Imagen: (Maité Bulgarelli)
Escrito por: Joaquín de la Fuente Paz
La integración temprana de los territorios hoy americanos fue un proceso enormemente acelerado e impulsado por el afán conquistador europeo. Si en 1492 los primeros marinos del viejo mundo desembarcaron en las costas de La Española, en 1521 ocuparon la ex-Tenochtitlán (rebautizada como Ciudad de México), en 1533 ya se encontraban en Cuzco, en 1536 se fundaba Buenos Aires (que sería abandonada pocos años después), y en 1538 se colocaría la piedra angular de Santafé de Bogotá. La fundación de ciudades, o la ocupación de aquellas ya existentes, será una de las principales características de la conquista y colonización española en nuestro territorio. En La Ciudad Letrada, Ángel Rama indicó que con la fundación de ciudades en puntos estratégicos del imperio no se buscaba únicamente la ubicación de plazas militares desde donde defender los intereses imperiales, sino que la larga red de ciudades tenía como objetivo la evangelización y la expansión cultural y económica. Rápidamente las ciudades crecieron, y comenzaron a integrarse en gobernaciones, capitanías y virreinatos.
Los vientos independentistas que inauguran las élites criollas en la década de 1810 buscan, en tanto sea posible, construir un nuevo orden sobre el mismo mapa colonial. Simón Bolívar buscó fundar la Gran Colombia dentro de los límites del antiguo Virreinato de Nueva Granada, mientras que las Provincias Unidas del Río de la Plata intentaron integrar a su jurisdicción a todos los territorios del Virreinato del Río de la Plata. La mayor de las trabas fue el conjunto de contradicciones existentes dentro de la sociedad colonial: la ruptura de la alianza política entre las élites regionales (representadas por los caudillos) que condujo a un inevitable ciclo de guerras civiles posteriores a las independencias, y que permitió la efervescencia de los antagonismos entre las regiones que rápidamente devinieron en estados independientes. Los resultados se pueden observar a lo largo del siglo XIX: el sueño bolivariano —reducido ya a una vieja consigna política del desgastado chavismo— ve cómo la Gran Colombia se desintegra en varias naciones, y en el sur, la unión encabezada por Buenos Aires busca mantener sus antiguos lazos, pero esta es abandonada por Montevideo, Potosí y Asunción.
El nuevo orden que nace en la década de 1830, y se consolida en los próximos cien años, oponía a las élites criollas llevando a conflictos fratricidas, antagonizando a los pueblos americanos entre sí en violentas guerras civiles e internacionales. La Guerra Grande (1836-1852) que enfrenta a uruguayos —blancos y colorados— y argentinos —unitarios y federales— es, quizás, uno de los principales y más ilustrativos de estos casos, en tanto el conflicto presenta una multitud de dimensiones locales, regionales e internacionales. También, la intervención de ejércitos británicos y franceses para apoyar a uno de los bandos deja a simple vista los intereses de las principales potencias en constituir una América fragmentada desde una época tan temprana. La Triple Alianza (1864-1870) demuestra los embates de una América que, cada vez más dominada por el capitalismo internacional, busca eliminar con una vocación destructora los remanentes de un Paraguay soberano. La Guerra del Pacífico (1879-1884), impulsada por los antagonismos de las élites boliviano-peruanas y chilenas, es solo otro de los ejemplos de conflictos internacionales que se extienden hasta la Guerra del Chaco (1932-1935) entre Bolivia y Paraguay, impulsada en gran medida por la competencia entre las petroleras Standard Oil y Shell, que buscaban acceder a los recursos del territorio.
En la década de 1930 se comienza a constituir un período de integración y soberanía en el que el pensamiento de autores como José Carlos Mariátegui va a influir en las nuevas generaciones de intelectuales latinoamericanos. Al mismo tiempo, una multitud de fuerzas convergirán en la constitución de regímenes de corte nacionalista que devendrán en fenómenos como el Partido Revolucionario Institucional en México, la Alianza Popular Revolucionaria Americana en Perú, el peronismo en Argentina, o la Revolución Nacional en Bolivia, todos ellos con notables avances en la constitución de un americanismo soberano. Bajo el manto de esta nueva era se formará una nueva intelectualidad comprometida con el latinoamericanismo y con los cambios sociales, con avatares como Ángel Rama, Pablo Neruda o Darcy Ribeiro, que bien caracterizará Claudia Gilman en Entre la pluma y el fusil. El momento culminante de este proceso se inaugura tras la victoria de la Revolución Cubana a principios de 1959, que impulsará directa e indirectamente procesos similares en toda la región. La fundación de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) y la proyectada —y profetizada— revolución continental es, posiblemente, el mayor esfuerzo de reintegración de una América fragmentada y abandonada. El internacionalismo ferviente que el castrismo hereda del trotskismo encajó perfectamente dentro de la política latinoamericana, y se volvió a poner sobre la mesa generando inicialmente el establecimiento de alianzas entre movimientos revolucionarios de distintos países, concretadas mayormente a través de la OLAS, internacionalizando la revolución y estableciendo proyecciones verdaderamente transnacionales.
El fenómeno de la OLAS y la internacionalización de las revoluciones obligaron a que las fuerzas reaccionarias —históricamente fragmentarias— buscaran establecer alianzas patrocinadas por Estados Unidos, igualmente transnacionales, para reprimir los intentos revolucionarios. El Plan Cóndor, inaugurado en 1973, aunque con antecedentes de larga data, fue un gran contrapeso a la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), integrada por uruguayos, argentinos, chilenos y bolivianos. El campo de batalla se expande y se convierte en un Cono Sur bien integrado a través de las redes oficiales y clandestinas que, no obstante, una vez derrotada la JCR, parecen volver a desvanecerse. El golpe que el Plan Cóndor realiza en las izquierdas parece sepultar los horizontes latinoamericanistas, llevando a la muerte, desaparición o exilio a miles de personas que impulsaban este proyecto. Hacia la década del ochenta, las tensiones entre las dictaduras de Argentina y Chile aumentan hasta el riesgo de guerra, y el apoyo explícito del gobierno de Pinochet a Gran Bretaña en la Guerra de las Malvinas (1982) sepultó cualquier cercanía entre ambos gobiernos.
La era neoliberal que se inaugura tras las dictaduras recupera los viejos antagonismos regionales, aunque presenta algunos hitos válidos de mencionar, como la fundación del MERCOSUR y la creación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. En este sentido, el primero resulta un intento de integración comercial regional; el segundo supone el aislamiento de México del resto de América Latina. Tras la breve «marea rosa» que comienza con el gobierno de Chávez en Venezuela y que integrará a gobiernos como el de Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Tabaré Vázquez en Uruguay o Michelle Bachelet en Chile, los avances en materia de integración son apenas sensibles. Lo que resulta increíble es que, en la era de la globalización e información que auspicia el siglo XXI, los latinoamericanos no podamos ver más allá de nuestras fronteras ni dar una respuesta unificada a los problemas comunes que asolan nuestras tierras.









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