Carolina era la más sanguínea

Imagen: (Nina Amaro)
Escrito por: Denisse Maldonado

Carolina era la más sanguínea. Yo, melancólica, ¿qué otra cosa podía hacer que envidiar el exceso de vida? En esa época era mucho más joven que ella y aun así me alucinaba arrugas en el espejo.

Ella solo vivía cerca. Nadie tenía idea de lo que hacía, de qué le gustaba, de qué cosas le revolvían la panza ni del color exacto de sus ojos. Pero el rubor era su luz, y brillaba tanto que era solo suyo y a cualquier mujer contigua le robaba el rojo de la cara. Sospechábamos que lo que hacía era lavar su ropa, que lo que le gustaba era mirar el cielo, que lo que le revolvía la panza era no poder salir de su casa y que el color exacto de sus ojos era imposible de capturar.

 La sanguinidad es solidaria, deja lugar a las otras características insoportables que puede tener una hija de puta. Junto a la luz y el brillo, el pobre blanco era también tan suyo que todas teníamos la desgracia de verla volver ostentoso el color más austero de todos. Por eso la invitaron solo a un par de casamientos en toda su vida. Los vestidos de las novias nunca eran tan blancos o las novias eran aun menos radiantes que sus vestidos. Ella misma nunca se casó. Intuía una inteligencia superior y al mismo tiempo parasitaria respecto a su belleza: valiéndose de su gracia, su intelecto se habrá desarrollado en el refugio de su cabeza de aspecto tan ligero y habrá alcanzado el entendimiento de las cabezas que cayeron hechizadas ante el rubor de la más sanguínea de todas.

Dediqué mis tiempos libres a sospechar de su naturaleza. No entendía por qué caminaba tan cómoda sobre el polvo que levantaban sus pasos, por qué daba vueltas a la manzana si solo se encontraba con las caras de los miserables, por qué ella podía perseguir gatos y bailar y tomar vino sin sentir que la aplastaba nuestro sol. Me perturbaba que pudiera convencer a un visitante de llevarla en su barco hacia los lugares que deben de existir en el mundo, de brisas frescas y agua clara y frutas generosas y carne sacrificada por manos ajenas, y que no lo hiciera. Odiaba que su sangre no le dejara espacio al arrepentimiento que se le podía llegar a notar en la cara.

 Espero que la tierra no sienta envidia de sus criaturas. En el sur de todo el mundo un gran orgullo es la danza del espíritu, de la vegetación, de los animales carnívoros, el arte de la muerte en la niebla del tabaco. En la casa teníamos vacas sedientas, un caballo enfermo, la alacena como una casa de gorgojos, arañas bibliotecarias, la humedad saboreando los billetes, los viejos vivos por terquedad.

En el medio de esa miseria, ella era lo que todos deseaban de la tierra. Quiero aclarar que no la quise eliminar. En el fondo quería que ella venciera, y que luego vinieran los extranjeros y los árboles flacos los aplastaran y las vinchucas les llenaran los zapatos, o, bastante distinto, que cosecharan su primera fruta y sonrieran con el jugo, y que se llevaran la sonrisa en lugar de los papeles de las hectáreas. Pero yo nunca pude hacer nada. Mis plantas decrépitas no alcanzaban, había matado a todos los insectos, me había quedado sin veneno para los visitantes.

Lo único que hice en mi vida fue intentar arrancarme la envidia. Una tarde le dije al don que la huerta ya no ofrecía nada y que no tenía remedio. Cuando me echó la culpa, le comenté mi suposición de que se trataba de brujería y me comí un cachetazo. Cuando aclaré que eso me lo había contado la bruja que ya no hablaba con nadie, amagó a pegarme de vuelta. Pero cuando agregué que Carolina pasaba varias veces al día porque sí, el viejo se congeló durante unos segundos y se fue rengueando hasta su silla de siempre. Lo siguiente que supe fue que todos barajaban seguros la posibilidad de que Carolina fuera la más sanguínea porque le robaba la vida a la huerta del viejo.

La verdad es que la pobre huerta nunca fue fructífera. Ni bien estalló el escándalo, Carolina se escabulló especialmente para aclararme que pasaba seguido por la casa porque le llamaba la atención que nada creciera y que estaba esperando el día en el que mi trabajo no fuera en vano. Me pareció imposible que escondiera una buena intención. Apreté las muelas, temblé de bronca, agarré el primer fierro oxidado que encontré y la lastimé.

Estuvo en cama unas semanas. Le había cortado la cara. Primero perdió el color, luego se infectó y mucho más tarde se le formó la peor cicatriz posible. Podría haber tenido mi castigo por apagar la única luz entre nosotros, pero todos me entendieron. Solo una desquiciada no se defiende de las afirmaciones de una bruja.

Cuando pudo pararse sin sentir que se le abría el rostro en dos, volvió de a poco a sus actividades. Y también de a poco se quedó en la timidez de quien pierde el color. Se encorvó por cargar con la rabia de haber sido víctima de la curiosidad, con el terror de haber confiado en una muchedumbre de infelices que no se devoran entre sí porque les da pereza, y con la vergüenza de haber sido feliz revolcándose en el barro.

Después de Carolina la tierra siguió insulsa y la gente continuó arrastrando el cuerpo. Pero nunca más alguien tuvo el mismo rubor, no se volvió a bailar de día, no vimos más blanco y perdimos la prueba punzante de que era posible querer quedarse acá. Ahora nos consolamos pensando que cualquiera podría ser feliz con sangre corriendo por las venas.

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