Imagen: Archivo Díaz-Berenguer
Escrito por: José Pedro Díaz
Introducción por Álvaro Díaz Berenguer
Amanda y José Pedro
Amanda Berenguer y José Pedro Díaz son una pareja de escritores que hicieron de la literatura el nexo más importante que los mantuvo unidos hasta su muerte. La dedicación a la escritura, a las palabras, a la maravillosa conexión que permite conocerse y conocer a los seres de este planeta, fue su obsesión. Se desplegaron inmersos en un grupo de amigos que compartían las mismas preocupaciones y con los cuales se enriquecían mutuamente: Carlos Maggi, María Inés Silva Vila, Mario Arregui, Gladys Castelvecchi, Angel Rama, Ida Vitale, Manuel Flores Mora, entre otros, que los críticos llamaron Generación del 45. Tuvieron como maestro de ese grupo al poeta español José Bergamín y vínculos permanentes con escritores de distintas regiones. Amanda, “ama de casa” dedicada a las “tareas domésticas”, fue impulsada por una efervescente necesidad de expresión sin tapujos, sin otra coerción que la búsqueda de la excelencia, por lo que experimentó con las palabras como si fuera una alquimista, y José Pedro por su lado, profesor de literatura y crítico literario, tuvo una preocupación centrada en sincerarse consigo mismo, atrapado en la permanente obsesión por encontrar la forma de evadirse de una conciencia moral, de una caparazón de extrema rigurosidad. Ambos pusieron sobre el papel el “obstinado rigor” de Leonardo Da Vinci y nada de este mundo fue ajeno. Las paredes de la casa en la que vivían estaban forradas de libros; más de diez mil ejemplares. La obsesión por la literatura no significó un alejamiento de la vida cotidiana; viajaron por Europa y Estados Unidos, y disfrutaban en los veranos de una casita frente al Mar en Playa Verde cerca de Piriápolis, donde José Pedro salía a navegar y pescar con una yola construida por él, y donde Amanda lo esperaba en la orilla. Ese lugar fue encuentro primero con Leandro Castellanos Valparda, y luego con Juan Fló. Amanda y José Pedro vivieron políticamente comprometidos con su tiempo, lo que durante la Dictadura a José Pedro le costó su cargo como Profesor en la Universidad, y a Amanda, una autocensura transitoria de la que se escapaba sin embargo a través de la metáfora, diciendo así lo que no se podía decir sobre la inhumanidad. El resultado del matrimonio fue un exquisito crisol que permitió que ambos se proyectaran conformando expresiones literarias que se encuentran dentro de las más importantes del Uruguay y que se acrecientan con el paso del tiempo.
José Pedro Díaz – Diario (selección)
07/07/1945
Otra vez lo de siempre. Angustia. Una angustia que lleva a impedirme trabajar bien y que siento provocada por una presencia irracional. Solo la hago desaparecer los días de mucho trabajo, cuando, en cierto modo, hallo justificada la jornada. Tengo la obsesión permanente de perder el tiempo. Nunca trabajo bastante, como para justificarme. Tengo mucho que hacer. La novela está detenida hace tiempo por este libro y este libro mismo me exige constantes e interminables ampliaciones. Casi nunca alcanzo el orden, la regularidad que me es deseada. Todo crece muy lentamente bajo mis manos.
Un accidente de la abuela de Minye me ha –nos ha– mantenido todo el día de ayer en un estado de angustia solo desvanecido a la noche, cuando pasó el peligro. Pero de todos modos, con un cansancio nervioso grande.
¿Cuándo ordenaré mi vida? Ahora dispongo de una hora y media para trabajar sobre Baudelaire antes del almuerzo. ¿Es posible siempre trabajar de este modo?
14/04/1946
Por primera vez, amanecemos en Carrasco. La noche, espléndida detrás de las ventanas. La lámpara que arde junto a mí me impide ahora ver las barras del día sobre los eucaliptos del lado de Playa Verde.
Los sonidos más claros son ahora gallos lejanos que se pierden en inverosímiles cadenas de ecos. Deben estar muy lejos realmente, porque se oye con claridad el ruido del ómnibus que pasa por Avenida Italia – a más de cuatro cuadras.
Ya distingo ahora, la línea de los árboles al Este.
Siento una alegría profunda y serena por hallarme aquí. Este ambiente grande que es la biblioteca –donde ahora escribo– parece, con su amplitud ordenada y un poco severa – muy de mi gusto– plenamente lleno de nuestra presencia. Sé dormida, en la otra pieza, a Minye –cobijada y serena ella también. Y la plenitud del día naciente acechándome desde el ventanal y haciendo inútil, paulatinamente, a mi lámpara.
17/07/1946
Llegaré tarde a los exámenes. Pero no importa. Anoto: ¿hasta qué punto es inevitable vivir para otros? Una página maravillosa de M. du Gard, Tomo X. Antonio, en el hospital siente que si tuviera un diario desde su juventud sería su vida una cosa más plena, “volumen, peso, contorno, consistencia histórica”. ¿No escribí yo eso en otro lado –el cuaderno anterior– para explicarme la necesidad de llevar este diario? Emplea la palabra salvar. Eso es también lo que siento. ¿Quiero salvar en estos cuadernos una forma posible de mi vida? Mi vida quedará aquí ¿para quién – quiénes?
23/11/1951, París
El abandono en que quedó el diario últimamente –y ya antes del viaje a Londres– se debe, creo, a que me ocupé totalmente de lecturas románticas y de búsquedas bibliográficas en esa dirección.
Un sentimiento de responsabilidad, de conciencia, se me hace presente con frecuencia: este viaje que toca ya a su fin, ¿fue bien aprovechado por mí? ¿Hice lo que debía hacer?
Aunque, en principio, acaso este sentimiento pueda ser loable, siento también que hay en mí una fuerza negadora, una autoexigencia torpe, y nada me asegura que sea útil para la obra que tengo que realizar.
Paso ya demasiado precioso tiempo de mi vida “preparándome”. Y acaso olvido que la más fecunda manera de prepararse para hacer, sea hacer, imperfectamente al comienzo, mejor después. Como una avara economía de energías que acaso es sencillamente avaricia.
Estas preocupaciones se hacen sobre todo presentes ahora que estamos a pocas semanas de la vuelta. Al ir a Montevideo, como allí antes de venir, siento un movimiento de sístole, de retorno a mí mismo. Del encuentro fatalmente enriquecido (por mí mismo tan solo, claro está, pero por ello mismo, más categóricamente).
Más que nunca al borde de la acción (¿qué acción?) y con la angustia de sentir que es ya tiempo de tomarme como único punto de partida.
Vuelvo a Montevideo lleno de proyectos: pensando siempre en lo que allí hay que hacer. Pero mi problema está, más que en saber si podré hacer lo que imagino, en saber hasta qué punto soy para poder hacer.
Pensé demasiado en mí durante demasiado tiempo: debo asimilar bien esto que sé y que no se me cumple aún con suficiente naturalidad: que es estando fuera de mí, y junto a alguna acción, que me decidiré a ser casi sin saberlo. No hay –debo repetirme– un problema a priori de ser.
Y eso vale para mi alma literaria (sólo proyectos) tanto como para cualquier otra cosa.
En carta a los muchachos:
Ahora que estamos por volver, hay en mí como una caída vertiginosa hacia mi centro: como una tendencia torpe a hacer balance, a juzgarme. Y de tanto querer estar en mí, me quedo fuera. ¡Es demasiado tiempo de ver y ver avaramente, querer incorporarme tanto! No sé. ¿Hice lo que debía? Escrúpulos idiotas pero demasiado profundos para deshacerlos con una frase. Allí están y me perturban. Siento algo que, disfrazado con halagadoras apariencias de conciencia moral, me cohíbe, me encierra, me anula. Aquella verdad angélica y fáustica que tan bien conozco y que en público defendí: a saber: que se es si se hace; que se está siendo más profundamente cuando se está uno dando y fuera de sí, empiezo a sospechar que es en mí clara conceptualmente porque no lo es vitalmente, y que es de las verdades que no se deben saber sino vivir.
Si esto me importa tanto no es por razones especulativas sino prácticas ¿Por qué rehúyo en formas de darme, incluso la novela, que en Europa avanzó apenas tres capítulos?
Bien sabía yo que al venirnos jugaba yo todo. Ya están las cartas sobre la mesa y al volver a Montevideo se verán, no antes. Tenemos que hacer nuestros cuadernos, mal o bien, me digo, mejor bien que mal, pero mejor que nada, ya.
Cuento con el diálogo agitante y creador que te domina para ayudar a mi extroversión. Soy un traje usado que hay que dar vuelta. Mejor, soy un tapiz siempre protegido por una funda y no me decido a levantarla aunque comprendo que es ya hora de invitar a las visitas y airear la sala, prender la araña y mostrar la calidad de los tapices.
Me miro, ahora, después de dos años y me veo tan igual que me doy cansancio. ¿Algo cambió? No puedo saberlo. Llegaré con 31 años y recuerdos. ¿Y qué más? Esa es la carta que allí, junto a Uds. tengo que levantar, dar vuelta, ver y mostrar.
De Minye estoy seguro. Yo veo sus cartas. El Río crece exactamente en la dirección que más me importa. Ella, de a poco, pequeñita, se da y es. Yo sigo jugando al fantasma, o a la fotografía no revelada, que acaso mostrará… una superficie velada.
26/03/1971
Estuvimos en Bordeaux. Anoto simplemente para recordar: conferencias en la estupenda universidad; tono encantador de grupo de profesores. Dos días en Sanguinet, en casa de Noël Salomon, que me resultó un tipo excelente.
Viaje a Poitiers. Sin actividad universitaria. Pero paseos por la ciudad y luego por los alrededores en auto alquilado. Espléndido paseo.
Nos detenemos en Chartres, hasta familiarizarnos con su catedral y con las callejas cercanas. Cuatro días.
Luego París. A tiempo para cumplir con el compromiso de la conferencia en la Sorbona que dicté ayer (dos horas)¡sobre Rodó!
Escena de Bordeaux: Descendemos a la cripta de la Torre, frente a la Catedral. La guía, que habla español describe con familiaridad el tipo de muerte que se supo debió alcanzar a cada cadáver y llama la atención sobre las partes que se conservan: golpea con un dedo una oreja seca, que suena como pergamino y dice: la oreja conservada perfectamente; maneja una linterna y proyecta su haz sobre el entrepiernas de un hombre: sus partes conservadas perfectamente; las piernas, como ven, estaban en otro terreno, y desaparecieron a partir de las rodillas; allá – y el haz de luz se dirige hacia un vientre enorme– se trata de una mujer embarazada. El siguiente fue herido o asesinado, como se puede ver si se advierte el tajo que abre la piel a la altura de la tetilla derecha. Esta es una joven, muerta seguramente por una infección, pues no presenta alteraciones –hace sonar la hueca cubierta de piel seca con un tiquiñazo– senos conservados, pelo conservado; esto es pelo; párpados conservados; los ojos, naturalmente desaparecieron.
Arriba, cuando salimos, el sol, pero detrás de una empalizada que rodea la torre –donde se están haciendo trabajos– y a la sombra de esa empalizada, una rueda de viejas que tejen, inverosímiles, deformes ya, como esperando para hacer la rueda allí abajo.








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