Ilustración: Antonella La Rocca
Escrito por: Eva Carrión
El hijo es un monstruo. Acaba de nacer, acaba de ser desterrado de su primera tierra, acaba de escabullirse por entre su sexo a esta vida, acaba de ser despojado del único lazo tangible que los unía; después de meses de ser uno, de que comas lo que como, bebas lo que bebo, duelas donde duelo. El hijo acaba de nacer y es un monstruo. La muchacha se lo entrega como si estuviese leyendo la muerte en la palma de una mano. El hijo es un monstruo: el vello que cubre todo su cuerpo está manchado de sangre que empieza a secar, es tres veces más grande y pesado que cualquier recién nacido que haya sostenido nunca, incluidos los ocho hijos del rey que tuvo que traer al mundo. Las astas vendrán después, no aparecen hasta lo que en otros hijos se llamaría pubertad, que en este solo puede ser llamado muerte. Mas lo peor no es el tamaño, ni el vello, ni siquiera la mirada tormentosa: aquello que enmudece a todas las muchachas, parteras y doncellas en el cuarto es el silencio. El hijo no llora.
Solo una vez había visto un parto que no fuese suyo, hace años, muchos antes de ser ella madre: el alumbramiento de una vaca, que había sido profetizado, daría luz a un toro sagrado. Se demoró horas. El animal gemía desesperado y ella creyó que aquel sonido le quedaría grabado en la memoria para siempre. El toro nació muerto. Había estado muerto por semanas. El cadáver fue sacrificado a los dioses, y al rito le prosiguieron dos meses de sequía y un otoño de malas cosechas. La madre fue descuartizada la mañana posterior al parto; la carne se sirvió en un festín real, las entrañas fueron alimento de los puercos.
Se pregunta, ensimismada, si el hijo precisará de leche materna, de alimento. Se pregunta si habrá alguna mujer en todo el reino, en todo el mundo siquiera, que esté dispuesta a dar de mamar a la criatura. Una que acerque el seno a esa boca inmunda por la que ya se asoman dientes despiadados. Se pregunta si podría ser ella, si podría, por vez primera, dar pecho a un hijo de su vientre, en lugar de alguna nodriza que le ahorre el pesar podría colgar de su pezón a un hijo que no es una niña ni un niño, como los demás, sino un hijo otro, un hijo monstruo. El cuerpo se apoya contra su pecho. Todavía no llora; al tenerlo tan cerca advierte que tampoco parpadea.
Por un momento, a lo mejor un delirio provocado por la fiebre, cree reconocer en sus ojos los del padre: el falso, el rey, aquel que será su primer asesino. Mucho antes de Teseo, o de cualquier otro hombre que pudiese llevar su nombre o uno distinto. La muerte del hijo está dada desde su nacimiento. Este hijo que es un monstruo de ojos que no parpadean, de ojos que no reflejan ni un antiguo rastro de humanidad.
Alguien habla. Hay otra muchacha parada a su lado. La que había depositado al hijo en sus brazos tuvo que abandonar la habitación. Esta muchacha es nueva, no la había visto nunca. Se permite, por un segundo nada más, dejar al hijo en el olvido, y preguntarse qué ciudad habrá caído ante las fuerzas de su reino, durante las últimas semanas que vivió confinada al lecho, incapacitada por el tamaño obsceno de su vientre a punto de estallar. Qué tierras habrán sido arrasadas por el fuego del guerrero, qué hogares habrán sido saqueados por hombres sedientos de vino, qué mujeres habrán sido arrebatadas por hombres sedientos de poder. La muchacha dice que si puede tomar al hijo, que hay que limpiarle, que la sangre se secará y le será doloroso. Como si hubiese más dolor que sentir, como si esto no fuese todo. Ella considera negarse. Negarse a entregar el hijo a esta mujer que lo mirará con miedo, que lo sostendrá con asco, que se planteará por unos breves segundos soltarlo en el aire, dejarlo caer. Se pregunta si no sería ese, tal vez, el más grande acto de cariño que se pueda tener con él. Desiste rápidamente de la idea de resistirse, no puede mover las piernas y sus brazos apenas sostienen el peso del hijo. Se siente como nunca antes se había sentido; su cuerpo débil, enfebrecido.
Exige que al hijo lo limpien en ese mismo cuarto, se rehúsa a que lo lleven lejos. La muchacha desliza un paño mojado por la piel vellosa, y mientras el agua enrojecida cae en el balde, se da cuenta que la sangre es su sangre, que el hijo está bien, que la mutilada es ella. Se pregunta si su cuerpo volverá alguna vez a ser el mismo que antes, si sus senos volverán a su antiguo tamaño, si su vientre, si las piernas volverán a caminar, si todas las heridas sanarán. Son dudas de madre primeriza, impropias de la mujer que parió cuatro niñas y cuatro varones. Mas es la primera vez que da luz a un monstruo.
Envuelto en telas limpias el hijo vuelve a su pecho. Cuando nazca el sol las cosas serán diferentes, lo sabrá el padre, el reino, los hijos otros. Habrá que hallarle un sitio, habrá que conducirlo hacia la antesala del Hades, habrá que empezar el eterno, lento, terrible e imposible proceso de olvidar que el monstruo del sótano nació de su vientre, se gestó en sus entrañas, fue concebido por su sexo. Pero la noche aún es oscura, silenciosa. Al menos una vez, madre e hijo duermen en el lecho alumbrado; sueñas lo que sueño, ves lo que veo. O madre duerme e hijo es, porque todavía no llora ni parpadea.








