Revista Minotauro
El nombre de nuestra capital es un misterio. Hay quienes lo atribuyen a
un portugués muy expresivo, que al ver el Cerro desde el Río gritó
“¡Monte vide eu!”, otros a un dudoso catálogo de cerros de este a oes
te; algunos incluso hablan de un bosque verde o de un descubrimiento relacio
nado al día viernes. Sea cual sea su origen, el nombre es Montevideo y la ciudad
es esta: un enclave portuario al sur del mundo, la tercera capital más austral del
planeta, colcha de retazos de negros, de gallegos, de italianos, de gaditanos y de
todo aquel que quiera formar parte de ella, mosaico de avenidas, bulevares y
callecitas rinconeras, laberinto de murgas y tamboriles, enemiga acérrima de la
ciudad al otro lado del río, y recipiente de las ensoñaciones y las pesadillas de
todos quienes caminan por sus calles.
Como cualquier ciudad —o quizás más que cualquiera—, Montevideo está
plagada de contrastes y contradicciones, marcada por una historia de mixtura
e integración entre grupos tan atípicos como similares en su afán de construir
un porvenir distinto. Si con estos textos le hicimos justicia, no podemos saberlo.
Solo ella puede juzgarnos.








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