Imagen: Maia Puig
Escrito por: Joaquín de la Fuente Paz
Si consideramos el desarrollo histórico de la sociedad uruguaya en las vísperas del novecientos, resulta sorprendente la profundidad de las transformaciones que tuvieron lugar y la velocidad con la que estas ocurrieron. Puede ser una sorpresa para varios, pero la aceleración de los ritmos de vida, tan característicos de la actualidad, no es algo del presente, ni mucho menos del siglo XX, sino un fenómeno propio de las sociedades penetradas por el capitalismo y la industrialización. Como muchas otras cosas en nuestro país, esto tiene su raíz en el último tercio del siglo XIX, periodo en el que los diversos poderes económicos obligaron al Uruguay a llevar a cabo el disciplinamiento de la sociedad, sobre todo la rural (BARRÁN, J. Pedro. Historia de la sensibilidad en el Uruguay. Montevideo, Banda Oriental, 2021).
La sociedad uruguaya hacia 1870 aún mantenía varios elementos heredados de su pasado colonial, tales como el carnaval, la religión católica, el gaucho y las corridas de toros. No cabe duda que esas primeras generaciones de intelectuales nacidos en el Uruguay independiente, que habían estudiado en Francia e Inglaterra y conocido las legislaciones europeas y varios de los efectos de las revoluciones industriales en sus estados, estaban ansiosos por aplicar aquello que habían experimentado en su país de origen. Ciertamente, la nación que imaginaban no se correspondía con el Uruguay de ese entonces, y se valieron de las herramientas disponibles –la Escuela, la Policía y la Iglesia, que aún mantenían una relación igualmente colonial– para reprimir física y espiritualmente los resquicios españoles que resultaban más inaguantables para la nueva clase empresarial. La altanería del gaucho, síntoma de la anarquía oriental, horrorizaba a las clases dirigentes en tanto el Uruguay se transformaba en una sociedad burguesa y la irreverencia oriental en una revolución al estilo francés. He aquí la necesidad del disciplinamiento, de transformar al jugador, al holgazán, al gaucho, al paisano y al oriental, para imponer la eficacia, el trabajo, la austeridad y la seriedad.
Para imponerse, el disciplinamiento necesitó tanto de una dominación moral como de una represión física, para lo cual, entre otras cosas, se buscó modificar o eliminar muchas de las prácticas ociosas de la época; muchas de ellas se centraban en actividades que premiaban la destreza del protagonista en situaciones más o menos peligrosas. El torero, por ejemplo, se enfrentaba al toro poniendo en riesgo su vida, valiéndose de su gran valentía y destreza con la espada para eliminar a la bestia. Cabe también mencionar que durante mucho tiempo las fronteras entre trabajo y ocio estuvieron difusas, en tanto muchas de las actividades de recreación tenían orígenes en labores productivas –como las domas–. Aquí un buen jinete, además de poder realizar sus tareas con un mayor dominio del animal, hacía alarde de su pericia en el manejo del caballo y la demostraba frente a sus pares. Estas virtudes refieren al dominio de la naturaleza por el hombre y refuerzan la actitud soberbia del gaucho, síntoma de una moral que horrorizaba a los lores ingleses y que rápidamente entrará en tensión con la nueva –como la caracterizó Barrán– “época de la vergüenza, la culpa y la disciplina” que va naciendo en el último tercio del siglo XIX.
La visión de la necesidad de una sociedad apolínea, imperante en las clases dominantes, llevó a la regulación y eliminación de varias de estas actividades de ocio. El turno de la tauromaquia en Uruguay se comenzó a sentir hacia finales del siglo XIX: en 1888 la legislación uruguaya, acorde con una nueva sensibilidad aburguesada, buscó limitar la brutalidad del espectáculo que consistía en la eliminación teatral del animal (BRACCO, Diego. “Historia de la tauromaquia en el Uruguay” (II) en Revista de estudios taurinos N.º 25, 2008, pp. 77-124). Sin embargo, la fiesta brava encontrará defensores hasta su último respiro. Más allá de la legislación, es cierto que el espectáculo taurino se encontraba en crisis: toreros torpes, carencia de un público extenso y, para colmo, los toros eran cada vez más flacos y poco impresionantes. Un inmigrante vasco llamado Antonio Rodero –también un convicto que llega escapando de la prisión del viejo mundo– fue uno de los más importantes empresarios que se opusieron a la muerte de la tauromaquia con un gran entusiasmo, aunque sin muchos resultados. Ciertamente, Rodero y quienes lo acompañaban no habían cosechado más que fracasos como “activistas” de la tauromaquia. Alguna de las novedades que impulsó fue la obtención de un permiso para la creación de una cuadrilla de mujeres toreras que logró llamar la atención del público, aunque esto no salvó el hecho de que los toros a los que se enfrentaban, por su pésimo estado físico, a veces generaban más lástima en su público que entusiasmo. Las toreras, su último fracaso en nuestra tierra, significó el autoexilio de Rodero hacia tierras más dionisíacas, que pudieran apreciar realmente el arte taurino. Mientras tanto, en Uruguay los toreros acabarían por guardar sus vestimentas coloridas manchadas con la sangre del animal sustituyéndolas con trajes negros y camisas blancas.
Ya entrado el siglo XX, la prohibición de la tauromaquia fue inminente. Sus contemporáneos utilizaron el binomio civilización y barbarie para referirse a ello, modernización de otros más clásicos que refieren a una alteridad similar: razón e instinto, humano y animal, Apolo y Dionisio. La ilustración había demostrado que el humano dominó a la naturaleza en tiempos modernos. La violencia, los estallidos de furia, de alegría, así como la demostración excesiva de los sentimientos fueron interpretados como signos de una moral primitiva y animal. El hombre de la nueva sociedad debía ser mesurado y racional. Para eso se necesitaba amainar las pasiones de las clases populares, convenciéndolas de que la violencia pública no tenía ningún valor –si no era ejercida por el Estado–, por lo que la dominación que se llevaba a cabo en la Plaza de Toros era, cuanto menos, peligrosa. Ciertamente, las explosiones de las masas populares, cada vez más huelguistas y luditas, eran “toros” para la clase dirigente. En consecuencia, se privilegiaron otras actividades físicas, que requerían entrenamiento, orden, coordinación colectiva y respeto a un reglamento y una jerarquía estricta –piénsese en la organización de los deportes más famosos de los últimos cien años–. Los ocios “caóticos” fueron atacados: el carnaval se reguló y se prohibieron algunas de sus prácticas; los duelos se legalizaron y se establecieron reglas estrictas entre los contendientes; las peleas de gallos y la tauromaquia fueron prohibidas. Todo esto bajo el carisma de Batlle y Ordóñez. En pocos años, la burguesía logró dominar al toro y volverlo for export.








