Imagen: (Leandro Solé, 2014, Miss Locura)
Escrito por: Mauro Solé
¿Quién no ha visto alguna vez un minotauro con rostro de hombre? Hace ya cuatro años desde que, mientras paseaba por los alrededores de la plaza de toros Las Ventas, me encontré con un torero bebiendo café. Este relato se lo dedico a él, a quien juzgué incorrectamente y aún así supo recompensarme.
Era un hombre delgado que lucía un reluciente traje de luces. Curioso, me senté frente a él y observé su rostro con detenimiento. Para mi sorpresa sus facciones no eran lo que esperaba. Imaginaba que me encontraría un rostro hermoso y fuerte, sin embargo, lo que hallé fue uno carcomido por el polvo, con un ojo considerablemente más grande que el otro, su figura era algo deforme y me dio la impresión de que debía de ser un tanto estúpido. La decepción que me causó hizo que perdiera el poco interés que me quedaba por aquel sujeto, así que me levanté de la silla y comencé a caminar por las calles de Madrid. ¿Cómo era posible que semejante monigote fuese siquiera digno de enfrentarse cara a cara con un toro? Es más, ¿cómo era posible que tantas personas se interesaran en un combate librado por ese desparpajo? Para mi suerte, esa misma tarde di, sin buscarlo, con varios de los retratos del Minotauro pintados por Picasso. Allí comprendí que aquel fantoche, a pesar de la fama que le prodigaban esas batallas, no era el eje de aquella disputa, el duelo no era entre un hombre y un toro, sino entre un hombre y un monstruo; uno rendido, a quien todos le temen, un monstruo vencido que implora piedad. Encerrado contra su voluntad, libra una batalla ajena, una que no reconoce, en donde pugna por demostrar que su condición le es impuesta. Estas cavilaciones me hicieron recordar el maravilloso fragmento de Los Reyes de Cortázar que aquí les cito:
–Si eres tan fuerte pruébalo –Le dice Teseo al Minotauro, quien le responde de la siguiente forma.
–¿Para quién? Salir a la otra cárcel, ya definitiva, ya poblada horriblemente con su rostro y su peplo. Aquí era especie e individuo, cesaba mi monstruosa discrepancia. Sólo vuelvo a la doble condición animal cuando me miras. A solas soy un ser de armonioso trazado; si me decidiera a negarte mi muerte, libraríamos una extraña batalla, tú contra el monstruo, yo mirándote combatir con una imagen que no reconozco mía.
Estas cavilaciones me llevaron sin razón aparente al mismo café en dónde horas antes había visto al torero. Allí continuaba él, sentado en la misma posición, bebiendo otra taza de café. Me acerqué lentamente, y sin escrúpulos le pregunté: ¿cómo sos capaz de asesinar de forma tan despiadada? El hombre me miró atónito, luego abrió la boca lentamente y pronunció las siguientes palabras:
–Muchacho… El hombre que ves en la arena no es toro ni hombre, sino ambos; es bestia que le teme a la oscuridad y tesoro de la flagrante luna. No es héroe, ni artista, es el artífice del ridículo y la farsa. Es como tú, un hombre que camina descalzo por las calles de Madrid y que al final de la noche revela su irreversible condición de criatura incomprensible.
Luego, como si yo no existiera, dejó caer su cabeza lanuda, apoyó el belfo resquebrajado sobre su brazo y se lamió las heridas, manchando de rojo su lengua y sus gruesas cerdas. Sus ollares resoplaron aire caliente y sus ojos se posaron en el suelo, donde se quedaron, hasta que comprendí que era tiempo de irme. Caminé por las callecitas madrileñas hasta perderme por completo, las palabras del torero se deslizaron como agua helada por detrás de mi cabeza. Me introduje por un corredor oscuro, donde vagué por horas. Al salir, me encontraba dentro de un baño de la facultad de Humanidades. Salí a la calle y subí por Magallanes hasta la Plaza de los Bomberos, en donde continué reflexionando, hasta que me di por vencido en un banco de madera, donde el sueño por fin me sometió.









Deja un comentario