Imagen: (AP)
Escrito por: Rodrigo Silveira
Lo primero que se nos ocurre al oír sobre Tailandia son sus playas paradisíacas, su cultura “exótica” (para nosotros) o su popularidad como destino turístico. A lo sumo recordamos su existencia cuando un suceso extraordinario termina en las noticias internacionales (como el terremoto que ocurrió el 28 de marzo de este año).
Mucho menos se nos viene a la cabeza ese país ahora, en este mes de la memoria; sin embargo, en nuestras diferencias podemos encontrar similitudes históricas de experiencias en episodios de terrorismo de Estado y procesos reivindicativos de la memoria ante tales sucesos.
Un ejemplo en donde, como lectores uruguayos, podemos encontrar un reflejo de nuestras experiencias con respecto a la memoria es el libro, lanzado en 2020, del historiador tailandés Thongchai Winichakul: “Moments of Silence: The Unforgetting of the October 6, 1976, Massacre in Bangkok”.
El 6 de octubre de 1976, el ejército tailandés junto con grupos paramilitares de extrema derecha abrieron fuego y posteriormente lincharon a estudiantes que se encontraban ocupando el campus de la Universidad de Thammasat. Usando la masacre y el desorden devenido de esta como excusa, las fuerzas armadas, con apoyo del rey, iniciaron un golpe de Estado. La masacre terminó con la experiencia democrática que se había iniciado tres años antes tras el derrocamiento del gobierno de Thanom Kittikachorn en un levantamiento popular, donde los activistas estudiantiles habían tenido protagonismo. Al día de hoy, ninguno de los perpetradores de la masacre ha sido juzgado o procesado.
La memoria de lo sucedido en 1976 tiene especial peso en la Tailandia actual, no solo por el hecho de la impunidad de los perpetradores (lo que puede compararse con el peso de la memoria sobre las violaciones de derechos humanos en nuestra dictadura); sino también por el hecho de que Tailandia sigue de facto bajo gobierno militar desde 2014 (en 2019 se volvió a un gobierno “civil” tutelado por el ejército).
Winichakul se posiciona desde las memorias conflictivas que surgen de este evento al realizar su libro. Abandonando su área de confort (es un historiador que generalmente investiga los procesos de la formación estatal tailandesa en el siglo XIX), el autor decide no investigar el hecho en sí, sino estudiar el desarrollo de la memoria de la masacre: primero desde la sociedad tailandesa y luego, de forma introspectiva (él mismo es superviviente del evento), la memoria de los actores mismos del suceso, tanto supervivientes como perpetradores.
Winichakul, tras dar un breve repaso de la masacre, transita cronológicamente las diferentes memorias sobre lo acontecido. Inicialmente se enfoca en las primeras narrativas que se dan en la inmediatez de los hechos, tanto desde el Estado como las víctimas. Desde los perpetradores se crea una memoria colectiva, que justifica la masacre como un acto necesario ante un posible plot comunista, esta misma va a ser impuesta hacia la sociedad. En el lado de las víctimas y del sector político de las izquierdas, surgen dos reacciones: por un lado, una radicalización de sus posturas políticas, que lleva a muchos a unirse a la guerrilla del Partido Comunista Tailandés en el noreste del país. Otros supervivientes se resignan y mantienen silencio ante lo acontecido, una especie de memoria pasiva que, sin embargo, encuentra espacios de resistencia ante la narrativa oficial del régimen del 76.
En 1977, una facción moderada del ejército inicia otro golpe, derrocando al régimen ultra que se había instalado tras la masacre. El crecimiento masivo de las fuerzas del PCT, sumado a los pésimos resultados que el enfoque represivo había dado al combate de la guerrilla, hace que el nuevo régimen tome una vía “conciliatoria” e inicie un proceso de amnistías con el fin de sostener la “unidad nacional” y fomentar la deserción entre las filas insurgentes.
La primera ley de amnistía se decretó en 1978. La misma cubría tanto a los supervivientes que seguían detenidos como a los perpetradores visibles de la masacre. El lenguaje de esta amnistía, sin embargo, ni siquiera menciona la masacre en sí; la da por aludida, culpa a los estudiantes de lo sucedido y deja el suceso en el olvido. Es una amnistía de un evento que nunca ocurrió y que preventivamente asegura la impunidad de los victimarios. Con esto, Winnichakul sostiene que inicia el “olvido” impuesto sobre la memoria de la masacre: desde los círculos de poder se elimina el discurso reivindicativo de la misma, tampoco se la niega sino que simplemente se la olvida y no se la menciona.
El fin de las dinámicas de la guerra fría en Tailandia, que el autor data para mediados de los 80 (fin de la insurgencia del PCT y la normalización de las relaciones diplomáticas con sus vecinos comunistas), fomenta aún más el “olvido” de la masacre. La amenaza roja ya no existe, y por ende ya no se tiene que justificar un hecho atroz. En el correr de la década, el país vive un proceso de democratización tutelada, pero se mantiene el silencio ante la masacre.
Tanto perpetradores como víctimas (quienes ya se encuentran rehabilitadas políticamente) no hablan; mientras que otros eventos de la década anterior se empiezan a discutir libremente (como el levantamiento popular de 1973), la masacre queda como una herida supuestamente cerrada que no quiere abrirse. Son pocos los trabajos de memoria ante el evento en lo que va de los ochenta, exceptuando algunos actos esporádicos o publicaciones de ex guerrilleros del PCT que se habían unido tras la masacre.
Ya a partir de la década de los 90, inicia el “desolvido” público de la masacre; las primeras memorias se publican, muchos supervivientes de los hechos entran en el nuevo espacio político democrático y la discusión pública de los hechos se hace. Todo esto lleva a la primera conmemoración oficial de la masacre en su vigésimo aniversario en 1996 (conmemoración que se sigue haciendo anualmente); con esto el desolvido culmina, pero nuevas cuestiones surgen a medida que se abre la discusión.
Entre los supervivientes se discute el redefinir su radicalismo político setentista contrapuesto con uno más reivindicativo de la democracia liberal; al mismo tiempo, las condiciones represivas que persisten en Tailandia (y que se profundizan tras el golpe del 2006, que inicia el largo proceso de retraso democrático que se vive hasta el día de hoy) impiden una exploración total del tema que toque los puntos sensibles del poder militar y monárquico del país.
El desolvido implica el fin del olvido público impuesto en la década anterior, pero no significa el fin del silencio. Se realizan conmemoraciones y monumentos, pero una memoria completa del evento no puede suceder debido a las implicancias políticas y culturales que eso conlleva. En sí, el desolvido es un punto medio entre el ya mencionado olvido impuesto y la obtención de memoria, verdad y justicia.
Tras su repaso cronológico de las distintas memorias, y del proceso del “desolvido”; Winichakul dedica el resto del libro a la exploración de distintas memorias individuales, con entrevistas a supervivientes, familiares e incluso perpetradores. En esto se observan las distintas trayectorias que se dan en la memoria de los sujetos históricos; resignación, perdón, negación y apologismo. Por último, se explora la conceptualización de una identidad política común entre los supervivientes de la masacre y demás radicales de los setenta. Los denominados “Octobristas” tanto por los eventos de octubre del 73 y del 76, y su significancia actual entre los vaivenes del espectro político tailandés actual.
Al haber sido partícipe del evento que investiga, Winichakul se encuentra en una posición única de investigador y sujeto histórico al mismo tiempo; esto se hace notar principalmente en su descripción de los hechos entre 1976 y 1978 (su arresto tras la masacre y posterior liberación tras la amnistía), y más aún cuando describe la organización del primer evento conmemorativo en 1996 (del cual él fue uno de los organizadores). También hay una constante introspección personal en su estudio de las memorias de diferentes sujetos (muchos de ellos conocidos suyos).
Todo esto genera un posicionamiento interesante ante la lectura analítica del libro: es, en sí mismo, un libro académico al mismo tiempo que unas memorias del autor. Un libro en donde se estudia un concepto (el proceso de desolvido de un evento traumático en la sociedad y las memorias de tal suceso) y, al mismo tiempo, termina siendo una reflexión personal (casi catártica) ante un trauma personal que es, simultáneamente, un trauma colectivo.
Volviendo al punto inicial de esta reseña, es inevitable para el lector uruguayo (o de cualquier país de nuestra región) ver un reflejo de nuestro pasado reciente. Las comparaciones surgen no solo por la simultaneidad cronológica de los eventos, sino también por la similitud ante la cuestión de las narrativas que rodean el tema de la memoria en nuestro país. La memoria colectiva se combina con las memorias individuales, mientras que el campo académico nacional y regional trabaja hace tiempo este tema, tal como lo hace Winichakul.
La noción de las memorias individuales y colectivas que transicionan hacia un “desolvido”, que, al culminarse genera nuevas incógnitas es el mayor reflejo que puede verse de nuestra situación ante este libro. Desde el fin de la dictadura en 1985, se han instalado discursos que proponen un olvido ante el terrorismo de Estado, que han sido combatidos desde entonces por las organizaciones de la memoria para impedir que este olvido se imponga, y se puede decir casi lo mismo de nuestros países vecinos.
A diferencia de Tailandia, nuestro país tiene determinadas condiciones (políticas, sociales y culturales) que permiten un estudio y reivindicación completa de la memoria. Pero muchos silencios persisten: las memorias aún pasivas de supervivientes (y perpetradores) continúan estando presentes en nuestra sociedad, a niveles micro pero al mismo tiempo macro.
A pesar de que el discurso del olvido (que continúa vigente) se ha logrado combatir exitosamente en la arena pública, podría decirse que un desolvido similar al tailandés existe para algunos uruguayos. Hay que sumar que, al igual que en Tailandia, la impunidad legal de los perpetradores del terrorismo de estado continúa vigente en nuestro país.
Más allá de las diferencias sociales, culturales, religiosas y políticas que tenemos con Tailandia, es inevitable ver en el “desolvido” del que habla Winichakul un reflejo del nuestro. Los conceptos usados por este autor podrían ser útiles para futuros estudios locales y regionales de las memorias a partir de nuevos enfoques.









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