Imagen: (Vera Strobel)
Escrito por: Eva Carrión
El olvido no existe y la memoria es modificación
Cristina Peri Rossi, Reminiscencias.
En este recuerdo la abuela Meri viene caminando por el fantasma del sendero que llevaba al rancho vecino, en sus manos una canasta llena de naranjas, o mandarinas, o limones, o pomelos. No sé qué edad tendría yo o si efectivamente habrá sucedido alguna vez, pero si fue así, es posible que ya precisara los lentes para ver de lejos, y no los llevara puestos. Era una cuestión de orgullo. Hay frutos también en su vestido, o tal vez solo son manchas, o flores. El campo de la abuela Meri estaba siempre florecido, y todos mis recuerdos están inundados de los más vívidos colores: los tomates que rozaban el carmín, las ciruelas que estallaban en un morado sangriento, jazmines de todos los tipos que entremezclaban sus aromas y se volvían uno solo. En la imagen que hoy en día tengo de la quinta de la abuela Meri, todos estos frutos y flores coexisten; hay nísperos y naranjas, hay higos y madreselvas, hay hibiscos para cada hilo del arcoíris.
Desde el pensamiento sé que esto es imposible, que la mayoría de estas plantas no florecen en la misma temporada; sé que nunca vi el ciruelo y el manzano florecidos juntos, que nunca vi a la abuela juntar estos frutos en una misma cesta. Pero todos mis recuerdos sobre ella y su casa son inciertos. No porque estén sumidos en una espesa neblina que me ciegue por momentos, que me impida recordar certeramente; por el contrario, las imágenes que evoco son exactas. Sin embargo hay hechos a los que, hoy, adulto, no encuentro explicación alguna. Como por ejemplo, que la abuela no tuviera nombre. Todos le decían Meri, yo, abuela, pero así no se llamaba. Tampoco me quedó claro nunca de cuál de mis dos padres era madre. Secretamente, sospecho que de ninguno, que la abuela no era madre de nadie, o, al revés, era madre de todo.
A la abuela no se le conocía ningún hombre, no era ni viuda ni casada ni soltera ni separada, y nunca había sido joven, no en muchísimo tiempo. Tampoco envejecía. Si es que los años pasaban en su quinta; nada cambiaba en su cara salvo las manchas en la piel y los lunares, que están en un lugar distinto en cada recuerdo que tengo. No hay fotos de la abuela Meri, o al menos yo no conservo ninguna.
A pesar de la ambigüedad que envuelve estos recuerdos, no son pocos. Tengo muchísima memoria sobre mis estadías en la quinta de la abuela. Recuerdo perfectamente la casa, el jazmín del país que trepaba el postigón de la entrada, la enorme biblioteca llena de libros escritos en un idioma que yo no entendía, o a lo mejor simplemente no había aprendido a leer todavía. Recuerdo a la abuela leyendo sentada en una vieja reposera y saber perfectamente que cuando la abuela leía no había que decirle nada.
Recuerdo sus manos, las uñas sucias con tierra, los ojos que no parecían de esta vida, el mate con sabor a yuyos, la ensalada de papa recién cosechada y sobre todo el aroma, una mezcla de todas las flores del mundo, de todas las especias posibles. Recuerdo particularmente el aljibe, totalmente vacío. Un gran pozo en el medio de la tierra, donde mi voz hacía olas de eco. La abuela nunca me contó quién se llevó el agua de allí, por qué el pozo estaba vacío. Odiaba que me acercara demasiado, y era la única travesura que ameritaba un verdadero castigo. Sin embargo, aquella terrible atracción que sentía por asomarme al pozo y mirar hacia adentro cada vez que podía era contrarrestada por un temor irracional. Despierto, imaginaba que entre la oscuridad se asomaba un rostro, y me desvelaba el misterio de quién se había llevado el agua, pero era un rostro espeluznante e inhumano. Dormido, por muchos años después, aún me asaltaban pesadillas en las que un susto o un impulso inexplicable me lanzaba cabeza abajo por el pozo, en el que no hay rostros, pero tampoco agua o fondo, y yo caía eternamente en la oscuridad vacía.
No sé si la abuela Meri falleció, me es imposible saberlo. Mis padres nunca la volvieron a mencionar. O mejor dicho, no creo que la hayan mencionado nunca; al final, no era su madre, simplemente mi abuela. No creo que haya fallecido, no creo que fuera posible. Nunca supe dónde es que quedaba su quinta, si es que quedaba en algún sitio. En algún sitio donde los árboles dan frutos todo el año y las flores nunca se marchitan, las mujeres nunca envejecen. Un sitio donde el tiempo no pasa, al que no se puede llegar mas que a través de la memoria.









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