sabía de qué hablaba. Una vez, Paulita, la nena de los Márquez, dijo que rezaba un Padre  Nuestro. Mi amigo Juan decía que no podría ser religioso después de lo que le pasó, fue todo  una desgracia. 

Hace dos noches yo recé por primera vez desde que era niña. No sé si creo o no, pero  me tiré de rodillas al piso a pedir por algo más grande que mi angustia. 

El Viejo lo defendía al Cacha: que no estaba loco, que el tipo era más vivo que todos  nosotros. El Negro si se lo cruzaba en un episodio de esos lo sacaba a escobazos porque no  quería que sus hijos lo vieran y odiaba que le hicieran preguntas. Pegaba dos gritos y se metía  en su casa. A día de hoy su casa sigue sin remodelar después del accidente y a veces cuando  paso me parece que sigo sintiendo olor a quemado. 

Eugenia se asomaba al portón y cordialmente lo rechazaba. Fue la primera persona que  me explicó qué significaba ser “vegano”, era más grande que nosotras y cuando cumplió  diecinueve la que salió del comité de base por Grecia nunca volvió a ser la misma gurisa que  entró. Se fue para España y no sé qué será de su vida hoy, su casita naranja del portón blanco  sigue ahí. 

El Tano no compraba, el tipo nomás salía de su casa cuando alguien precisaba una  mano útil. Miré la mancha de humedad que se estaba comiendo el techo de mi cocina. El  agua es muy hija de puta fue de lo poco que le escuché decir la vez que se nos inundó la  entrada y le pedimos una mano a todos los vecinos. 

Los sábados temprano, lo único que peleaba al pescador eran los tangos de Claudia.  Nunca le abría porque nunca lo escuchaba. Decía que era la máxima expresión artística y que  calmaba a los fantasmas de su casa. Yo jamás me atreví, pero Marcelo una vez se metió a su  casa y dice que vio velas en todas partes, cuadros tétricos, muñecas de porcelana de indígenas  norteamericanas y una mujer con vestido de novia al pie del altillo. Creo que lo último era invento del Chelo para sumar valentía a su relato. “Oíme, está loca la vieja”, Marcelo siempre  exageraba todo. 

Teníamos la puerta siempre abierta, para el aire fresco y los amigos, como nos enseñó  el Viejo. Hace dos años puse una segunda reja en la entrada, por las dudas, porque nunca se  sabe. 

Que todo era mejor antes, ¡antes éramos todos unos inconscientes! 

La estantería de Pancho, enfrente, debía de ser una mina de oro hoy en día. La  penitencia más común era mandarnos a leer a lo de Pancho, qué suplicio. Pancho nos daba  libros en italiano y cuando nos quejábamos nos decía “Me lo van a agradecer”. No  entendíamos nada, qué aburrimiento más grande era. La mujer de Pancho, Gladys, a veces se  apiadaba y nos abría la puerta, salían niños corriendo por toda la cuadra para lados distintos,  creyendo que el Viejo o Dante podían perseguirnos. Era eso, o Gladys quería invitar amigas a  tomar mates y no podía con niños berreando en su cocina. A veces cruzaba para ver a la Nona  y como yo estaba ahí hablaban en jeringoso para que no pudiera enterarme de nada. 

A la vuelta, bajando por Holanda, no íbamos mucho porque nos daba un poco de  miedo. Se decía que Silvana y su marido andaban en cosas raras, que hacían rituales y que  por ahí pasaban cosas oscuras, hoy lo pienso y creo que solo no querían tratar con nadie  nomás. Vivían encerrados en su propia casa, los raros del barrio, y hoy creo que somos todos  un poco más como Silvana y su marido. 

Con tantas cosas en la cabeza apenas me di cuenta de que el pescador estaba ahora en  frente de casa. No salía a comprarle nadie ni se asomaban. Ni siquiera los gatos lo seguían,  porque ahora los gatos ya no son callejeros, están también resguardados adentro. 

Carola compraba pescado todas las semanas hasta que enviudó. Decía que cocinar solo  servía para llenar una boca querida, que si no era una pérdida de tiempo. Cómo adelgazó,  parecía un niño escuálido. Daba tanta pena que un vecino una vez le sugirió conocer a  alguien más, pero dicen que Carola empalideció y casi infarta en el momento. 

La Gallega corrió con otra suerte. Ya viuda, tuvo un hijo más y cómo la trataron fue  una desgracia. El Viejo nos mandaba a callar cuando nos escuchaba comentar. Dicen que  eventualmente se mudó pero yo nunca supe qué fue de ella. Hoy miro atrás y me llena de  pena, con algunos el barrio no tuvo piedad. Se devora algunos nombres y los mastica sin  parar. 

La subida de Holanda le costaba al carro del pescador. La Nona decía que esa cuadra  era larga como la vida… lástima que la del tío Pablo fue corta como repecho de cualquier  otro barrio.

Cuando llegaba la hora, el tío silbaba al ritmo de la melodía particular del pescador. Era  imposible de olvidar para el que lo escuchaba. Cuando lo agarrábamos cantando (muy cada  tanto) uno de los tangos de Claudia quedábamos todos encantados. 

Por Ecuador vivía también el Cabeza, Tinchito, siempre sentado en el muro de piedra  esperando que pasara Lucía, y siempre que la veía pasar, prometía que de grande le iba a  pedir matrimonio. Hace un tiempo hablé con Lucía porque vamos a la misma facultad, y  cuando nos acordamos me dijo que todavía tiene guardadas todas las cartitas de amor que él  le escondía en la mochila de la escuela cuando ella se distraía, todas firmadas, todas llenas de  esperanza. Lo último que supe de Tincho fue que se mató hace unos años, chocó el auto  contra una columna de Egipto tratando de impresionar a una novia que tenía, dicen que  cuando vio que chocaba aceleró todavía más. 

En la esquina de Ecuador y Vizcaya vivía el padre Marcos. Siempre compraba Lubina,  así que cuando pasaba el pescador yo corría hasta esa esquina para encontrarlo. Cuando  Pancho me dejaba, repasaba la Biblia y siempre me quedaban dudas, cosas a confirmar,  “Padre, ¿esto pasó de verdad?”. 

En casa ahora no hay ninguna Biblia. Marcos tampoco está en la casa de la esquina, así  que tampoco me esfuerzo en pensar nuevas preguntas. 

Después de la casa de Marcos, el pescador seguía y yo pegaba la vuelta, porque al lado  vivía Andrés y a las nenas no nos gustaba nada. Siempre nos insultaba si nos veía corriendo  cerca, y en las tardes oscuras de invierno, mientras trabajaba en la carnicería,  aprovechábamos a tirar huevos contra su entrada. Solo una vez nos agarró, y seguimos de  largo casi hasta la playa, corriendo más rápido que él y todos los perros que nos seguían. 

Había gente que ni en ese momento estaba. Como Washington, todos sabían que se  murió por comer los pedazos de sal sólida de las botas volviendo del frigorífico. O el  hermano del Negro, que sabíamos que se había colgado cuando eran chicos y eso cambió  para siempre el buen humor del Negro. El Viejo se moría de pena cada vez que se acordaba y  lloraba atrás de un vaso de whisky cuando pensaba que nadie se daba cuenta. 

Teníamos varios frigoríficos y cuando trabajaban al barrio entero lo tapaba un olor a  pescado, me daba vergüenza cuando amigos de afuera venían a mis cumpleaños. Hace años  no siento olor a pescado. 

Cuando la caldera chilló yo ya no podía escuchar al pescador. Pasé el agua a un termo y  me senté, sola, con el mate en la cocina.

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