Así habló Antígona

Ilustración: (Azul Mateos)
Escrito por: Mauro Solé

No por nada mi madre me llamó Antígona. Hay una razón por la cual no me llamo María, ni Luisa, ni todaslasantas. Hay una clara razón por la que nuestra madre nos llamó Antígona. Mi madre también se llamaba así, y así fue que se murió, preguntándome si era yo quien estaba levantando el suelo en busca de cadáveres. ¿Eras vos la que levantaba el suelo buscando cadáveres? Así me preguntó, y así la escuchamos todas, sentadas junto a su cama, horas antes de que muriera. No, abuela, le dijo mi hija, que también se llama Antígona, aunque todavía no lo sabe, porque es muy pequeña, y muy tierna y traviesa. Así era él también, pequeño, y tierno, y travieso. Así lo recordamos todas las que lo tuvimos en brazos, las que lo vimos meter el dedo en la torta y mancharse la nariz como un conejito blanco, las que lo escuchamos gritar mamá cada vez que se golpeaba en la rodilla, en la cabeza, en el codo, quién sabe dónde. 

¿Eras vos la que levantaba el suelo buscando cadáveres? Y mi hija respondió no hay nadie levantando el suelo, abuela, y se rio como si la abuela le hubiese contado un chiste. Así respondió mi niña, y en ese mismo instante el niño que mamaba del pecho de mi hermana, que también se llama Antígona, se despertó de aquel sueño caliente y rompió en llanto, derramando por sus cachetes la leche tibia de Antígona. La misma que él bebía de mi pecho, dulce, espesa, blanca, que corría por sus cachetes y a veces terminaba en el ombligo, o en los dedos del pie o de la mano, quién sabe dónde.

Cuando me preguntaste si era yo quién levantaba el suelo buscando cadáveres te miré a los ojos esperando que tú me respondieras, porque no supe qué decirte, porque aún sigo sin respuestas, porque temo morir rodeada de Antígonas, pronunciando tus mismas palabras. Así que me quedé paralizada, frente a ti, y recordé, y todas recordamos, la noche en que nos juntamos a armar un puzzle, y no pudimos terminarlo porque solamente faltaba una pieza, una sola, que había caído, debajo de una silla, o debajo del suelo, quién sabe dónde.

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