Como a un toro en la arena

Ilustración: Vera Strobel
Escrito por: Francisco Peña

Recuerdo haberlo visto por primera vez a los once años. Con mi madre, en un intento por establecer un hábito, tan solo uno, empezamos a alquilar un par de películas —a veces tres— todos los viernes. Salía de la escuela a las seis de la tarde y pasábamos por el Video del Cordón, una casona repleta de películas que creía infinita hasta el ingrato desembarco de los servicios de streaming. Solíamos tardar aproximadamente una hora en elegir las películas. Después de salir del video, nos dirigíamos al Disco de Arenal Grande y comprábamos cantidades intolerables de comida chatarra, camuflada bajo la expresión rioplatense de picada, que evocaba un carácter más rústico y casero a ese rito ultraprocesado.

Una vez en casa, esa casa tan artificial como el hábito y como Hollywood, tiraba todo en mi cuarto, ansioso por la ceremonia, y me disponía a armar el falso festín en la cocina. No sé muy bien qué hacía mi madre; la imagino ocupada, sus manos bailando con delicadeza, escribiendo, tachando palabras y números, doblando papeles, con carpetas, sellos, timbres, y haciendo cuentas; eso sí, mi madre siempre haciendo sus cuentas. 

Tras abrir el nylon y preparar la picada, me dirigía hacia su cuarto y le preguntaba qué película quería ver primero, con la esperanza de que respondiera la misma que yo había elegido. Ella, ocupada, me concedía la ilusión. Picada, película, y mi madre a la izquierda, la televisión enfrentada un poco a la derecha. Con esa disposición me es imposible imaginarla, porque me veía obligado a darle un cuarto de espalda. Otro recuerdo perdido, otra puntilla afilada perforándome.

Pasamos dos años así, sin falta. Los viernes, de la escuela al video, del video al Disco, del Disco al plástico. Un sábado, de esos que el verano le fía a la primavera, me levanté en calzoncillos y fui al baño. En el espejo manchado vi que ya no tenía abdominales. En ese momento, el tiempo, hasta entonces cíclico, aparentemente estático, se adueñó de mí, se catapultó y se estrelló en dos años de mala alimentación. El estallido, sin embargo, no perturbó ni al espejo ni a su imagen. Otra puntilla afilada perforándome.

Ese fue mi primer encuentro con el ser que llamamos Tiempo, y aunque suelo olvidarme de él, se me aparece de vez en cuando para recordarme su eterna presencia; siempre frente a mí, pero invisible. Como la nicotina impregnando profunda y lentamente mis dedos y dientes de un amarillo belicoso; como las amistades que se fueron desvaneciendo; como el pelo de mi gato, que un día amaneció más duro; como cuando me empezó a gustar la cerveza; como cuando pude sonreír por las amarguras de la adolescencia. Un avance que en nuestra soberbia creemos haber vencido —y quebrado su estoque— mediante los exactos e incesantes veinticuatro números. 

Hace un rato estaba recostado en el sillón y mi estómago clamó por un pedazo de pan. Cuando me levanté en dirección a la cocina sentí su presencia, no lo vi, pero estaba a mi lado.  Clausuró mi apetito y allí mismo, acorralándome, reveló su forma. Ese ser que se esconde detrás de las agujas, que las mueve, las acelera o las anula a su antojo, es el único que permanece invicto. Cuando aparenta su ausencia, simplemente se encuentra agitando la muleta, afilando el hierro, preparándose para el siguiente ataque. Entonces veo, sobre su traje de luces, diminutas gotas de sangre de otros iguales a mí, y comprendo que perdimos esta escaramuza antes de siquiera entrar en la arena. Los veo correr furiosos y esperanzados hacia él, y en su encuentro el metal exilia la sangre y la acumula en forma de lluvia sobre su paño. Yo, más temeroso, permanezco inmóvil. Sé que mi sangre también manchará la tierra que se encuentra debajo de mí y salpicará, sin duda, su traje de luces.

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