Ilustración: (Teo Hill)
Escrito por: Eva Carrión
Querido;
Me ahogué en el cuarto vacío. Aquello empezó a filtrarse por debajo de la puerta, por el marco de la única ventana; el mismo por el que se filtraba el aire en las crudas noches de invierno que pudimos conocer. Ese cuartucho vacío, todavía, de muebles; poseíamos entonces solo un colchón, algunos libros nuestros, fotos de tu madre, de mis hermanas, un cajón con ropas, tres frazadas insuficientes. No recuerdo la fecha ni la hora exactas. Hacía frío pero ya iban años de un eterno invierno. Estaba oscuro, pero ya iban años de una entera noche. Recuerdo perfectamente, sin embargo, qué estaba haciendo: sentada en el lado izquierdo del colchón desnudo y agotado, con las piernas cruzadas, el pecho caído, la piel tajada, la boca abierta, los ojos muertos. Puedo verme como si yo fuera otra, como si la ahogada fuera una mujer desconocida, que nunca vi en ningún espejo, que nunca corrió hasta explotar, que nunca te acarició la piel, que nunca escribió esta carta. Puedo, todavía, verme allí sentada con la espera traducida en todo el cuerpo. Recuerdo perfectamente qué estaba haciendo porque es lo mismo que hacía todos los días, indiferente a la fecha, todo el tiempo, indiferente a la hora: te esperaba, pacientemente, quieta, callada, convencida, como esperaría a la muerte.
Querría, por cuestiones epistemológicas, prácticas, hasta poéticas, poder describir aquello. Hablar de su materialidad, contarte del color, de la textura, de esa entidad corpórea pero indefinida que empezó a inundar la habitación despacio, de a poquito. Quisiera poder hablarte de esa muerte que, de tan amorosamente esperada, por fin se hizo presente aquella noche-día de invierno-primavera-nada. Quisiera poder. Mas he querido tantas cosas en vano: antes de ahogarme con aquello temía ahogarme de palabra muda, de anhelo exhausto. Esto es solo una de tantas otras cosas que no pude expresar. Quisiera poder darte la imagen, poder hablar claramente de lo que sucedió, describirte el verdugo, decir el dolor que me inundó el cuerpo, aproximarte al entendimiento. Porque por algo escribo esta carta, pero lamento que sea tan solo un breve informe: he muerto ahogada en ausencia. Porque eso era. Era la ausencia hecha materia, era el silencio hecho podredumbre, era la espera arrastrada hasta el punto máximo del agotamiento, era la incertidumbre que detuvo para siempre el correr de la delgada aguja en tu reloj. La incertidumbre o el brutal golpe contra tu muñeca, o el metal que desgarra la delicada piel que protege tus venas, tu sangre, tu pulso pasional.
No fue un sueño, aquello se movía con la agilidad de un animal al acecho. Olía como a azufre, pero se deslizaba como un líquido espeso, como la brea en el océano, y era oscuro pero no negro, y tenía un aire de muerte, un soplo pútrido. Lo noté enseguida porque estaba expectante. Porque siempre supe que llegaría, porque nada en el silencio es abstracto, nada en el silencio es inocente. Y se movía como una esperaría que la ausencia se mueva; abrasadora, destructiva, interminable, con paso lento y seguro. Empezó, reitero, por la puerta y las ventanas; luego consumió el suelo, los tablones de madera vieja y gastada; y siguió. Subió por los muros, arruinó los libros, la ropa, las fotos, el mueble. Manchó las paredes. Tiró una taza de café apoyada en la mesita. El aire se volvió, enseguida, pesado. Fue mi cuerpo lo último que alcanzó: lo sentí primero en los muslos. Al tacto no se parecía nada a un líquido, a pesar de su fluidez: aquello era áspero, dolía contra la piel, pero no demasiado. Fue subiendo lentamente: me cubrió el vientre, el estómago, las manos, el pecho, los hombros, el cuello.
No puedo recordar más. Ni cómo se sintió en los labios, ni si pude cerrar los ojos, ni si tenía gusto, ni cómo llegó a mi garganta; no se oía nada. Solo sé que fue lento, y que en mi memoria estaba tu rostro todo el tiempo: que habiendo llegado la muerte solo quedabas vos. Sé que evoqué el timbre de tu voz en la queja, tu respiración suave en la siesta, el sonido de tus pasos descalzos detrás mío en la cocina, las canciones de los domingos a la mañana y tus dedos contra las cuerdas de la guitarra. Recordé que en plena noche se me permitía el constante tamborileo de tu corazón contra el pecho, a veces acompañado de la estrepitosa risa. Lo recordé entonces porque nada en tu existencia era silencioso, porque había sonido hasta en la quietud entera de la calma.
No fue un sueño. Preciso que me creas. Preciso que sepas que he muerto. Quiero que sepas que he muerto. Que pronto llegará alguien, después de unos días o semanas, y me encontrará. A lo mejor tu madre, a lo mejor mi hermana. A lo mejor ellos vendrán a buscarme y yo podré decir que les gané. Y podrán decir que no sea ingenua, que la batalla estaba dada desde el inicio, que yo era un cadáver antes de muerta. Y yo diré. Qué diré. Que mientras en el cuarto suenen ecos de tu risa seremos más, que mientras las paredes despiden el olor de tus cigarros seremos más, que mientras alguien lleve en algún bolsillo un libro con tu nombre en la dedicatoria y mi firma al pie seremos más, que mientras tu madre y mis hermanas aún miren nuestras fotos seremos más; seremos más que este silencio sordo.
O no podré decir nada, porque estoy ahogada en ausencia.









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