Recuerdo de invierno

Fotografía: Agencia Fotográfica Camaratres
Escrito por: Santiago Macedo

Los recuerdos no son espejos, no reflejan: refractan, transmutan, metamorfosean, trastocan, se construyen, se destruyen. ¿Cómo dar forma a lo informe, rostro a lo indescriptible, sílabas al horror, palabras a las curvas afiladas que se presentan por las noches, al humo que empaña el ayer, a los añicos del espejo que antes tuve en el cuarto? ¿Por dónde empezar a decir lo indecible? En serio, ¿por dónde arranco? Podría hablar de la casa, la araña del zaguán y el piso de ajedrez. Podría hablar de la luz de la claraboya, de mi cuarto pequeño que daba a la calle, de la muchacha que escuchaba todas las madrugadas, a la misma hora, tropezarse con la baldosa levantada por el jacarandá de aquella cuadra de la Blanqueada. Podría hablar del ruido del 79 bajando por Chiávari, de la inundación que una vez se llevó nuestro auto hasta la esquina, de los dientes de león que en primavera inundaban el barrio, del boliche de la esquina, de la peluquera de enfrente, de la interminable sucesión de cadenas que nos ataban a todos a aquellas baldosas, a aquella cuadra, a aquel zaguán. Arañas y piso de ajedrez, dientes de león, voces apagadas, tropezones en la vereda, sillas de playa abajo del jacarandá.

O podría hablar de las luces tenues de la calle, del viento de invierno soplando por abajo de la puerta, del foco de luz del zaguán balanceándose. Y nosotros cenando encerrados. La tele apagada. Papá ya no la quiere ver. No soporta al presidente, que es presidente solo porque a Gestido se le cantó morirse. No sé de qué habla cuando habla de eso. No tengo más que tres o cuatro años, no entiendo qué sucede en la tele ni de qué hablan mis padres, pero entiendo una cosa: vivo en Montevideo y Montevideo está convulsionada. O quizás no lo entiendo todavía, pero le regalo a mi yo de entonces aquel entendimiento. La tele está apagada y cenamos en silencio. Mis padres enfrentados, yo enfrentada a mi hermano, que es unos años más grande que yo y trata de hacerme enojar. Me hace caras, está él enojado conmigo porque hace poco le gané jugando a las canicas. Yo aún no lo sé, pero nunca más va a jugar conmigo a las canicas. Lo ignoro y como, mi madre me ayuda de vez en cuando. Me insta a comer. Siempre me costó comer.

¿Cómo seguir? ¿Qué detalles debo mencionar, cuáles debo omitir, hasta qué punto es verdad lo que digo? No sé, pero va a tener que bastar, porque lo que recuerdo lo recuerdo y está allí. Pero no sé cómo ordenar las imágenes, los sonidos, las sensaciones, esa vorágine de cosas que en la mente se transforman en un fogonazo desteñido… recuerdo el bastón del milico, los golpes en la puerta. Botas encima del piso de ajedrez. Una de ellas aplasta la araña solitaria del zaguán antes de echarnos a todos a la calle, a los gritos, medio a los golpes. Mi madre me toma en brazos pero le ordenan que me suelte. Nos quedamos los cuatro parados en la vereda. Es invierno y pareciera que el viento quiere arrancar las casas de sus cimientos. Me tiemblan los dedos, los pies, me castañetean los dientes. Me siento en la vereda, cansada, y el hombre de verde me grita en la cara que me ponga de pie. Se me llenan los ojos de lágrimas, y el hombre de verde me da un bastonazo. Obedezco. Miro hacia el otro lado, hacia arriba. Mamá tiene la mirada fija hacia la puerta abierta, revuelven la casa, rompen mi espejo y buscan cosas que no encuentran, no porque no hubieran estado, sino porque mamá ya las quemó.

Poco a poco, tiempo al tiempo, voy a entender las cosas. Años después, un día de apagón, abanicándome en la vereda, mencionaré aquella visita de los amigos de mamá y de papá: los días que se quedaron allá arriba, en el altillo, sin siquiera salir a la calle, antes de embarcarse a Buenos Aires una noche de tempestad, entre abrazos furtivos, en un auto sin matrícula, y mamá me mirará con ojos graves y entenderé qué hacían ellos allí, por qué no salían. Voy a entender por qué mamá subió al altillo cuando se fueron, por qué bajo el sol de esa mañana de invierno quemó todo lo que quedó de ellos en un tanque en la azotea. Y voy a entender por qué, un par de noches después, los de verde tocaron a la puerta de casa.

Pero ahora tengo tres, cuatro años como mucho, y estoy de pie en la vereda, la araña del zaguán está muerta, y me duelen los oídos del frío. Miro a mamá, a papá –a quien le piden todos nuestros documentos– y no sé qué va a sucedernos, así que vuelvo a llorar, y el milico me vuelve a pegar con el bastón y empiezo a llorar más fuerte y pienso en el frío que hace.

Una se desprende de los recuerdos, deja que la memoria se asiente en lo profundo, cerca de la nuca, donde no molesta. Pero basta con una correntada, con un piso de ajedrez, con un tropezón en la vereda, con una araña rinconera, para hacer ebullición y desbordarme y ahogarme. No sé por dónde empezar. No sé si estas palabras son correctas. No sé cómo dar palabras a esto. Podría hablarles de otra cosa, si quieren. Todavía tengo frío. Perdón.

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