El sótano de Babel

Imagen: (Diego Castro)
Escrito por: Marco Victoria

Mi padre siempre insistió en la gran utilidad de mi profesión: bibliotecario. Si estalla una guerra podrás organizar alfabéticamente los pedidos de municiones o si me da un ataque al corazón podrías, en lo que llega la ambulancia, organizar mis tarjetas de crédito según su fecha de expedición, dijo él el día que le mostré mi ficha de inscripción a la universidad estatal. Esa tarde enumeró cadenciosamente tales beneficios que he pensado en recopilarlos en un libro de autoayuda o motivacional. Cinco años después me recibí y anduve algunos meses boletinando mi cortísimo CV en dependencias culturales, editoriales y bibliotecas públicas, que más tarde que temprano habrían de cerrar irremediablemente ante el avance implacable de esa biblioteca infinita, que ni siquiera Borges alcanzó a concebir en su Aleph: la nube.

Todo cambió hace unos días, mientras revisaba mi perfil de LinkedIn cuyo botón de actualizar pulsaba mecánicamente cada cinco minutos como quien espera a Godot, sabiendo que nunca verá su cara ni su semblante, pero que aún así se asoma al camino y hace bulla si un viento distraído mueve la polvareda anunciando la no-venida; mi reflexión sobre actividades inútiles se vio interrumpida con un mensaje en mi bandeja de entrada. –¿Cuánto me cobrarías por organizar la biblioteca de mi abuelo que acaba de fallecer? Solo quisiera saber si entre sus pertenencias hay algo de valor, mi novia y yo queremos irnos a Punta Cana de vacaciones y cualquier contribución nos sirve. -¿qué tan grande es su archivo?, respondí a los segundos. –Dos cuartos enteros entre carpetas, repisas, libros y papeles sueltos. Era historiador por parte de la UNAM.

Aquel día acordamos el precio y la fecha en la que habría de trasladarme a la finca familiar en el estado de Guerrero. Fue sencillo tomar el autobús en la terminal de mi ciudad —así le dicen, yo digo que es un pueblo sobrecategorizado, que alguna vez consideraron la pequeña Londres, hoy a la distancia el mote parece un guijarro maltratado por las olas—, lo difícil fue atravesar la sierra: Ayotzinapa, Chilpancingo y otros nombres que o son inventados o los establecieron con el expreso fin de que su olvido se diera lo más pronto posible, que su infierno húmedo erigido entre sus caminos se desmoronara en el tiempo. Durante algunas horas, mientras bajábamos del camión y lo empujábamos a tramos con el sudor cayendo como si fuese una catarata, me convertí en un Buendía dispuesto a fundar Macondo, aunque el río de aguas cristalinas y lecho de piedras prehistóricas nunca apareció, solo un tímido aroma a salitre y a óxido de hierro que se pegó a mi paladar y en el resto del viaje jamás me abandonó.

Pasaron dos horas, en las que repetimos el acto de empujar el bus de Sísifo, hasta que el motor del vehículo dio su última exhalación y calló. El pueblo donde murió el ataúd metálico con ruedas no tenía nombre. Quizás sí lo tenía, pero el membrete metálico, que todo pueblo tiene, estaba ilegible por agujeros que presumiblemente eran de balas. Eso o en estas poblaciones jugaban a destruir el lenguaje con tiro al blanco. No sabía dónde me encontraba y la señal era escasa. Quise enviarle mensaje a Augusto. Nunca logró salir. Caminé algunos metros a través de los caminos empedrados y serpenteantes hasta que llegué a la pequeña plaza de armas, en la que tomé asiento en una banca que, en sus ayeres de gloria, fue negra metálica, y ahora solo era roja destartalada. Admiré su iglesia barroca, cuya entrada estaba cerrada con candado y una hermosa advertencia: territorio del capito, fuera gente de la nueva generación. Me sorprendió que las nuevas generaciones criminales hayan mejorado su ortografía; al parecer, el plan de estudio de la calle iba en aumento de calidad. El pueblo parecía solitario, callado, sumido en un silencio milenario que habría roto cuando me quedé varado. Traté de distinguir algún sonido, alguna señal de vida, cuando me tocaron el hombro.

Al voltear, ahí estaba Augusto mirándome aburrido, como si fuese natural el encontrarme justo ahí, en la plaza vacía, con el cielo gris y el suelo de piedra cubierto de diminutos pingüinos blancos procedentes del sistema digestivo de las palomas que sobrevolaban el espacio más como zopilotes que como su especie. Me dijo que estábamos retrasados y me invitó a montarme en su auto, que estaba aparcado en unas calles aledañas a la plaza. Era un bocho de los setentas, su placa decía clásico. Parecía intacto, salvo por el detalle de que en la guantera había una funda para pistola y un cargador vacío. Cuando le pregunté por qué guardaba esto, dijo que no sabía que el carro era de su abuelo y apenas lo estaba estrenando. “Está chido, ¿no?”, dijo, mientras enfilaba el camino hacia la finca. Comenzamos a bajar por una carretera que rodeaba un pequeño monte ya conquistado por el hombre, nueve vueltas dimos, para un ojo testigo le hubiese parecido que no avanzábamos, pero cada giro entero bajábamos unos metros más, cada vez más abajo que el calor iba asentándose en mi camisa ya empapada por mi deshidratación involuntaria. El descenso se detuvo cuando llegamos a unos arcos al filo del camino. Habíamos llegado. La finca se extendía por hectáreas, todas ellas cercadas eléctricamente. No se podía abarcar su extensión total con la mirada, únicamente un verde ondulante y quebrado en las tres dimensiones y, a lo lejos, un cubo café casi microscópico que debía ser la casa, perdida entre la cárcel de selva improvisada por el abuelo ya difunto.

Augusto me entregó unas llaves antiguas y me dijo que la más grande abría la casa, y las pequeñas, la biblioteca y cajones que pudieran estar adentro. Le pregunté que si había entrado alguna vez al archivo. Contestó que no, “por eso te contraté”, replicó, al tiempo que encendía el motor para marcharse de ahí. Bajé del bocho y, mientras Augusto daba una media vuelta en la carretera, yo avancé entre la hierba crecida y entre sonidos de animales que huían al aplastar la vegetación con mis zapatos. La casa tenía el típico estilo de redneck texano o del Medio Oeste perdido entre cultivos. Tres plantas, hecha de madera y un cobertizo a medio kilómetro más al interior de la finca. No había caminos. Los corrales que antaño debieron contener al ganado formaban cúmulos de hogueras sin encender, como si la casa fuese un sacrificio a un dios antiguo y que nadie había tenido el valor de iniciar el incendio. Supongo que en estos tiempos menos pirómanos el tiempo y el olvido fungen como fuegos que no arden. Se hacía de noche, el hambre comenzaba a arreciar y justo cuando introduje la llave me acordé que se me había olvidado acordarme de preguntarle a Augusto si la casa tenía agua potable y algo para comer. Mi padre decía bien “los de tu clase viven a dieta de polvo o se mueren de hambre”. Supongo que había subido la expectativa al combinar en un mismo trabajo ambas profecías.

Aquella noche me instalé en el vestíbulo de la casa, ahora vacío. El suelo de madera presentaba marcas, como rasguños; seguramente, los muebles asqueados por los nietos como Augusto, que ni siquiera tuvieron la decencia de cargarlos solo los arrastraron. No tuve el valor de avanzar más allá ni subir a la segunda planta. La noche se había instalado. El camino había sido largo; me sentía pegajoso del sudor seco. Me desvestí y quise dormir acurrucado. Las frazadas no las echaba en falta, la noche era una vaporera, el calor hinchaba la madera a intervalos y la contracción y liberación de presión se asemejaban al latido anómalo de un ser que sabía que se moría y, en esta lucidez, contenía la respiración. Este vaivén de vida más allá de la vida fue arrullándome, hasta que un largo grito salió del cuarto del final. Supuse que era la biblioteca, puesto que era la única habitación cerrada. Creí que la duermevela estaba jugando con ciertos recuerdos que no eran míos, pero que de vez en cuando se manifiestan en la memoria colectiva. –¡Ya les dije todo! ¡Ah, paren, paren!– gritó la voz, sincronizándose con el sonido de un taladro que se atascaba en una materia suave. Silencio. Mis vellos erizados y la espina dorsal con una punzada latente de peligro inminente. No pude dormir, aquella noche se transformó en una sinfonía de balas, ruidos eléctricos, agua que cae de recipientes, golpes, varas metálicas, risas, berridos y gritos, todo ello mezclado con el aroma de sudores que me pertenecían y con el aroma de miles de tabacos que se filtraron hasta convertir el primer piso en un terreno nebuloso. No pude mover un músculo, sin embargo, todo lo vi con uno de mis ojos que ya no parpadeaba y solo registraba sombras que nacían y caían en perpetua espiral.

En cuanto los rayos de la mañana naciente perforaron las cortinas roídas por los años, mi ojo inmovilizado pudo cerrarse. La permanencia involuntaria, el ver aquello que no se deseaba, la imposibilidad de apartar la mirada ante lo innombrable, lo pusieron a llorar. Me caían sendos goterones que no pararon en las siguientes horas y dificultaron la tarea de clasificar y leer. Sin vestirme, caminé hasta la habitación cerrada y la abrí con la llave que aún no había utilizado. La puerta se resistió con el atasco del polvo que no había sido molestado, chirrió como un recién nacido y, al final, cedió con violencia, permitiendo que todo mi peso cayera de bruces en el umbral. Al levantar la vista, el cuarto estaba tapizado de libreros abarrotados, un escritorio pequeño en el centro y archiveros franqueando la mesa de trabajo. Todo era de madera barnizada que contestaba con las motas de polvo que aparecían únicamente con el juego de los claroscuros, las persianas estaban cerradas. Ante la ilusión primeriza, creí que Augusto había exagerado, desplegando el poder de su familia. “Es pequeña, terminaré pronto y así podré regresar a la quietud de la inutilidad frente a mi computadora”, pensé mientras caminaba hacia el escritorio. Cuando alcancé el mueble que creí que estaba al centro, me percaté de un fino barandal que servía como horizonte de cascada. Al mirar una vez más, vi el agujero que continuaba metros y metros hacia abajo. Me recargué, exhausto, en el borde y, al menos, percibí tres o cuatro niveles cuya disposición replicaba, a modo de espejo, la habitación en la que me encontraba. Desde el suelo hasta debajo de él, los libros se amontonaban, los papeles volaban y el polvo lo controlaba todo.

No sabía por dónde comenzar. Había papeles sobre papeles, cachos de papeles, letras que la humedad había deteriorado. No sé cuánto tiempo pasó. Decidí empezar por el escritorio. Sobre él relucía, entre el juego de luces, un brillo metálico dorado. Cuando tomé aquellos cuadros petrificados ya para la eternidad, entendí que eran medallas al honor y condecoraciones militares. ¿Un historiador militar? Saltó la duda inmediatamente… Abrí el cajón. Dentro de este, una serie de carpetas grisáceas ordenadas por fechas: Santiago (1973), Buenos Aires (1980), Tupamaros, Acteal (1995), Ayotzinapa (2013), Ciudad Juárez… Las carpetas parecían no terminarse nunca y el cajón parecía no tener profundidad. Al abrirlos, comprendí que el abuelo de Augusto no era otro que Carlos Wieder resucitado. ¿O será que nunca murió, que no fue borrado en Barcelona? Todas y cada una de las carpetas se asemejaban a monstruos de cientos de piernas, cientos de manos inacabadas, miradas en blanco, miradas rojizas, cabellos pegados al rostro, mechones faltantes. Aquel collage de dermis latinoamericana, siempre sobre un lecho ofensivo de coral carmesí. Un mar que, al tocar las fotografías, me empapó las yemas de un líquido viscoso y nauseabundo. No pude más y terminé vomitando en el cajón… Durante el resto de la jornada no volví a abrir el cajón, e incluso cerrado apestaba impregnando la biblioteca de un hedor persistente que aumentaba la claustrofobia naciente y que me oprimía la caja torácica sacándome el poco aire que lograba filtrarse en la biblioteca.

Continué removiendo papeles. Algunos eran versos inconclusos sobre la estética del acero y de la carne, y antologías de las que nunca había escuchado: “Antología de los poetas del no: ecos de Rimbaud”, “Poetas no-nacidos de 1990”, “Colección de cuentos de ultratumba en primera persona”. Estaba a punto de abrirlos cuando un atado de cartas cayó desde el estante más alto. En su descenso y choque contra el suelo el atado se desató provocando una breve lluvia de misivas, misivas que, en su mayoría, cayeron al abismo bibliotecario de los pisos inferiores, quedando en mi mano una única carta, cuyo sobre centelleaba en tinta fosforescente LITEMPO.

El contenido de la carta era indescifrable para mí: números, órdenes sobre cobertizos cubiertos de cemento, piras funerarias a lo largo del continente, fichas de búsqueda que había que borrar. Y en todas gritaba un enorme “sí, señor”. Toda la biblioteca era un cuerpo arrodillado que asentía sin dudar. Los libros inéditos exigieron mi atención cuando comenzaron a caer de sus repisas. Eran delgados, pero al tomarlos con la mano fue imposible: pesaban alrededor de veinte kilos, tuve que alzarlos con ayuda de todos mis músculos y ambas manos. Al abrirlos, estaban en blanco. Una blancura que te hacía sentir culpable por los colores que uno portaba, pasé sus páginas con cuidado y temí que fuera una broma, temí que Augusto estuviera grabando mi reacción y que yo estuviera en una especie de instalación donde miles de ojos expectantes esperaban a que me volviera loco. Abrí las persianas sin que esto cambiara la intensidad lumínica del cuarto y no había nadie viéndome, solo las hierbas y la selva de Guerrero como impasibles testigos.

Conforme más agitaba las páginas de los libros, tratando de encontrar alguna historia que contaran, en una caligrafía fina y temblorosa, aparecieron. Cada uno de ellos, en lista, tachados, incompletos: María Emilia Islas Gatti, Julio César Mondragón Fontes, Gimena Acuña Hodola. Eran miles, incontables. Ni todos los libros del archivo podían contenerlos; se desbordaban por el piso, el techo y todas las superficies. Y al final del tomo que tenía en las manos, mi nombre, pulcro y solitario.

Justo en el instante que terminé de leer mi nombre, mi garganta se cerró: había tierra en el fondo de ella, mi cuerpo estaba perforado, mis manos atadas y mis ojos vendados. Lo único que podía ver eran fichas que me sepultaban; una de ellas era la mía: sería dado por desaparecido en dos meses y dado por difunto en los próximos tres años. Mi foto era la de mi graduación. Me resistí como pude, me liberé de las ataduras y me senté al escritorio a escribir estas líneas mientras el tiempo aún lo permite. Mi mano se cansa, pero no puede parar de relatar. Del exterior de la casa, un olor de humo denso se infiltra. Solo hay tos y asfixia…

El presente documento fue hallado entre los escombros de un incendio, que no se sabe cuándo inició, por niños de la localidad que jugaban en el terreno. El testimonio estaba acompañado de un legajo de nombres inabarcable. El niño que dio aviso a la policía asegura que ahí abajo hay una biblioteca que le susurra fechas y lugares desconocidos. El día de ayer la maquinaria excavó 30 metros: ni un rastro de la biblioteca, solo había huesos repartidos a lo largo de todo el terreno. El calor ha aumentado en la localidad y, con él, la demencia y la locura.

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