Imagen: (Leandro Lereté)
Escrito por: Leandro Lereté y Francisco Peña
Breve Historia del Hospital Vilardebó
El Hospital Vilardebó, una de las instituciones médicas más antiguas del país, se fundó con el nombre de Manicomio Nacional el 21 de mayo de 1880 (las obras comenzaron cuatro años antes, en 1876). Es parte de un largo proceso en el que Uruguay, como país independiente, intenta avanzar y ponerse a la vanguardia en el tratamiento de enfermedades psiquiátricas.
Este camino arranca en 1778 con el primer hospital en el territorio del actual Uruguay, llamado Hospital de Caridad (luego de la ley de secularización de 1911 se llamará Hospital Maciel). En 1856, el hospital asigna una sala para «dementes» con el fin de tratar diversos trastornos psiquiátricos. Desde este momento y hasta 1860, según varios investigadores, como Dibarboure o el Dr. Enrique Castro, Uruguay se encuentra en una etapa de «reclusión piadosa».
Para inicios de 1860, los pacientes que se encontraban en esta sala del Hospital de Caridad son trasladados a la quinta de Miguel Vilardebó, donde se realizarán las construcciones del futuro hospital. Estas prácticas están enmarcadas en una segunda etapa de «aislamiento social», en la que son trasladados a otras zonas alejadas de la ciudad. El número de pacientes fue en aumento año tras año: para 1880, año de la inauguración del Hospital Vilardebó, rondaba los 542 pacientes. (1)
Con la construcción del nuevo hospital, que coincide con el quiebre de modelo que realiza el militarismo (1875-1886), se da inicio a una nueva etapa llamada «preuniversitaria». Desde 1880 hasta 1908 se vivió un momento de acercamiento a técnicas médicas (2) para tratar este tipo de enfermedades y se trabajó hacia la construcción de un espacio estable, nuevo y digno para dicho objetivo. Con la creación de la Cátedra de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, en 1908 se da paso a la cuarta etapa, catalogada como «universitaria». El primer profesor que estuvo a cargo fue el Dr. Bernardo Etchepare. En conjunto con los avances en secularización que vivía el país y de ponderación de la labor médica, es que el hospital se profesionaliza, dando paso a pensamientos más positivistas.
Durante los años posteriores, el hospital va a vivir los vaivenes de la política nacional, desde cambios en la legislación sobre quiénes debían ser tratados en el hospital, y avances y retrocesos en la administración de la institución, hasta la evolución de las técnicas médicas. Por ejemplo, en lo que concierne a los tratamientos de los pacientes, se pueden distinguir períodos, uno más punitivista y de inmovilización, como era el de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, con técnicas como los abscesos de trementina (3). Y otro, de inicios de la década de 1950, que busca la cura del paciente a través de, por ejemplo, la expresión artística.
Ya con el golpe de estado y el inicio de la última dictadura que vivió Uruguay (1973-1985), el Hospital Vilardebó atravesó una época oscura en su historia. Fue lugar de detención para varios presos políticos. Por ejemplo, la sala 11 (se utiliza para presos o como sala de disciplinamiento) tenía un anexo que se llamaba 11 bis, que se estima era usado por las autoridades militares. Terminada la dictadura, esa sala se cerró y se tapó; también sufrió embates de las autoridades del momento que buscaban su cierre. Para cumplir este último punto se realiza la apertura del Hospital Musto (Colón, Montevideo). «En el 83 quisieron trasladar a la gente y la gente se resistió y luego el Musto funcionó desde el 83 hasta el 96…» nos cuenta María de los Ángeles Fein, encargada del Espacio de Recuperación Patrimonial del Hospital Vilardebó. El nuevo proyecto no logró prosperar y el Musto se cierra en 1996, volviendo el hospital a sus funciones normales.
Desde fines del siglo XX hasta la actualidad, el hospital se encuentra en una encrucijada por reclamos de mejor presupuesto y condiciones edilicias, y, desde agosto de 2017, con la aprobación de la Ley de Salud Mental (n° 19529), con su cierre definitivo. Dentro del hospital las voces son variadas, muchos están en desacuerdo con el cierre del centro de salud, y otros creen que de la forma actual que está funcionando se tendría que cerrar. Según la normativa, la fecha límite para que el gobierno cierre este tipo de instituciones es el año 2025.
Los empleados, pacientes y la sociedad uruguaya aguardan las decisiones de la próxima administración. El tema trascendió hasta los mismos pacientes, tanto que en el Taller Sala 12 están haciendo una figura humana que representa las promesas e ilusiones puestas por trabajadores y pacientes para este 2025. Lo particular de esta obra de arte es que se está haciendo con listas usadas en las pasadas elecciones.
Con 145 años de existencia, el hospital sigue en pie en Avenida Millán 2525.
El Espacio de Recuperación y el Museo del Hospital Vilardebó
En el año 2016, la Licenciada en Historia María de los Ángeles Fein abrió las puertas del Espacio de Recuperación Patrimonial del Hospital Vilardebó. Pese a funcionar dentro de las instalaciones, este espacio no tiene apoyo económico por parte del hospital. Cuando preguntamos sobre este punto, la respuesta que nos dieron fue bastante esclarecedora: «nos dejan vivir […] es todo solidario». Se mantiene abierto por la voluntad de un reducido grupo de personas que están interesadas tanto en la preservación de su acervo, como en su exposición: «…somos un apéndice que está subsistiendo gracias a la voluntad de los que estamos siempre y de los que vienen a hacer investigaciones…». Trabajan con la convicción de que, cuando la información se difunde, se pueden debilitar las oscuras paredes del estigma, del tabú y de la ignorancia. La recuperación patrimonial se lleva a cabo en colaboración con los pacientes del Taller Sala 12, otro espacio que funciona en el hospital, generado por la enfermera Selva Tabeira, donde los pacientes practican manualidades, comparten mates y disfrutan de tareas recreativas que, según escuchamos, funcionan como una herramienta para salir del encierro y el dolor. Los usuarios del taller, en conjunto con los del espacio de recuperación, son los que realizan el mantenimiento diario del lugar y hacen posible, por ejemplo, su apertura el Día del Patrimonio.
El Espacio de Recuperación cuenta con documentos como libros de ingresos y libros de historias clínicas de pacientes hombres (desde 1882) y mujeres (desde 1884). En estos documentos se pueden ver retratos de pacientes durante su ingreso, acompañados de un retrato del alta. Esto fue concebido dentro de una lógica positivista-lombrosiana, que buscaba la identificación física de los pacientes y la documentación de la transformación de los usuarios, así como de los resultados del hospital. También yace allí una representación de época de una sala de enfermería con objetos auténticos, como una cama antigua de la ex Colonia Etchepare, antiguos frascos de medicamentos y pertenencias que la gente fue olvidando o dejando en el hospital; en conjunto, dan una idea de cómo era el espacio que habitaba un paciente en ese entonces. Hay casos en los que el paciente tiene un retrato de su ingreso pero no de su salida; esto se puede deber a que el documento se perdió o, también, a que el interno nunca salió, es decir, falleció en el hospital. El espacio cuenta con un sinfín de elementos que merecen la curiosidad de cualquier persona que los observe. Si bien nos es imposible hacer una descripción minuciosa de todo su acervo, no podemos omitir el hecho de que una de las rarezas de este museo se muestra en el peculiar vínculo entre pasado y presente. Entre objetos que datan de fines del siglo XIX también podemos encontrar esculturas, cuadros y manualidades de los pacientes que trabajan en el Taller Sala 12. Es, en definitiva, un espacio donde lo muerto y lo vivo forman una relación más que coherente.
Durante nuestra visita preguntamos sobre las técnicas y prácticas que se llevaron a cabo en el Vilardebó a lo largo de toda su historia. La información que nos fue brindada nos resultó ciertamente sensible. Decidimos no enfocarnos en temas más recurrentes, que forman parte del imaginario colectivo respecto a los tratamientos psiquiátricos. En su lugar, analizamos técnicas que nos resultaron más impactantes, ya sea por su crueldad, por el desconocimiento que suele haber sobre ellas o, simplemente, por su singularidad.
A principios de siglo, era una técnica normalizada la de inyectar trementina (aguarrás de origen vegetal) intramuscularmente en las piernas de los pacientes para generar abscesos y que los internos, por el dolor que les era provocado, se quedaran quietos. Esta práctica se llevó a cabo, según registros, hasta la década del sesenta. Las sesiones de electroshock se llevaban a cabo sin anestesia, en dosis más altas; el paciente las vivía, las sentía y las padecía.
Es importante tener en cuenta que la difusión de los psicofármacos se empieza a generalizar por la década del cincuenta. Previo a ello, existía en el hospital un laboratorio en el que se experimentaba con dosis de algunos medicamentos asignados por los doctores para determinadas enfermedades, o, en casos muy puntuales, para determinados pacientes. De alguna forma, los psicofármacos van poniendo en desuso el ejercicio de estas intervenciones. Como los registros de abscesos datan hasta la década del sesenta, entendemos que este proceso no fue lineal. Por aquellos tiempos, se consideraba que ciertos pacientes no tenían cura, y los tratamientos eran, en los hechos, un mecanismo coercitivo para sacarlos de su estado de excitación. Una medida punitiva mal disfrazada de compasión, ejerciendo el castigo físico ante la incomprensión para evitar su incomodidad.
Muchos de estos procedimientos fueron abandonados, otros, sin embargo, se transformaron. El electroshock obtuvo varias modificaciones. Por ejemplo, hoy dicha terapia se realiza con el consentimiento firmado de la familia del paciente o de algún responsable; además, la descarga se hace con el paciente sedado. La terapia electroconvulsiva sigue siendo motivo de debate a día de hoy: personal, pacientes y familiares cuestionan su uso. Sin embargo, también existen otras —varias— voces dentro y fuera del hospital que consideran dicha terapia como un tratamiento de último recurso para enfermedades de salud mental severas, como la depresión profunda. Según un artículo de la diaria (4), en 2022 se realizaron 3339 micronarcosis a 328 personas en todo el Uruguay, entre seis y doce descargas por cabeza. En 2021, la Institución Nacional de Derechos Humanos publicó un trabajo titulado «Terapia electroconvulsiva en Uruguay 2019-2020. Mirada desde un modelo preventivo de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes», en el cual se hace hincapié en «garantizar la aplicación efectiva del consentimiento informado». El mismo trabajo determinó que el Vilardebó es el único centro en el país que cuenta con un «sistema automatizado de registro de información sobre electroconvulsoterapia». Repasando la Ley de Salud Mental, encontramos que, si bien se habla sobre reformular el enfoque de la salud mental —adoptando tratamientos comunitarios e integradores; no invasivos y coercitivos—, no se aborda de forma directa este tratamiento.
Volviendo al Espacio de Recuperación Patrimonial, nos vemos obligados a mencionar otra de sus peculiares características que es la de recuperar identidades. María nos comentó que, de forma recurrente, algunas personas asisten al espacio con un solo objetivo: el de encontrar a sus familiares, amistades, allegados, personas que transitaron algún momento de su vida en la institución. Las personas llegan al lugar con determinados datos y María, Sebastián Carvalho o Eliana Crusi (las otras personas que trabajan en la recuperación) se ponen a revisar los documentos en su búsqueda. Si bien el archivo tiene registros desde 1882, hay varios documentos que faltan, que fueron robados, o que se deterioraron por las condiciones en las que, durante décadas, fueron guardados. Mientras hablábamos sobre este tema, María comentó:
…este asunto puede ser muy infructuoso, porque esos 550 libros que encontramos no están todos seguidos, faltan muchos, hay libros que se perdieron, que alguien se llevó para su casa. Un libro apareció en Estados Unidos y cuando le preguntamos a la persona cómo lo había conseguido dijo que era un coleccionista privado, y que si teníamos alguno más él estaba dispuesto a comprarlo.
Sobre las dificultades prácticas de este trabajo, Sebastián nos explicó:
…la gente piensa que uno viene acá y está todo tan ordenado que buscas los datos en una computadora y ya está, y no, hay que revisar libros y libros […] es muy común ver gente que estuvo tranquilamente entre treinta y cuarenta años…
Muchas veces los datos proporcionados, como la fecha de defunción, no son de gran utilidad. Este trabajo lo realizan de forma totalmente honoraria (como todo lo que se hace en este lugar), y si bien cumplen con la investigación, es cierto que esto insume mucho tiempo y enlentece el resto de investigaciones de archivo, la recuperación patrimonial y su exposición. Se mantienen responsabilidades con el archivo que exceden su cuidado, restauración y exposición. Es una muestra del compromiso y respeto que mantienen con los documentos que conservan, además de demostrar otro potencial activo del archivo, María señaló que el lugar permanece abierto a todo público, la variedad de archivos abre la puerta a varias líneas de investigación, lo que es de gran interés para el Espacio de Recuperación Patrimonial: «uno puede hacer los estudios que quiera acá, si querés encararlo desde el punto de vista social, encarar una etapa determinada, una trayectoria, si querés estudiar una enfermedad, una dolencia o un problema en particular».
Una vez que terminamos de hablar con María y Sebastián, fuimos invitados a visitar el Taller Sala 12, en el que trabajan pacientes judiciales imputables e inimputables (algunos de ellos viven fuera del hospital, en casas asistidas). María nos acompañó hasta la puerta del hospital y allí nos abrió un paciente. El paciente cerró la puerta y nos empezó a guiar por los pasillos del Vilardebó. En el camino intercambiamos miradas con varios pacientes. Algunos estaban sentados, otros caminaban y otros se movían un poco más rápido, con los ojos puestos en varias direcciones. Cuando llegamos al Taller Sala 12, nos encontramos con Selva y con los integrantes del taller sentados sobre una mesa larga; algunos comían, otros tomaban mate y conversaban. Nos dieron la bienvenida y luego Selva nos llevó a la sala contigua, aún más grande, donde se llevan a cabo las manualidades. Nos mostró muchísimas obras, entre ellas destacamos una titulada Promesas, construida con listas del espacio 609. Observamos el cariño con el que trata a los pacientes y la dedicación con la que trabaja. Los usuarios del Taller Sala 12 que están alojados en el hogar de medio término El Trébol, con el apoyo de Selva y el resto del equipo que trabaja con ella, están llevando adelante la construcción de una Cooperativa de Viviendas (5) (en Avenida General San Martín, casi Coronel Juan José Quesada). Además de esta preocupación puertas afuera, también trabaja en un proyecto de reinserción laboral, consiguiéndoles trabajo a los pacientes que tienen el alta (que están en El Trébol) a través de la cooperativa Dodici, que es un lavadero.
Antes de despedirnos de Millán 2525, le preguntamos a María de los Ángeles si tenía algún mensaje que quisiera transmitirnos a modo de reflexión final. Sin titubear y mirándonos fijamente, nos dijo:
Lo que experimenté acá es que a través del conocimiento tú derribas tabúes y estigmas que caen sobre la gente que está enferma. Que cualquiera de nosotros puede en determinado momento tener un problema, ninguno está libre. En la medida que se conozca lo que acá hay, lo que se hace, esa línea divisoria, esa frontera, se va eliminando. Por ejemplo, el primer Día del Patrimonio que abrimos, mucha gente de la zona venía y me decía que les interesaba el lugar pero que nunca habían entrado por cierto miedo o resistencia. El futuro que yo veo es ese, la posibilidad de que esto sea abierto y también, respaldado por ASSE.
Agradecemos enormemente a los entrevistados: María de los Ángeles Fein, Sebastián Carvalho y Selva Tabeira. A María por su iniciativa, su labor y su amable bienvenida. A Selva, por la pasión con la que trabaja y su atención con los pacientes. A Sebastián por su trabajo y su presencia en la visita. A los pacientes del Taller Sala 12 por recibirnos. Y al resto de personas que trabajan en el Espacio de Recuperación Patrimonial, por mantener viva la historia de una institución tan importante para Uruguay como es el Hospital Vilardebó.
(1) Es importante aclarar que este creciente número también se nutrió de diversos delincuentes, que debido al hacinamiento en la Cárcel del Cabildo eran mandados a este hospital.
(2) Un breve acercamiento, ya que el hospital estará a cargo de las Hermanas de Caridad, quienes muchas veces no coincidían con los médicos.
(3) En conjunto con otros, estos tratamientos eran llamados métodos piroterápicos.
(5) Hay distintas formas de colaborar con los usuarios del taller y la cooperativa. Está la feria americana en el local de la cooperativa (lunes a sábado de 10:00 a 17:00) o el lavadero al que se puede contratar.









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