Ilustración: Clara Puñales
Escrito por: Luján Villemur
Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa
Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido
Cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí
Guitarra negra, Alfredo Zitarrosa
Hace casi dos años, por la calle Uruguay, cerca de la Facultad de Humanidades, conocí a Rubén. Poco tiempo había pasado desde que inauguró su pequeño local, un espacio donde los libros, las fotos, los objetos curiosos y las postales parecían susurrar historias. Lo conocí un día nublado, justo cuando comenzaba mis estudios en la facultad. Su local, con su aura de misterio, captó mi atención de inmediato. A pesar del apuro, no dudé en acercarme.
Al cruzar la puerta, sentí que algo intangible sucedía: mis mundos y el de Rubén se fusionaron. La conversación fluyó como si nos conociéramos de antes. Hablamos durante horas y, sin darme cuenta, olvidé por completo la clase a la que me dirigía.
Rubén es el guardián de un laberinto que no es de piedra, sino de palabras, ideas y memorias. Su local es su refugio, pero también su prisión. Es un lugar cargado de ecos, donde cada objeto parece contar una historia fragmentada. Sus libros apilados son como muros altos, los senderos desordenados entre las estanterías llevan a rincones inesperados. Pero Rubén no es un monstruo, es un guardián. Custodia no sólo los objetos del pasado, sino que también lucha contra la obsolescencia.
Es complicado escribir sobre Rubén. La conexión que tengo con él me impide mantener la distancia que un relato necesita. Es como si cada palabra que intento plasmar fuese insuficiente para abarcar su esencia. Hay una línea que no puedo cruzar sin sentir que me quedo corta. Intento transmitir lo que él me inspira, pero su presencia es un enigma que no se deja capturar fácilmente.
Rubén es un hombre moldeado por sus errores, un sobreviviente que lleva consigo una mezcla de alegría melancólica. Su local es un reflejo de su vida: pilas de libros viejos y nuevos, objetos desgastados por el tiempo, postales que parecen fragmentos de un sueño. Cada rincón cuenta una historia, cada detalle habla de sus alegrías y tristezas. Es, como me
gusta llamarlo, su obra. Una obra que no se pinta ni se escribe, sino que se vive. Es un espacio donde la palabra cobra vida, donde compartir un fragmento de conocimiento es el mayor placer.
En nuestras charlas, la vida y sus caprichos son los protagonistas. Hablamos de todo: el parcial de literatura española que nos trae de cabeza, una película olvidada que acabamos de descubrir, o ese autor que, por casualidad, llegó a nuestras manos la semana pasada. Rubén siempre tiene algo que aportar, incluso cuando asegura no saber del tema. Su memoria es prodigiosa, pero lo que la hace especial es su humanidad.
El cariño que Rubén transmite es difícil de describir. Hay algo en su mirada y en su voz que hace sentir que realmente te escucha, que desea lo mejor para vos. Su forma de entender la vida es muy particular: combina algo que podría pensarse como un optimismo sencillo con un realismo profundo. A todo aquel que se acerque a su casa, lo recibe con alegría y buena voluntad, como si su propósito fuese sembrar una pequeña chispa de algo en cada persona que cruza la puerta, todos son bienvenidos. Lo que algunas veces me incita a cuestionar: ¿en qué punto deja de ser su local y comienza a ser su casa?, y viceversa.
Además de todo lo anterior, lo que más me fascina son los pequeños detalles que lo rodean, esos gestos que parecen hablar por sí mismos. Las colillas de cigarro dispersas por el suelo, las torres imposibles de libros, la pila que erige al azar para exponer en el frente, la taza de café negro con restos de ceniza olvidada en la mesa. Todo eso forma parte de un ciclo que se repite, como si el tiempo en su espacio estuviera en pausa, como si cada día fuese un eco del anterior.
Rubén y su local me han llevado a cuestionarme cosas que antes no me permitía. Pienso en las idas y vueltas, en los caminos recorridos, en las salidas que siempre llevan a la misma calle.
Nuestra amistad me devuelve partes de mí que no sabía que estaban allí, siempre me recuerda que hay algo que rescatar, algo que vale la pena preservar. Lo que conozco de él no es solo lo que me ha contado: es lo que me ha mostrado, lo que me ha hecho sentir y lo que me inspira a ver el mundo de otra manera.








