Sobre hacerse la cabeza

Ilustración: Raúl «Rana» García
Escrito por: Denisse Maldonado

La consigna: gemela figura de toro y de hombre. El artesano necesitaba un día de infierno y una noche de pesadilla para concebir semejante espanto. Lo de gemela figura le hizo pensar en una especie de siamés: una pata de toro, una pierna de hombre, un tronco dividido verticalmente en partes iguales de piel y pelo, o piel de toro y pelo de hombre, una pata delantera y un brazo, un cuello desbordado, y la cabeza.

Y la cabeza. ¿Gemela figura? Qué problema. Vale preguntarse cuánta bestialidad aguanta en sí mismo el hombre y en qué medida puede un ojo salvaje reconocerse como una pobre criatura. Una simbiosis era inviable. Definitivamente, una cabeza de hombre soporta ser animal en el resto del cuerpo. En cambio, ¿soportaría una cabeza de animal un resto de cuerpo humano? ¿Qué tan humano se puede ser en un resto? Al final, parece que la humanidad solo precisa una cabeza.

Entre tanto enredo quedó mal puesto el seso del artesano, que, por pereza o por genialidad, lo dejó sin cabeza. Además de fácil, era perfecto: el cuello cortado connotaba una figura gemela. La cabeza fantasma era el primer hermano, y el otro, su falta. Tenía tanto sentido: cuerpo mitad y mitad, y más arriba mitad de órgano perdido y mitad de voluntad decapitadora. El artesano quedó satisfecho y el creado, de alguna forma, completo.

No le duró mucho. Las noches lo arruinaron todo: recrear monstruos de basura acumulada en la habitación mientras se está entrando en el sueño es una cosa, sentir la mirada de una suerte de demonio víctima de negligencia artística es otra. Se dio cuenta de que hasta para ser monstruo es necesario tener cabeza. De lo contrario, ¿a qué impulso echar la culpa? ¿De qué enfermedad del entendimiento huir? ¿Qué mínimo gruñido reprimir? ¿Qué cabeza, como último recurso, lamentablemente, por razones de fuerza mayor, en pos del bien, pedir cortada? Tenía su problema de vuelta, su animalito abandonado, su falso ciclo cerrado y mandado a rodar. El artesano, no se diga cuánto tiempo después, estaba pronto para poner su propia cabeza sobre aquel cuello que la pedía a gritos. Pero estaba demente, no se daba cuenta de que primero tendría que encontrar esa propia cabeza suya, para luego ver bien qué hacer, porque quien pierde la cabeza pierde los lentes.

Se puede mal intuir que las líneas que se vienen trazando están por cruzarse en un final infeliz. El artesano resolvió su encargo, quién sabe cómo, porque si fue un arrebato de locura, la locura ya no es locura, es plena iluminación, y si fue una brisa de inteligencia clarísima, pobre inteligencia, cómo pudo pasar entre tanto desvarío, se habrá tropezado, se habrá lastimado, pegado en la cabeza, habrá que ver qué dice, tal vez delira.El artesano resolvió darle cabeza y diseñarle un rostro. La gemela figura quedó como estaba destinada desde su puesta en palabra: qué más bestia que una cara templada de hombre, una mirada apenas tensa, unas muelas por romperse, una sombra de sonrisa satisfecha, un mal augurio en los ojos, un nudo en la garganta que cierra todo grito y todo canto. Enseguida lo cubrió con un velo de mezcla ligera y moldeable. Le trazó una pobre máscara: tenía pliegues, caídas, cuernos, y orificios para seguir siendo hombre que ve y respira, y que puede ver y respirar como criatura que solamente es gemela figura de toro y de hombre. El artesano dio en la clave: solo tuvo que darse cuenta de que los toros no son malos y los hombres adoran las máscaras.

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