Amanda Berenguer – Selección

Escrito por: Amanda Berenguer

(SOBRE EL LIBRO «Dicciones»)

Jorge Ruffinelli – ¿Cómo surgió, cómo se originó esta experiencia de decir poético, y cómo la describiría?

Amanda Berenguer – Siempre me preocuparon sobremanera las formas de la comunicación. Me he movido en el terreno de la poesía y he utilizado el libro impreso hasta ahora como única manera de llegar al otro. La extensión de este contacto me ha resultado siempre muy misteriosa. Y para peor, dadas las condiciones sociales de nuestro Uruguay de hoy, tengo la impresión de que casi nadie lee poesía, es más, que nadie lee nada de verdad. Quizá tuviéramos que referirnos necesariamente a coordenadas de tipo económico-cultural, pero no es esta la dirección que querríamos darle a esta respuesta, y además me metería en un atajo que intuyo solamente. Pero como el mundo es un ovillo brillante y todos formamos parte de ese hilo, me aventuro a explicar como pueda esta experiencia de decir poético.
Compruebo que los medios audiovisuales han ganado muchísimo terreno. Y como todo va tan de prisa y no hay tiempo, este sistema simplifica y aclara en tanto los ojos y el oído han tomado otra dimensión.
En mi caso, tratándose de la edición de un disco, me referiré sólo a la audición, a lo que penetra cuando se oye exclusivamente.
Pensé: ¿hay otra manera de conocer la poesía? El poema ya estaba escrito, y me eché sobre él a decirlo, distorsionarlo, gritarlo, no sé, a inventarlo de nuevo en la voz. Es evidente que los poemas dichos de esta manera resultan diferentes, pero más ellos mismos, que cuando se los lee.
En lo que se refiere a la experiencia misma, yo la describiría como total, renovadamente creadora de lo más sustancial del poema. Es hacerlo de nuevo, añadir otro espacio y otro tiempo coincidentes ahora con el espacio y el tiempo reales.

“Marcha”, Montevideo. 
30 de junio, 1973.


LOS VASOS COMUNICANTES

Fernando Butazzoni – Algunos críticos sostienen que es insuficiente la relación de nuestra cultura y en especial de nuestra literatura con la del resto del mundo y sobre todo con la de América Latina. ¿Este viaje suyo (y de José Pedro Díaz también) es significativo en ese sentido? ¿Cómo remediar nuestro aislamiento en el supuesto de que éste exista?

Amanda Berenguer – Nuestro aislamiento es real. Nos hemos quedado separados. Se detuvieron, se forzaron, se prohibieron los libres caminos de la comunicación y por lo tanto de la cultura.
Los propios temas, los libros, las editoriales, quedaron atrapados por los hielos.
Ya comenzó el deshielo. Este viaje a Cuba es una prueba de ello.
Pero sólo con el deshielo no alcanza, y recién estamos en el comienzo.
América entera (y especialmente nuestra América Latina, ya que nos unen en gran parte, dos lazos muy importantes: la misma lengua y la pobreza) debe estar estrechamente entrelazada por hechos culturales. Para eso se necesitan con urgencia: libros viajeros, becas audaces, concursos internacionales (como éste de Cuba, único en su género), giras de grupos teatrales, los penetrantes televideos, impulsoras obras de cine, exposiciones rodantes (arte, ciencia, política), editoriales conexas, la difusión planeada de grabaciones, de orquestas itinerantes, intercambio de profesionales a nivel universitario, etc., etc. Todo esto y mucho más debería formar una gran red de nutritivos vasos comunicantes para éste nuestro sufrido y necewsitado mundo latinoamericano.

Prensa Latina, 28 de febrero, 1986.


EL MONSTRUO INCESANTE

Roger Mirza – ¿Qué piensas de la situación de la poesía hoy en el Uruguay?

Amanda Berenguer – Mi primera impresión es que nos movemos en un territorio de desconcierto cultural. Vivimos en el laberinto. El minotauro está apenas adormecido, y nos han dejado sin orientación.
Las fuerzas creadoras corren de un lado para el otro buscando la salida, en tanto se pierden o se dispersan víctimas de corredores cerrados.
La inteligencia y la imaginación no se dan cita allí donde la unión hace la fuerza, y la memoria, cuando aparece, pone en evidencia los terribles cuernos y la lengua del miedo.
Algunas personas, los poetas entre ellos, se protegen como las crisálidas encendiendo textos como linternas o los rollos del mar muerto; otros salen a la calle desprovistos y no llegan lejos, las pequeñas y frágiles antenas se les caen como cabellos en otoño; otros inventan de nuevo el mundo, silenciosos, en sus casas, mientras consumen el pan de todos los días; otros buscan la salida como locos y mueren de pesadillas con la página en blanco.
Sin embargo la poesía abre su paraguas y atraviesa las voces inciertas, traicioneras, que caen a cántaros, las veredas sin destino, resbaladizas, los caminos curvos, esquivando las malas artes de los pretenciosos, los pozos de la crítica, y sigue internándose en el laberinto.

“La Semana” de “El Día”, Montevideo.
26 de agosto, 1986.


1973-1984: FUE EL NAUFRAGIO

Interlocutora: Tatiana Oroño
(Pregunta sobre el período 1973-1984)

Fue el naufragio. Las sombras de las velas hundidas en el agua eran murciélagos muertos. El navío fue lanzado a pique con todos sus prójimos. Alguien me gritó que aguantara las estanterías cargadas de libros y la obstinación rigurosa de un trabajo de amor. Así estuve hasta que el esfuerzo se convirtió en paciencia resistente, en una gran olla de amarga permanencia.

Se veía poco en medio de la niebla negra que corría la brújula, y enredado en las cuerdas, el corazón mezclaba a cada golpe, las babas del miedo con tortugas paralizadas, torpes, impotentes.

Pensamos ciegamente en la miseria, en el ojo por ojo imposible, en las lágrimas de cocodrilo que crecían, en el terror de los ajusticiados que nos rodearon como un pantano, y creímos en el aprietan hasta que ahorcan de verdad.

La delación se hizo cloaca de desagüe.

Se hundieron las casas y las bibliotecas.

Se quemaron las hojas a las que no se atreve el fuego.

Lo vi y lo escribo. Y el río pareció entumecerse y se creyó para siempre en las leyes de la inercia. Un cuerpo que se hunde tiende a permanecer en ese estado de caída como si fuera una decisión de la fatalidad.

Fue un hundimiento, un país sin respiro ni reposo.

Se anegaron las cámaras de la esperanza y las salas donde crecía una vegetación activa, expectante.

Pero entre tanta vergüenza hubo cavernas de entrada difícil donde se guardaron escondidas algunas llamas o bujías en silencio.

Me veo recogiendo una escritura de aliento secreto que inflaba, quizá, futuras balsas de salvamento.

“La Hora”, Sábado, 27 de diciembre, 1986.


COCINERA DE UN PAN EXTRAVAGANTE

Ana Moraña – ¿Qué fue, qué es, la generación del 45?

Amanda Berenguer – Me resisto al concepto de generación literaria, que etiqueta como si se tratara de una lata de conservas.
Nada de envasados, hay que ser de los que están vivos.
No tenemos más que un presente simultáneo que abarca toda la vida, donde se mezclan dialécticamente, niños, jóvenes, adultos y viejos. Un único presente amplísimo y cambiante. Solo tenemos diferentes edades, diferentes fechas de nacimiento, pero un mismo tiempo usable, colectivo, que avanza con nosotros mientras lo consumimos.
“Ayer yo era lo que son ahora / y soy apenas hoy lo que otros fueron” escribí en “El Río” cuando estábamos en 1952.
El actuar a un mismo tiempo, genera características que podrían llamarse resonantes.
En una primavera se dan muchas floraciones, atentas al calor, a la lluvia, a los insectos, etc., pero la floración artística (literaria en este caso) no cae con las hojas del otoño. Son floraciones que permanecen. Son formas de un impactante y revolucionario impulso donde lo original y lo diferente de cada flor salta para apresar todo el huerto con sus efímeras y consecuentes cuatro estaciones.
La generación del 45, como la del 30, como la del 900, (hacemos un paréntesis, porque nuestra historia es corta, aunque podríamos seguir por las de otros países de larga tradición cultural: la cultura es una, cada vez más planetaria) como también las generaciones posteriores a la del 45, la del 60 por ej., y la más reciente que aparece en estos años, son obra de sus obras: árboles frutales en flor continua, que este aire de la hora viva, va polinizando en un ahora que reúne como el mar, la ola lejana con la más cercana en el extremo glorioso de la espuma, aviso constante de la correntada y del cambio.
El traje que nos ponemos pasa de moda, pero el texto que recibimos vivito y coleando, ya sea de nuestros estrictos contemporáneos o de otras generaciones, no pasa, lo utilizamos como alimento sin que se gaste; no tiene nada que ver con la moda, (acaso solo una presencia excitante).
Reconocemos sí, discursos diferentes. El lenguaje es múltiple, tiene poder germinativo, botánico, insaciable en su apetito de estructuras, de concreciones formales que realicen el objetivo tan singular como difícil de ser texto vivo.

“Brecha”, Montevideo.
14 de enero, 1990.


VIAJE 

Amigos, bajo el aire hoy reunidos,
bajo los fieles álamos plateados
de mi casa, doblados por el viento,
aquí sobre la hierba, todos vivos,
ustedes los del mismo, intacto tiempo,
ustedes los amigos, ríos juntos
con el agua corriendo al lado mío,
amigos respirando, transpirando,
mirando la ascensión, la luz, hablando,
ustedes los que están aquí en el día
para abrirnos la voz, la compañía.
Yo quisiera dejar los nombres vivos,
escribirlos, decirlos, levantarlos,
porque sé que nos vamos, nos hundimos,
y que el aire se hará tierra cerrada,
y el lujo de esta hora fugitiva
larga pobreza y desventura vana.
¿Dónde estará tu gesto, Manuel Flores,
el aire altivo y dulce de tu cara,
cuando mueran los álamos que vemos,
cuando el gesto de todo se confunda
y un olvido de cal dejen los huesos?
¿También tú, Ángel Rama, estarás ciego?
¿También tu pecho aquí de brasa ardiente
tendrá su corazón de sombra dura?
¿Dónde estarás, amigo, cuando suban
los cardos por las ruinas de mi casa?
¿Dónde estarán tus vagos ojos grises
María Inés, y tu larga voz de niebla,
cuando un metro de bruma nos explique
las leguas de esplendor que aquí separan?
¿Seguirás Maggi, hundiendo tu ternura
por entre agudos pliegues de palabras,
cuando en la boca guardes tierra impura?
¿Y tu sonrisa, Chacha, adónde irá,
cuando las larvas tejan nuestros labios
y nadie pueda apenas sollozar?

¿Dónde estaremos cuando no respondan
ni el trueno, ni la lluvia, ni las olas?

¿Ida Vitale, qué será tu piel,
tu tierna y tibia geografía blanca,
cuando crezcan los ríos y las hiedras?
¿Qué será de tu paso, Mario Arregui,
tu andar entre los libros y las vacas,
sobre el cuero, las páginas y el pasto?
¿Y tú Gladys, tu pelo entre las ramas
como raíz al aire anticipada?
¿Y tú Carlos, y tú Judith, ustedes,
que nos vamos siguiendo paso a paso,
si paso a paso como fina arena,
iremos por el tallo del cansancio,
de sueño a sangre y de sangre a tierra?

¿Recuerdan, amigos?, nos diremos,
y no estaremos más para escucharnos
y tendremos ya algunos, hace tiempo,
deshechas en la sombra las entrañas.

(En El río. Primera edición: La Galatea, Montevideo 1952)

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