Ilustración: Manuela Giannarelli
Escrito por: Santiago Macedo
Hace unos meses, las doscientas veintiocho páginas que componen el último libro de Mariana Enriquez azotaron las librerías del Río de la Plata. Mucho se ha hablado de Un lugar soleado para gente sombría, y no faltan razones: esta colección de cuentos es su primer lanzamiento desde que su novela Nuestra parte de noche (2019) la consagrara como una de las voces más sonadas de la literatura latinoamericana contemporánea.
Cinco años después de aquella gran novela, Un lugar soleado para gente sombría se presenta como un sucesor deslucido, carente del artificio y del golpe de efecto terrorífico que caracteriza los relatos previos de Enriquez. Sin embargo, ya se ha hablado de esto, y criticar por criticar no contribuiría a discusión alguna, así que mi proyecto aquí es otro. Hay tres cuentos que, además de ser los más logrados de la colección, están unidos por una línea temática sobre la cual no puedo dejar de pensar. Los tres cuentos son Mis muertos tristes, Ojos negros, y el homónimo; sí, Un lugar soleado para gente sombría.
En todos ellos existen variadas penetraciones de lo sobrenatural, pero la cohesión que encuentro en ellos no se debe a eso: responde al hecho de que los tres lidian, más allá de los argumentos superficiales, con diferentes formas de marginación social. El foco en los desamparados, los ignorados, los odiados, no es nuevo en Enriquez. Las voces más cínicas podrían levantar el dedo acusador al grito de “¡fórmula repetida!”. Y tendrían razón, pero que la autora se reitere en sus temáticas o tópicos no se torna negativo si el material resultante está a la altura. Y estos tres cuentos lo están.
Mis muertos tristes, mediante el uso de elementos sobrenaturales, pone el ojo sobre la alienación y la pérdida de solidaridad que se genera a partir de la degradación social de un barrio de clase media. Robos en las casas, en la calle, suspicacias que se van imbricando una sobre la otra hasta que los vecinos dejan de confiar entre ellos, aislándose detrás de sus puertas, todo en una composición que culmina con un asesinato en el que todos –todos– son cómplices. Se pone de relieve la altivez moral con la que actúa la clase media, la frivolidad burguesa, la convicción de ser mejor “que los negros”; todo un ideario que, naturalmente, el propio argumento del cuento se ocupa de deconstruir y desmoronar con astucia.
En Ojos negros, que cierra la compilación de forma magistral, la confianza de tres trabajadores de una ONG se ve retada por unos niños que, incluso a simple vista, parecen una cosa no-humana. El conflicto se presenta aquí bajo la forma distorsionada de una disyuntiva clásica: ya no es la voluntad de ayudar contrapuesta a la reticencia de quien no quiere ser ayudado, sino: ¿y si a quien quiero ayudar me quiere hacer daño a mi? La empatía en tela de juicio, los conflictos sociales realzados al máximo. Aquí la alegoría de carácter social no es tan contundente pero el golpe de efecto es brutal, desgarrador, fiel a los trabajos más fuertes de la autora.
Por último, Un lugar soleado para gente sombría pone el foco sobre las adicciones y los problemas de salud mental. La versión que Enríquez construye de las calles de Los Ángeles, plagadas de adictos que erran fantasmales, reflejan tanto la triste realidad de la ciudad de los sueños como la del Montevideo que visito a diario. En paralelo a un suceso fantasmal, la protagonista atraviesa los barrios pobres, se baña en la podredumbre, se sumerge en la negrura de almas olvidadas, y nos hace recordar que el abismo no está tan lejos de ninguno de nosotros. Sin embargo, un giro fantástico hacia el final permite ver un atisbo de esperanza.
Enriquez funciona mejor así: cuando sus fábulas escabrosas están al servicio de conflictos que en esencia son humanos. La sensibilidad de esta autora interpela a quienes, muchas veces, evitamos ver el panorama que nos rodea, que se degrada cada vez más, cada vez más profundamente. De esta forma, la oscuridad en los márgenes nos devuelve la mirada; nos reta a dejar de rehuir el compromiso y a trabajar por transformarla en algo mejor.
Hasta la próxima.








